Las mujeres que odiaban la cocina

Por Isabela Ponce

Mi abuela vive sola. No cocina. Almuerza todos los días fuera de casa. Cuando decide no salir, prepara lentejas instantáneas, vegetales congelados de funda, filetes de pollo listos para el sartén. No le gusta la cocina. Jamás le gustó. 

Mi mamá vive con su esposo. No cocina. Almuerza todos los días lo que prepara su esposo. Cuando decide cocinar, hace huevos fritos, verduras hervidas, ensaladas frescas. No le gusta la cocina. Jamás le gustó. 

Mi abuela y mi mamá me enseñaron, conscientemente o no, que la cocina no era el lugar de las mujeres, pero tampoco me dijeron “no entres ahí”. Ese equilibrio me hizo lo que soy: una mujer que ama comer rico, que sabe cocinar pero que lo hace solo cuando le provoca o lo necesita. 

Esa relación de mi mamá y mi abuela con la cocina fue y es la de millones de mujeres en el mundo. No son demasiadas las que han podido decir, como ellas, “no me gusta, no lo disfruto” y no hacerlo sin ser juzgadas. En 1960 Peg Bracken lo hizo. En la introducción de su libro The I hate to cook book, escribe “A algunas mujeres, se dice, les gusta cocinar. Este no es un libro para ellas”. Bracken era redactora creativa en una agencia de publicidad y, como ama de casa con poco tiempo, compartía recetas con amigas que, como ella, debían repartir su tiempo entre trabajar y dar de comer a su familia. De ahí nació su libro, que intentó vender a cuatro editoriales dirigidas por hombres. Todos le dijeron que no, que las mujeres no iban a querer leer algo despectivo sobre cocinar. Su quinto intento fue una editora mujer, que lo publicó: The I hate to cook book vendió tres millones de ejemplares. 

Mi mamá y mi abuela no saben quién es Peg Bracken pero comparten con ella el “no me gusta cocinar”, una respuesta sincera —demasiado sincera— para dos mujeres que crecieron en épocas donde todavía la cocina y el hogar eran el único destino femenino. 

En 1976, mi abuela fue una de las primeras mujeres divorciadas en Guayaquil. Era legal hacia más de medio siglo pero seguía siendo mal visto. El divorcio fue una de las luchas feministas. “No es que el feminismo hizo que a los matrimonios les vaya mal. Pero las reformas feministas le dieron a las mujeres la oportunidad de salir de matrimonios infelices e injustos”, dijo la historiadora Stephanie Coontz. El rol de ama de casa en la cocina dedicada a los quehaceres domésticos fue una de esas inconformidades que las mujeres empezaron a reclamar. Una gran parte de su liberación de los estereotipos que habían pesado desde siempre. Al divorciarse cuando era un tabú, o al negarse a entrar a una cocina con solo una puerta de entrada y ninguna salida, mi abuela fue feminista, aunque probablemente no lo sepa. 

Mi mamá nació en una época menos injusta para las mujeres, pero en la que aún muchos veían a la cocina como el ambiente natural de las mujeres. Un mal chiste de los noventa decía que para darle más libertad a la mujer había que ampliarle la cocina. Pero mi mamá tampoco quiso pertenecer a la torre de marfil de los electrodomésticos. Como mi abuela, siempre hizo lo que quiso, sin preocuparse por mantener apariencias. Cuando tenía quince años se negó a debutar en uno de los clubes sociales de Guayaquil, otro destino para adolescentes que debían cumplir con los estereotipos sociales. El ritual consiste (porque todavía se da) en la presentación de la niña —ya convertida en mujer— a la sociedad. Ella, en teoría, ya está lista para elegir a su pretendiente. 
No creo que ni mi mamá ni mi abuela lo sepan, pero quizás no es que las dos odiaron la cocina porque odian cocinar sino por lo representó (y para algunos sigue representando): ese espacio donde la mujer tiene que estar. Porque le toca. 

Mi abuela y mi mamá han permitido que yo viva en una época mucho más igualitaria para las mujeres. Me siento más libre para elegir dónde estar, y la cocina ya no es ese lugar que a ellas les causó tanta aversión. Durante veintiún años tuve la suerte de comer siempre rico en mi casa. Cuando me mudé sola aprendí, más por necesidad que por gusto, a cocinar. Pero en esos cuatro años disfruté mis experimentos gastronómicos. Hoy pienso que si no supiera cocinar, me sentiría inútil. Desde hace dos años vivo con mi novio y en nuestra casa, la cocina es de él. Yo soy feliz de comer rico y saber que ese espacio está ahí, para mí, cuando quiera regresar a él. No porque me toca.