Yo te creo, Mica

Por María Gracia Guzmán

Bien dicen que a las feministas nos debe gustar pelear, debemos ser mujeres poderosas para pelearnos contra el sistema patriarcal capitalista en el que nos han obligado a crecer.

Cuando de pequeña mi mamá me contaba que a su amiga querida, el día de su graduación del colegio y por ser la única mujer que fue al after, le violaron sus nueve compañeros después de haberle drogado hasta que perdió la consciencia, yo me cohibía y deseaba que de grande nunca se me ocurriera ir a un after solo con hombres. Nunca supe si realmente la habían drogado o si eran cosas que en ese tiempo no se podían aceptar ya que era considerado más grave haber decidido consumir drogas a que nueve hombres abusen de ti.

¿Qué puedes esperar que te pase en una casa llena de chicos? ¿Qué puedes esperar que te pase el día de la fiesta colegial de vestido blanco? ¿Qué puedes esperar que te pase el último día que vas a estar tan cerca del régimen educativo que te oprimió tanto? Lo que yo esperaba el día de mi graduación era bailar reggueton, con la cadencia que te otorga un par de copas de vino. El día de mi graduación me daba vueltas con mis amigos al lado de la mesa de mi familia para que mi mamá lograra ver así que ellos no eran peligrosos, ni una amenaza. Que no eran ningunos violadores. Quería que mi mamá comprobara con sus propios ojos que la gente que me rodeaba era gente buena: músicos, bailarines, escritores, pintores, cineastas… gente que crea, no que destruye. No solo porque me moría de ganas de ir al after sino porque quería lograr que mi mamá me dejara de contar, cada vez que yo decidía salir  a manera de advertencia, que a su mejor amiga la violaron nueve hombres.

Tengo una relación de amistad fuerte con mis amigos, siempre me sentí segura con su amistad ya que era “más fácil” llevarme con hombres que con mujeres, esto por la lealtad que envuelve las relaciones del género masculino. Mis pocas amigas me calificaban de coqueta y creo que era una gran amenaza para sus relaciones. Mis profesoras me mandaron varias veces al psicólogo (porque me gustaba y gusta tocar orejas frías) y estaban preocupadas.  Mi hermano me decía que mejor no me lleve con hombres porque ellos no me veían con el mismo cariño que yo a ellos. Mis tías me regalaban pijamas que decían “I Love Boys” porque pensaban que era lesbiana. En mi colegio, pasé de ser una niña linda coqueta que se llevaba con muchos hombres a una “machona“ a quien le gustaba andar por la cancha viendo cómo los hombres jugaban fútbol. En mi casa, pasé de ser la única hija mujer, la menor, la mimada, a la enemiga de mi hermano porque le daba celos de que sus amigos me vieran solo a través de una serie de representaciones sexistas –coqueta, lesbiana, puta o machona. Siempre me diagnosticaron cosas. Yo no me juzgaba, era difícil, me hubiera gustado identificarme antes como feminista: una niña a la que no le gustaban las injusticias.

Ahora me gusta imaginarme a mí en el after de mi graduación, tomando con mis amigas y amigos, bailando con el man con el que nunca hubiera estado, pero como era el último día que le iba a ver quizá no me hubiera incomodado encontrar un lugar para agarrar y darle un beso sin miedo, que me hiciera sentir mi supuesto lesbianismo, mis problemas psicológicos, mi insensatez, el poco respeto que le tengo a esta femineidad que habita mi cuerpo contra mi voluntad.

Mis amigos no eran violadores. Ellos vienen con nosotras a las marchas feministas, pueden opinar carismáticamente sobre el feminismo y uno que otro hasta se hace llamar feminista. Tengo un grupo de amigos que conozco desde pequeña, hemos crecido juntos. Cuando vivía con mi mamá y me decía que me cuidara de ellos, que no confiara, a mí sinceramente me enojaba. Cuando mi mamá pronunciaba esa frase, a mí me hervía la sangre. Varias veces discutimos hasta el cansancio, por eso mi mamá no lograba concluir la pelea, yo terminaba llorando casi siempre.

Conforme fui creciendo reconcilié mi relación con mis amigas mujeres, entendí que a ellas también las habían tachado de coquetas y putas. Yo nunca las taché así porque decir puta a alguien me hacía sentir, entre otras cosas, mojigata. Con el tiempo aprendí una palabra que a veces suena tan falsa pero que realmente es tan pura: “sororidad”. Me di cuenta de que el camino era ese, formar lazos de amistad fuertes con mis compañeras mujeres como los que tienen los hombres; quiero que nos cuidemos, que no nos critiquemos, deseo que nos demos cuenta que somos víctimas de una sociedad sexista, no putas, o sí putas, pero a mucha honra.

Hace dos meses, una de mis mejores amigas me llamó desde Buenos Aires, desesperada, sin saber mucho cómo explicar lo que le había pasado a la Mica. Con la voz entrecortada, logró contarme que a la Mica le violaron, que a la Mica le violó el tipo que durmió tantas veces a nuestro lado y que ella se había enterado diez meses después. Muchas de las personas que están leyendo esta declaración se preguntarán: ¿Cómo te puedes enterar diez meses después de tu propia violación?

