Fotografía de Josselyn Cabezas

Fotografía de Josselyn Cabezas

Nuevas Fotógrafas Ecuatorianas

Por Daniela Alcívar Bellolio

Las obras de las nuevas fotógrafas ecuatorianas recogidas en esta muestra dan cuenta de una serie de preocupaciones heterogéneas y elocuentes que deben ser entendidas en toda su potencia política y matizadas en el grado de desarrollo conceptual y estético que ostentan: desde la cosificación del cuerpo femenino en el ámbito doméstico y el deseo de mostrar la variedad y las diferencias que habitan el cuerpo de la mujer, hasta el trabajo más abstracto y proliferante de la imagen en ámbitos extraños a la clase media, pasando por cierta experimentación con los espacios naturales y las herramientas digitales, lo que aparece en el panorama que arma la selección de fotógrafas emergentes hecha por Foto Album es un universo de deseos y de afectos, de preocupaciones y de posiciones políticas y estéticas.

Grosso modo, las series fotográficas se dividen entre un trabajo fundamentalmente plástico sobre la imagen, sobre las texturas que los espacios pueden hacer emerger a través de un registro que puede ser de tipo realista sin por eso renunciar a los recursos de lo digital (es el caso de Josselyn Cabezas o Gabriela Zumba), un posicionamiento político alrededor de la condición, la subjetividad y el cuerpo de la mujer en la sociedad actual (Adela Salcedo, Mariana Cevallos) o una puesta en juego del propio cuerpo para pensar algunas de las formas de la sexualidad en tensión con los discursos hegemónicos (Carol Chancay).

Si bien es necesario marcar que estos trabajos, al pertenecer a artistas muy jóvenes, aún requieren de un refinamiento teórico y estético, es aun más forzoso notar la potencia de estos trabajos. En algunos casos se siente la falta de una mirada de clase que matice la de género: cuando lo que se fotografía no sale del horizonte de la clase media, como en el caso del trabajo de Adela Salcedo sobre la cosificación de la mujer, en cierta medida se invisibiliza que esa reificación es tan propia de las clases acomodadas como de las carenciadas, y que esas violencias que muy bien muestran sus fotografías no responden a una determinada estética de lo doméstico sino que se esparce violentamente en aquellas zonas de lo social en que al sometimiento de la mujer en lo doméstico se le suma la opresión que implica siempre la pobreza.

  Fotografía de Adela Salcedo

Fotografía de Adela Salcedo

Un reparo similar se le podría hacer al trabajo de Mariana Cevallos, quien llega a momentos muy íntimos en su serie de retratos de mujeres en ropa interior, y logra poner de manifiesto ciertos destellos (nada fáciles de conseguir) que participan a la espectadora de un brillo particular que potencia la imagen. Sin embargo, la estética voluntariamente naïf que marca las fotos de Cevallos pierde, quizá, su carácter estratégico en los decorados que elige para los retratos: ahí ya no parecería haber propuesta sino ideología en la medida en que se trata de habitaciones de clase media que uniformizan esa heterogeneidad física que se busca mostrar y apagan en cierta medida el alcance de su resolución visual.

Destaca especialmente la serie de Gabriela Zumba. Se trata del trabajo menos explícito y más refinado de toda la selección. Hay un pensamiento sutil sobre la proliferación y el rostro: en la reproducción interminable que los espejos y las fotos de revistas figuran, en el formato horizontal de las imágenes, en la exploración de espacios no convencionales (peluquerías populares, funerarias, baños públicos), en la experimentación con el collage, que da cuenta no tanto de un impulso vanguardista como de un deseo de extrañar la imagen por la vía de la proliferación, hay un desacomodo que considero esencial. Aquí algo se está diciendo, pero es difícil saber qué, y entonces un verdadero diálogo con la imagen se establece desde los lugares ambiguos de la indeterminación y la evocación.

  Fotografía de Gabriela Zumba

Fotografía de Gabriela Zumba

En el caso de Josselyn Cabezas puede sentirse asimismo una inclinación hacia la exploración de texturas y, muy importante, un ojo prometedor para la captación del instante preciso, algo nada menor cuando hablamos de fotografía. El desafío en su caso quizá sería el de conceptualizar la búsqueda en beneficio de cierto sentido de la unidad que en su serie se difumina. El trabajo que hace con las herramientas digitales es delicado, sutil, no cae en dramatismos innecesarios ni lugares comunes, y su relación con el paisaje es por momentos conmovedora.

Finalmente, en el caso de Carol Chancay puede encontrarse una característica fundamental y fuertemente política que es la de poner el propio cuerpo. No es fácil. Mucho menos cuando lo que se opera sobre el propio cuerpo es un trabajo sobre las formas del género y el deseo sexual en una sociedad que sigue patologizando la diferencia. Es notable la tensión que pone en acto Chancay cuando yuxtapone a las fotografías de sí misma como lesbiana, hombre homosexual y travesti las acepciones que dan los diccionarios de esos términos que nunca lograrán explicar ni describir la interminable autodiferenciación de la sexualidad humana. Del mismo modo, es interesante y valioso que la autora introduzca el tema de la clase social en su trabajo.

Esperamos más de estas jóvenes fotógrafas, su trabajo es sin duda muestra de que las preocupaciones que nos impulsan a seguir caminando hacia el misterio que es el futuro tienen ya el matiz de un cambio de época. Y cuando las cosas están mal, es bueno saber que cambiarán.

  Fotografía de Carol Chancay

Fotografía de Carol Chancay

  Fotografía de Mariana Cevallos

Fotografía de Mariana Cevallos