Salir del clóset feminista

Por Daniela Chacón Arias

No me sabía feminista. De hecho, como muchas mujeres que conozco, tenía pánico a esa palabra y siempre decía que creía en la igualdad pero que no era feminista. Estudié en un colegio religioso y crecí en un clásico ambiente quiteño, curuchupa y solapadamente machista. Como en muchas familias de este Ecuador, que no se reconoce machista, si bien se nos alentaba a tener una carrera, en el fondo se nos empujaba a cumplir el rol de las mujeres en la sociedad: casarnos y criar hijos.

Por suerte, en mi núcleo familiar cercano hubo un equilibrio. Mis padres me educaron liberal e independiente, creo que no se imaginaron que también me educaron feminista. Ni yo. Era una palabra a la que le teníamos miedo, ni siquiera era mencionada en nuestras conversaciones. Pero el machismo estaba latente en mis vivencias y entonces no sabía por qué me rebelaba pero sabía perfectamente que debía hacerlo, que algo no estaba bien.

Recuerdo un episodio que me marcó. En los noventa, se puso de moda usar puperas y claro yo las usaba, me quedaban bien. Fui a un evento de fin de semana del colegio con una de mis nuevas puperas y el lunes siguiente algunas de las profesoras me llamaron y condenaron mi vestimenta, me dijeron que estaba provocando. ¿Provocando qué? ¿A quién? Tenía 15 años, inocente niña de colegio religioso quiteño, no tenía idea siquiera qué significaba provocar, y además me enteraba que era mi responsabilidad no provocar y no la de terceros controlar sus impulsos.

Recuerdo otro episodio. Ya estaba trabajando como asistente legal y estudiando derecho. Eran las 8 de la mañana y caminaba por la avenida Amazonas a mi trabajo y vi a un hombre que venía hacia mí. Cuando pasó por mi lado se acercó demasiado, tocó mis partes íntimas y siguió su camino, como si nada. Me quedé helada sin saber qué hacer mientras un torrente de lágrimas corría por mis mejillas. No entendía por qué ese hombre se sentía autorizado a tocar mi cuerpo, cuando sólo yo puedo decidir a quién concedo ese derecho.

Y les cuento un último episodio, uno que no he contado públicamente aún. Ya era Concejal y Vicealcaldesa. Estaba en una relación con un hombre que me repetía constantemente en palabras lindas y manipuladoras que yo no merecía amor y que debía agradecer que él me había escogido. Revisaba mi teléfono y me reclamaba chats con otros hombres. Tenía que pedirle permiso para salir con mis amigos. Le tenía miedo pero no lo sabía. Cuando me di cuenta que estaba en una relación violenta y quise salir, él enloqueció. Me amenazaba con gritar a los cuatro vientos que yo era una mujer de reprochable reputación, que acabaría con mi carrera política si no estábamos juntos, que él realmente me estaba protegiendo porque la política no era para mí. E hizo algo más que espero algún día tener el valor de contarles. Me costó meses y mucha ayuda sicológica salir de esa relación, pero lo hice.

He tenido la suerte de no haber vivido episodios más graves de violencia machista como millones de mujeres en el Ecuador. Pero no hace falta vivirlos para darnos cuenta de que ésta es una sociedad que no considera a las mujeres iguales a los hombres. No solo que hay un papel que se nos ha sido asignado y hay que cumplirlo,  además vivimos en una sociedad que nos niega derechos. Lo hemos visto en los últimos meses: decenas de mujeres asesinadas por el simple hecho de ser mujeres. Y las autoridades calladas, dicen que no es un problema público. Centenares de mujeres presas por abortar, que no tenemos derecho sobre nuestro cuerpo dicen, qué importa si ese aborto es producto de violencia intrafamiliar o violaciones.  

Y entonces me asumí feminista porque finalmente entendí qué significa serlo. ¡Salí del clóset! Las feministas queremos que tanto tú como yo podamos escoger nuestros destinos libremente, sin ser juzgados. Queremos que no nos toquen, violen o maten sólo por el hecho de ser mujeres. Queremos que el destino de nuestro cuerpo y nuestras vidas  sea nuestra decisión y no la de toda la sociedad. Y no queremos esperar cien años más para hacerlo, lo queremos ahora. Y el feminismo además reivindica también la libertad de los hombres de no seguir el rol que la sociedad también les ha asignado. El feminismo no sólo es una lucha por rescatar la dignidad de las mujeres. Es una lucha por rescatar la dignidad de todos, también de los hombres. El feminismo es absolutamente humanista, es noble y es necesario, ahora más que nunca. No nos digas feminazis, el feminismo nunca ha planteado el exterminio del género masculino, más bien entiéndelo, sal del clóset feminista y lucha junto a nosotros por una sociedad verdaderamente equitativa y paritaria.