Seguir al estómago, o cómo sepulté mi depresión

Por Paulina Simon


Hace un año y medio trabajaba en el sector público. Pero no tenía un puesto burocrático cualquiera, programaba una sala de cine. Para mi ese trabajo era lo más parecido a ser una estrella de rock. 

Yo tenía ya diez años trabajando en torno al cine y mi último peregrinaje fue en esa sala. Empecé a trabajar embarazada de mi segundo hijo, con una barriga de 8 meses, y tuve que hacer todo tipo de malabares para levantar ese espacio mientras me sostenía a mi misma. En los dos años que estuve ahí logramos poco más de 24 mil espectadores, un número respetable para el sector. Sin embargo una tarde cualquiera me notificaron mi despido, sin una sola razón. Hacía tiempo que me había vuelto una persona incómoda para una institución mediocre y con visión a corto plazo. 

En ese momento empezó un duelo largo y sostenido para mí, una depresión profunda, porque había confundido un trabajo que amaba con mi proyecto de vida. No quería levantarme de la cama pero, con dos hijos repletos de necesidades, no era opcional. Pasé de trabajar 6 días a la semana, 14 horas diarias, a ser ama de casa y madre a tiempo completo. Luego de un verano entero con ese ritmo, ya no estaba muy segura de cuál de todas esas cosas era la verdadera causa de mi depresión. 

Treinta y cinco años: sin oficio, sin trabajo y, por primera vez en quince años, dependiente económicamente. Empujaba el columpio de mi hijo menor con una mano mientras sostenía el cigarrillo con la otra. Tantas emociones tóxicas hacían que mi cuerpo fuera un lastre también. Un día decidí aligerar en algo todo el peso que sentía, haciendo una dieta vegetariana. 

Sin sospecharlo, ese cambio alimenticio llegó a mi vida como una cura para la depresión y marcó mi travesía por el mundo de la kombucha. Primero fue la nutrición vegetariana, el movimiento RAW, el descubrimiento de los microorganismos como un principio de vida. Y luego todo empezó a moverse en mi corazón de nuevo. Podía dedicar la intensidad de mi carácter a algo que me hacía bien y pude de nuevo empujar el columpio de mi hijo con las dos manos. Me entregué. 

Toda mi vida me vi a mi misma como una carishina. Pero en este nuevo estilo de vida que me estaba curando la cabeza empecé a hacer todo, aunque torpemente, pero con mis propias manos: comida, salsas, conservas, jabón de platos, detergente de ropa, y una multitud de cosas más. El comentario recurrente entre mis allegados era siempre el mismo: “¡Es que tienes mucho tiempo!”.

No sin accidentes, cortes, quemaduras e inundaciones, empecé a hacer uso del otro hemisferio de mi cerebro. Tenía tiempo, sí. Y además, estaba pasando genial en mi casa, con mis hijos meciendo el jabón, batiendo las salsas, sin sombra de la claustrofobia del año anterior.
La luz se encendió completa cuando llegó a mis manos mi primer SCOBY (iniciales en inglés con las que se conoce al hongo para hacer kombucha). Se llamó Lucía, y con ella empezó todo. Preparando té, alimentándola. Mirándola crecer y crecer, reproducirse y convertir, mejor que un Jesucristo, el té en fermento mágico. Los orígenes de la kombucha se remontan a la China del año 221 antes del mismo Cristo, que por cierto hacía del agua, vino, seguramente con el mismo principio de fermentación; y se bebía como un elixir de juventud. Al principio, por error, dejé que los hongos crezcan a su antojo, y se tomen todos los espacio de mi cocina, algunos clósets dónde se guardaba ropa de cama, que ya no existe; incluso un clóset de mis hijos en el que, sin su conocimiento, duermen algunos hongos el profundo sueño de la fermentación prolongada.

Al principio me costó aprender a controlar el volumen de producción. Manejaba por media ciudad, recogiendo botellas recicladas en casas de conocidos para poder hacer segundas fermentaciones, el proceso en el que se saboriza la kombucha, y así, probar de todo. No recibo muchas visitas, pero a cada persona que pasaba por la puerta aprovechaba para hacerle probar. Al comienzo con poco éxito, pero poco a poco con mejores resultados.

Empecé a consumir mis elixires diariamente y a sentir una maravillosa energía que al comienzo no comprendía, pero que aprovechaba para trabajarla de vuelta en este proyecto aún sin nombre y sin un futuro claro. Lo que hasta aquí me había dado el vegetarianismo, se multiplicaba con la kombucha porque su energía es poderosa, dentro y fuera del cuerpo. Los hongos tienen vitalidad propia y te empujan a hacer cada vez más. Cuando ya varias personas habían probado mi kombucha artesanal, y varias otras me habían preguntado por mis publicaciones en redes sociales, hice una primera degustación. No sin antes bautizar el asunto. Junto a una gran amiga, trabajamos el nombre y una imagen que correspondieran a ese vuelco de emociones bellas y así nació “Nina Kombuchería”.

Simple,  mientras oíamos Feeling Good, de Nina Simone y yo pensaba “esta es la mujer más fuerte que conozco” asocié rápidamente que en esos hongos de la kombucha habita el poder femenino de hacer tanto con tan poco. Ese poder que a mi se me había perdido mientras peleaba con el sistema y que ahora había recuperado, al fin.

¿Qué es lo que hace tan mágica a la kombucha? Esa fermentación que se logra con tiempo y paciencia hace que el azúcar se convierta en levaduras y bacterias, de las buenas, y que la bebida tenga el carácter de un probiótico, un alimento regenerador y curativo para la flora intestinal. En inglés, “sigue tu instinto” se dice “follow your gut”, literalmente: “sigue a tu estómago”, porque en el estómago habitan millones de células, hormonas, bacterias que hacen de tus “tripas” un segundo cerebro, que si se alimenta con una bebida viva, como la kombucha, empieza a devolvernos la vitalidad que los alimentos procesados, las medicinas y la rutina nos han quitado.  

Si tu instinto está en el estómago, seguirlo es despertarlo, alimentarlo con fe y recibir mucho a cambio: desde claridad mental, hasta una necesaria purga, pasando por el deleite de probar todo el tiempo sabores exóticos, porque el fermento trabaja en cada botella de una forma distinta, novedosa y única. 

A partir de estos descubrimientos, algunos meses más tarde empecé finalmente a vender mis kombuchas a domicilio. No tengo una producción grande, ni es este cuento una historia de emprendimiento exitoso. Simplemente es mi versión de cómo encontré el modo de salir de mi depresión, de cómo estoy ingeniando día a día una economía alternativa, una vida alternativa que me ha unido a mucha gente nueva que se siente en vías de construcción igual que yo. La kombucha se ha vuelto alimento y comunidad, y su historia también es una en desarrollo.