Las tías

Por María Fernanda Ampuero

Mi tía Lucy era prima hermana de mi papá. Mi tía Lucy no tenía marido ni hijos, pero sí un departamento –de un solo cuarto, un cuarto propio– en el centro, en la calle Rumichaca (que ella pronunciaba Gumichaca porque tenía un frenillo que la afrancesaba) y también un Lada blanco que siempre olió a nuevo en el que nos llevaba –a nosotros, los hijos de su primo– al cine, al Policentro, a una tienda del barrio Centenario a comprar chupetes Bon Bon Bum. Mi tía Lucy tenía la voz ronca, el pelo corto, usaba lentes, comía como un titán, fumaba como un dragón, blasfemaba como un mafioso. Mi tía Lucy no era delgada y parecía estar a gusto con su cuerpo. Mi tía Lucy se reía de esa forma tan impropia que no he vuelto a encontrar en ninguna mujer –tal vez, mira, en mí–, le robaba cigarrillos a mi papá, chacoteaba con mis tíos, decía lo que ninguna otra mujer de la familia se atrevía a decir –vulgaridades, intimidades sexuales, irreverencias, verdades– y luego se reía con esa risa suya de pirata borracha y no había cómo no adorarla. Mi tía Lucy trabajó desde jovencita y había comprado todo lo que poseía: desde el ambientador de carro La Chica Fresita hasta el departamento de Gumichaca. Mi tía Lucy no parecía una mujer incompleta. De hecho, todas las otras mujeres parecían más incompletas –más amargas, más prisioneras– que mi tía Lucy. Mi tía Lucy tenía una amiga ginecóloga y con ellas mi mamá descubrió, entre muchas otras cosas de las que no me he enterado, la depilación artística, es decir, que en el pubis se podían dibujar rayos como el de Bowie –pero no en la cara–, serpientes, un ocho, etcétera. Mi tía Lucy tenía juguetes sexuales, minifaldas, cerveza en la refrigeradora, whisky en una mesita. Mi tía Lucy viajaba y nos traía regalos. Cada vez que yo comía con la cucharita de Varig –robada del avión, claro– la imaginaba en Río, bailando samba, tomando el sol en bikini. Mi tía Lucy nos adoraba a todos, pero cuando nació mi hermano Daniel enloqueció de amor y yo morí un poco. No recuerdo celar la devoción de mis padres por Daniel, pero sí la de ella. Fue mi primer desencanto amoroso. A mi tía Lucy le encantaban los niños y a los niños nos encantaba ella. Mi tía Lucy tenía amantes. Mi tía Lucy era criticada cuando no estaba presente. Mi tía Lucy adoptó a una bebé prematurísima que una mujer había abandonado en el paritorio de su amiga ginecóloga. Mi tía Lucy puso a esa niña María Belén y se dedicó a cuidarla con todo su corazón hasta que se muriera. Porque María Belén se iba a morir. Pero María Belén vive y quiero pensar que vive gracias al amor superpoder de mi tía Lucy. Mi tía Lucy no va a poder leer esto –le hubiera gustado mucho que yo me le parezca tanto– porque murió hace unos años de un cáncer que se ensañó con ella como un sádico. Recuerdo sus carcajadas en el departamentito de la calle Gumichaca, mientras escribo esto en mi departamentito –de una habitación, una habitación propia- de la calle Cabestreros –Cabestgegos– y celebro, por fin y de verdad, su vida.

Mi tía Cristina era prima hermana de mi papá. Mi tía Cristina era divorciada y tenía un hijo. Mi tía Cristina trabajaba en comunicación política y tenía una foto bailando con Reagan. Mi tía Cristina tenía la biblioteca más hermosa que puedo recordar: grande, elegante, con ese olor delicioso del libro forrado en cuero y un escritorio de metro y medio lleno de papeles y cosas bellas. Mi tía Cristina era una cosa bella: usaba sombrero de cazador, botas de cowboy, ropa clara, chaquetas de gamuza y caminaba como si gobernara el mundo. Mi tía Cristina daba las fiestas más interesantes que se recuerden en Quito. Mi tía Cristina había visitado todos los continentes y había hecho las cosas más extrañas que se pueden hacer en esos continentes: comer serpientes e insectos, bajar por los rápidos de un río de nombre impronunciable, dormir bajo el cielo titilante de la sabana africana. Mi tía Cristina era una rubia y hermosa mujer de mundo. Mi tía Cristina fue la primera persona que dijo que yo era inteligente. Lo dijo en una cena con su madre y mi abuela: ninguna de las dos daba un sucre por esa niña rara, gorda, con pelo de negra y con una extraña tendencia a observar la familia como si la estuviera destazando. Mi tía Cristina dijo alto y claro: “ella tiene cerebro. Ella es, de todos nosotros, la que más cerebro tiene”. Mi tía Cristina me dijo que cuando me graduara del colegio me podía ir a vivir con ella a esa casa maravillosa, llena de libros, conversaciones profundas, películas independientes y obras de arte. Mi tía Cristina ofreció pagar mi educación universitaria. Mi tía Cristina luchó contra su sobrepeso toda la vida y, sin embargo, no había mujer más hermosa en el mundo: era, como en la canción, una luz que nunca se va. Mi tía Cristina adoraba a su hijo más allá de lo decible y lo protegía del horror del mundo. Mi tía Cristina siempre tenía algún viaje increíble pendiente. El que iba a hacer, me parece, era a India. Mi tía Cristina atraía a los hombres. Mi tía Cristina atrajo al hombre equivocado. Un hombre que vivía de exportar flores, el hombre de las rosas al que las tías adoraban porque, por fin, alguien haría sentar la cabecita loca de Cristina. Mi tía Cristina se dio cuenta muy pronto de que el hombre de las rosas quería que ella fuera una de sus posesiones: un caballo, un carro, un Guayasamín. Mi tía Cristina no quería ser ni un caballo, ni un carro, ni un Guayasamín. Mi tía Cristina quería ser Cristina, así que rompió la relación con el hombre de las rosas. Mi tía Cristina fue con sus amigos a celebrar las Fiestas de Quito a los toros y bailó y cantó y fue, ya lo he dicho, una luz que nunca se va. Mi tía Cristina veía al hombre asesinar de a poco al animal, veía la sangre rojísima manchar la plaza, y no sabía que el hombre de las flores mientras tanto la veía a ella. Mi tía Cristina, quizás, estaba enamorando a otro chico. Mi tía Cristina, quizás, nada más estaba intentando hacer lo que hacemos todas: recurrir a los amigos para sobrevivir. Mi tía Cristina no va a poder leer esto –le hubiera gustado tanto que yo sea la mujer que intento ser– porque el hombre de las rosas le disparó mientras ella leía los periódicos, en su cama, en su casa, a pocos metros de donde dormía su hijito. Mi tía Cristina fue asesinada por un hombre que supuestamente la amaba y por eso no va a leer esto. La recuerdo con sus botas y su sombrero, dueña del mundo y de mi corazón adolescente, tan hermosa, tan libérrima, tan sensible y tan brillante, y lloro, por fin y de verdad, su muerte.