Olas de otros mares y del mismo mar

Por Cristina Burneo Salazar

Son procesos que vienen del ansia. No nací feminista. No crecí feminista y, sin duda, vivo en un mundo que no favorece esas transformaciones. Pero hay inconformidades que van generando una in-quietud. Es un camino abierto por otras mujeres en cuyos paraderos siempre se abrió una escucha mutua, una pregunta, un gesto. “La lengua que hablan las mujeres cuando nadie las escucha para corregirlas”, escribe Hélène Cixous. Añado: para corregir, en cambio, lo que nos ha sido heredado y que no queremos. Ninguna de nosotras quiere que la maten, que la violen ni que la denigren por ser mujer. De ahí partimos: nuestra revuelta es seguir vivas. A partir de ella, cada una de nosotras halla sus propias asonadas interiores. Los feminismos deconstruyen y reconstruyen todo el tiempo.

Es mi mamá diciéndoles a sus tres hijas desde muy pequeñas que tenían que ser autónomas y “no cocinar para nadie”, la forma que encontró su afecto para transmitirnos su rebeldía, que halló terrenos más arduos que el nuestro y argucias más valientes, por ser más precarias. El impulso dado por las mujeres a otras no necesariamente se halla elaborado en el discurso feminista, suele ser secreto y hasta clandestino, pero se vuelve feminista ante mis ojos la decisión de escalar los muros cotidianos que se alzan colosales ante nuestras estaturas. Han sido anónimas las gestas de las mujeres, desesperadas y a menudo invisibles. El feminismo las nombra para darle un registro a esos actos no historizados, esa es nuestra historia y serán nuestros archivos del futuro: testimonios, historias familiares, lo que nos atrevimos a contar. En la historia de mis ancestras, yo encontré todas las violencias y muchas revueltas.

El inicio del viaje es también el recuerdo de que en la escuela nos separan en costura y carpintería en la clase de trabajos manuales. La infancia. Más tarde, es constatar que los privilegios de clase abren abismos y que el reino se llama Patriarcado. Es el malestar de la adolescencia, tan importante, que comparto con una tribu donde todos tenemos 17 años. Descubrimos la izquierda, leemos, nos escribimos cosas. Una pequeña tribu, ordinaria pero definitiva. Más tarde, fue ir de los libros a la izquierda, de la izquierda a la voluntad de interpelarla desde el feminismo sin renunciar a sus fundamentos, y de allí a seguir construyendo la vida con nosotras mismas y con los otros descubriendo que había una lengua que les hablaba a las mujeres. El feminismo nos da las palabras para nombrar lo que no sabíamos que tenía nombre. Por eso nos importan sus lenguajes, porque nos transforman.

El feminismo son los aprendizajes, la conversación con otras mujeres y la experiencia compartida, que se va volviendo nuestra hasta interiorizarse en la sensibilidad, que tanto hemos despolitizado. Es fácil decir “Ni una menos” para el Estado, que usurpa las palabras con que lo enfrentamos. Es fácil punir y pontificar sin intención de hacer de lo sensible una posibilidad de reaprenderlo todo para encontrarnos con los otros de otra manera. Es más difícil construir una coherencia desde las decisiones que tomamos. Por eso, creo que el feminismo no puede vivirse sin sus contradicciones. Y quizás sea vivir la contradicción lo que nos resguarde de renunciar a las preguntas y adoptar dogmas. El cuerpo habla, se rebela y se escapa de la ideología. Las mujeres han conquistado su cuerpo desde el feminismo y, con él, han conquistado también sus puntos de fuga. Sin usarlas como licencias y sin renunciar a nuestras conquistas, construimos nuestra coherencia incorporando en ella sus fisuras para poder escuchar al otro.

