Me enamoré de la comida ecuatoriana

Por Ivanna Zauzich


Si apareciera un hada madrina, en mitad de la noche, y dijera: “te doy un vestido de alta costura, zapatos de cristal y un príncipe para que bailes toda la noche”, mi respuesta sería: “Puedes cambiarme todo ese paquete por un encocado con un extra de patacones y una porción de salprieta”. Sí, porque no hay nada más rico que comer, incluso es mejor que bailar con un príncipe. 

Vengo de una familia de raíces italianas, croatas y colombianas, entonces comer siempre me pareció una aventura. Eso ha hecho que mi relación con la comida sea como un crush amoroso, pero desde que comencé a vivir en Ecuador, en 2005, le agregué un compromiso real. Mi promesa es que las personas que lean mis textos o me escuchen en un video sientan ganas de probar comida ecuatoriana, porque si hay algo rico es la gastronomía de este país. 

Todo comenzó cuando llevaba 24 horas de estar en Ecuador. El primer día llegué agotada y básicamente comí cereales de caja. Al siguiente día una amiga me dijo: “vamos por un ceviche”. Para ese momento, yo tenía dos ideas de este plato en la cabeza: el peruano que es un pescado curado en limón y el colombiano que son camarones ahogados en salsa rosada (más conocida como Golf). Entonces estaba sentada en la cevichería y apareció el mesero con un plato lleno de caldo y mariscos, para mi buena suerte había un tentáculo de pulpo que salía del plato como si fuera una pintura del Leviathan, esa criatura marina que usó Thomas Hobbes en su teoría del Estado. 

Metí la cuchara y tomé un camarón, el más grande que había visto en mi vida, con un poco de caldo con trocitos de tomate, porque el buen ceviche no usa salsa de tomate, y me sorprendí al probar el caldo frío. No recuerdo en cuánto me devoré ese ceviche pero fue rapidísimo, porque mi amiga apenas iba en el tercer bocado cuando yo ya hacía ruidos con la cuchara y el fondo del plato. 

Desde ese momento supe que la comida ecuatoriana y yo nos habíamos enamorado completamente. Luego vino, como si fuera una segunda cita, el encebollado, el encocado, el maito, la cazuela de verde...con cada plato tenía un romance y descubrí que mi propósito era contarle al mundo que en ningún país se come tan bien como en Ecuador. Esa premisa me ha traído muchos detractores que creen que el país no tiene que ofrecer en materia gastronómica.

Su opinión es respetable, pero creo que les falta andar más por las zonas rurales y experimentar nuevos sabores, como los que se disfrutan en el Cantón Jipijapa en Manabí donde el ingrediente principal es el maní que se agrega de diferentes formas en ceviches, cazuelas o envueltos.
Siento que la gastronomía es una forma de empoderamiento. Cuando los restaurantes pagan el precio justo a los agricultores, productores y pescadores, se forman eslabones de una cadena de desarrollo social que beneficia a los diferentes actores. Justamente ese impacto social es lo que amo de la gastronomía, ya que solo basta comer de forma consciente (apoyando el comercio justo) para cambiar al mundo. 

La idea es comer local, con ingredientes de las zonas del país, porque comprar un salmón que viajó miles de kilómetros para llegar congelado a un refrigerador de supermercado, no tiene tanta gracia como un paiche amazónico, pescado en nuestros ríos, con una carne blanca de textura tersa, que no tiene nada que envidiarle a otro pescado del mundo. La magia está en la cocina ecuatoriana, no se necesitan hadas madrinas o príncipes encantados, solo valorar lo que tenemos y mostrarle al mundo de qué estamos hechos.