La sociedad hipócrita patriarcal capitalista en la que nos desenvolvemos les querrá hacer creer que no fue violación, sino que fue “abuso”; le dirá al violador “tranquilo, Joaquín, yo sé que no eres un violador”. Pero justamente ahí se manifiesta el problema, creer que lo que pasó fue un “mal entendido” o que se “está sobredimensionando la situación”, palabras robadas de la conversación que mantuve con Joaquín cuando me enteré de lo sucedido. Tal vez me van a decir lo mismo que él: “Se les está yendo de las manos”, o que somos “dramáticas”. Un acto como este, que agrede contra nuestra integridad, me obliga a reaccionar de esta manera. De esa conversación podría hacer una extracción de quince frases machistas, o más, para un debate.

A ver… les cuento. Es difícil, me demoré semanas en saber cómo contar la violación de mi amiga. La Mica fue hace un año a conocer Buenos Aires, la Ciudad de la Furia, la ciudad que ha conseguido liberar generaciones y generaciones de mujeres y hombres sometidos a la heteronormatividad (mujeres trans, homosexuales, trabajadorxs sexuales y villerxs) a través del feminismo. Y es que cuando se habla de “feminismo” con ese nombre al ser humano promedio le jode, sin embargo, no le jode una violación. Le jode esta fuerza social solo porque tiene un nombre que parecería involucrar más a la mujer que al hombre, y eso es machismo. El feminismo para mí, para muchxs, es un viaje colectivo, una revolución que abraza todas las luchas sociales, una cosmovisión, una elección… el feminismo educa.

Durante los meses que estuvo la Mica en la Ciudad de la Furia conoció lugares deslumbrantes, vibró con libertad. Y el último día, el día de su despedida, se le fue la mano con los tragos y terminó en el cuarto del chico con el que había vacilado esos dos meses, un cuarto en el que ya había estado antes, pero siempre fue clara en que no quería tener relaciones con él. Este miserable día ella tenía una desventaja: estaba ebria. (Siento que mientras escribo esto doy explicaciones que serían innecesarias para alguien racional, aunque me veo obligada a hacerlo.) En estos casos, no se puede culpabilizar a la víctima por haber tomado en exceso. Estadísticamente a los hombres no les sucede esto cuando quedan inconscientes a causa del alcohol, máximo pierden una ceja o les dibujan un pene en la cara.

Estaba tan mal que se quedó inconsciente… Y sí, fue un gran momento para que nuestro amigo violador se aprovechara de ella.  Después, le puso el pantalón y llamó a una de sus amigas para que se hiciera cargo. Cabe mencionar que él vivía en una casa llena de feministas y que eran sus amigxs más cercanxs en Buenos Aires.

Al otro día, cuando la Mica volvió en sí, le preguntó al Joaquín si había tenido relaciones sexuales con ella, cuando se encontraba ebria.  Él le dijo que no, que no había pasado nada, que él nunca estaría con alguien en ese estado. Eso la alivió temporalmente, le devolvió no solo el alma al cuerpo, sino la virginidad que creyó haber “perdido”. Todo quedó ahí… ella regresó al Ecuador y aquí, por puras coincidencias, se enteró de que el Joaquín les había contado a sus amigxs, como un buen macho, que tuvo sexo con ella  pero que “se había quedado dormida en el proceso”. Cuando la Mica decidió confrontarle al Joaquin, el dijo que en verdad sí habían cogido pero que no había sido un buen polvo y no le había parecido relevante contarle al día siguiente. Se lo escondió a la única que debía saber.

Todos los sucesos que han pasado desde ese día son exasperantes por lo repetitivo de estos casos, del tipo de violación que sufrió, que es la violación normalizada y aceptada. Muchxs amigxs del Joaquín, con esta declaración, supongo que exclamarán: “Mi amigo no es un violador, yo lo conozco”. Pero no, nosotrxs no conocemos a nadie, el patriarcado nos hace chocar de manera violenta con la sexualidad desde chicxs.

Hemos pasado por declaraciones dolorosas. He escuchado y sentido la desesperación del Joaquín intentando explicarse. Yo solo intento sacar algo de esto, de todo lo que pasa. Intento transformar esta violación en consciencia social. Intento mostrar esta historia para decirles que ya no nos pueden violar, que ya nadie nos va a callar. Mi afán no es continuar con el círculo vicioso de la violencia, sino mostrar algo que pasa todo el tiempo. Algo que tal vez también mis hermanos hicieron pero sin reconocerlo, sin darse cuenta. Con esto no quiero empezar un linchamiento mediático, mi intención es concientizar.

Cuando pienso en ti, Joaquín, me da pena. Me da pena pensar que podrías ir a parar a la cárcel. Me sensibilizo ante tu falta de consciencia. Mi sensibilidad desaparece cuando veo con claridad todo y veo cómo has podido seguir con tu vida. Te veo en redes sociales haciendo lo que te gusta, grabando, modelando, actuando, mostrándote sin miedo. Respira, Joaquín; piensa que como tú hay miles, no te dejes intimidar por esto. Muchos tipos de agresión sexual están normalizados en nuestro entorno y como mujeres nos vemos obligadas a aceptarlas y a dejarlas pasar. Aquí yo solo estoy contando mi verdad, haciendo visible uno de muchos casos que han sido silenciados por esta normalización. Yo no la seguiré aceptando, y nadie debería.

Espero que esto te sirva y que, si no vas a parar en la cárcel, hagas un trabajo de perdón con tu alma. Espero que la Mica pueda volver algún rato con ese brillo único que tenía, que pueda seguir con su vida cuando regrese al Ecuador

Por mi parte, quiero decirte que le creo a la Micaela y que, si alguna vez dije que no eras un violador, hoy te retiro esa inocencia.