No colonizar: contagiar y contagiarse. En ese contagio, constato que son cada vez más diversos los sujetos del feminismo o de praxis afines. Son las mujeres, biológicas o no, las personas migrantes, con discapacidad, los hombres que se rebelan contra su macho interior. En ese intenso debate de quiénes somos y contra qué buscamos resistir, está siempre el Estado, el gran Alfa con su falo apuntando firme contra la tierra, las mujeres, la vida. Las alianzas son entre vulnerables, y en ese frente de resistencia se halla una posibilidad de movilización. Eso es la política hoy, escribe Roberto Esposito: un espacio público “lleno de cuerpos vivientes unidos por las mismas protestas” que presionan “desde los bordes de nuestros sistemas políticos”. Al ser una praxis y una vía emancipatoria, el feminismo no puede comprenderse de manera despolitizada ni al margen de otras prácticas políticas colectivas de resistencia, y no se entiende sino en intersección con la clase, con la raza, con la tierra.

Lo que se nos permite desaprender desde el feminismo constituye un privilegio. También llegamos, esto es una constante, a raíz de experiencias de violencia. Son las primeras veces, ver amigas obligadas al embarazo en la adolescencia; oír que alguien dice “me pegó”, “casi me mata”. Escuchar “ellos me encerraron en el baño” o “me acusaron de puta”, y eran mis amigos. Verlo. Muchas veces, no haberlo percibido como violencia. Y luego, con otras mujeres, ir aprendiendo y desaprendiendo, como Penélope, tejiendo y destejiendo. Así como la violencia es cotidiana, así son nuestros acompañamientos, a veces mínimos, efímeros, pero decisivos. Y así van construyendo una forma de la política.

En mi caso, llegó también la escritura. Primero, una clase en donde escuché la palabra “ginocrítica”. No me gustaba ni entendía, pero algo sedimentó. En el 2004 escribí un ensayo que se llamó “Cuerpo roto”, sobre las fantasías sexuales de Juan Montalvo y sus manuales para el “género femenino”. Mi dedicatoria fue para 16 mujeres. Hoy, siento que somos legión, y saber que las 16 siguen más o menos cerca me hace ver que ese batallón fue semilla y que tuve la suerte de ir a su retaguardia. La escritura es una forma de estar en el mundo y de darle sentido a la experiencia vital. La mía está dada cada vez más por una comprensión feminista de la realidad, no como tema, sino como condición para poder trabajar con las otras, escuchar a los otros, escribir con ellos sus historias e interpelar la realidad.

Aprendí el feminismo en la cabeza: había tres olas. De Beauvoir, Audre Lorde. Una enorme biblioteca que si no encarna se oxida, y si no se sitúa, nos pierde. Las  tres olas del feminismo: olas de otros mares y del mismo mar al mismo tiempo. Es el mar de las mujeres. Pero sin las Nelas, las Tránsito, las Dolores, sin la tierra y el agua, sin las trabajadoras y sin Zoila, no podemos abrazar nuestra propia marea. Recientemente, esas olas me han llevado a la escucha privilegiada que me han permitido iniciar las mujeres shuar, por ejemplo. El viaje feminista no termina nunca y cada vez vuelve a arrancar desde la ignorancia, que es lo único capaz de impulsar la búsqueda. No saber y, por eso, explorar.

La praxis feminista consiste también en abrir una variante de la interlocución que no se sostenga en ninguna vara vertical. “Transmitir: hacer amar haciendo conocer”, escribe Cixous, y sigue: “de las catedrales me separo. Su piedra es triste y hombruna”. Separarse de los cenáculos, del conocimiento seguro de sí mismo que se sitúa por encima de los otros y de la imperturbabilidad de la piedra de las catedrales, eso también es trabajo feminista. En su lugar, desmontar piedra por piedra los edificios que nos han dicho quiénes somos y volver a preguntarles a esas piedras. Algunas de elllas quedarán en pie, otras ruedan. Empezamos a rodar con ellas para buscar, escribir lo que no estaba escrito, poner los archivos bajo sospecha. Quizás así inician viajes como éste: somos cantos rodados pulidos por el agua y la tierra, porosos, sueltos, y rodamos con otros cantos para escapar del muro recio.