Las mujeres, a la cocina

Por Gabriela Cepeda


 Julia Child, en su pequeñísima cocina en París

Julia Child, en su pequeñísima cocina en París

Siempre supe desde niña que quería ser cocinera. Afortunadamente, mis jóvenes padres no limitaron mis sueños con estereotipos de género, por eso nunca supe (hasta mucho después) que existían tantos prejuicios alrededor de este noble oficio. Crecí pensando, como la mayoría de personas, que la cocina era un bastión que pertenecía únicamente a las  mujeres; somos permeables a la cultura y la nuestra es lamentablemente machista. 

Los medios de comunicación, junto con la cultura patriarcal, se encargan de ponernos en “nuestro sitio” a cada instante. Basta prender la tele un minuto para encontrarnos con alguna publicidad de fideos o detergente que, inevitablemente, estará protagonizada por una madre sonriente cumpliendo las labores que la sociedad considera le pertenecen sólo a ella; o enfrentarnos ante el insulto clásico entre un machito promedio y cualquier mujer que se atreva a opinar o contradecirlo: “las mujeres, a la cocina”, delineando nuevamente el perímetro en que debemos desenvolvernos, según ellos. 

Las mujeres en la cocina siempre han estado en mi imaginario personal y soñaba con convertirme en una de ellas. Aunque luego, analizándolo bien, no soñaba con ser la señora de la publicidad de fideos; soñaba con hacer las recetas de Paul Bocuse y Auguste Ecoffier, soñaba con las Clases de Cocina con Charlie Trotter que veía en Discovery Channel, con estudiar en Le Cordon Bleu como los grandes chefs. La tele estaba llena de referentes masculinos que marcaban mi norte e imaginaba con llegar allá o ser tan grande como alguno de ellos. Eran todos hombres y yo no me daba ni cuenta.

No fue sino hace poco que pude internalizar la realidad y reflexionar al respecto: las mujeres estamos sub-representadas en la mayoría de disciplinas, el atraso histórico con respecto al acceso a educación es el motivo y desgracia principal a la que se debe enfrentar nuestro género. Las pocas conquistas en materias de ciencia por parte de mujeres han venido acompañadas de luchas titánicas contra la corriente machista de su época y eso es un hecho, no una apreciación. 
A medida que pasa el tiempo, he encontrado más chefs mujeres a quienes admiro y con quienes me identifico y hasta ahora no he parado. Mi primer referente profesional fue Martha Crespo, fundadora de la Escuela de los Chefs en Guayaquil, quien me animó desde los 15 años a perseguir esta carrera. La recuerdo y aún me sorprende su audacia, la considero una adelantada a su época ya que en ese tiempo no había una “Martha Crespo” en el Ecuador que la inspire a ella, como ella hizo conmigo. Su lugar todavía sigue intacto en la escena culinaria nacional, y sí que hace falta. 

A pesar de que las mujeres hemos cocinado desde siempre, e históricamente se nos ha “delegado” ese oficio, uno creería que la cúpula de poder estaría conformada por mujeres y que las grandes referencias gastronómicas a quien los jóvenes cocineros admiran son figuras femeninas, pero la realidad es que la industria culinaria está dominada por hombres, a pesar de que cada vez es más equitativo el número de estudiantes mujeres inscritas en escuelas de gastronomía. El camino a la cima parece no estar hecho del mismo material para nosotras y somos percibidas como un “problema a solucionar” a la hora de contratarnos.
La crianza y cuidado de los hijos casi institucionalizada como labor 100% de la madre es también un obstáculo a la hora de querer materializar nuestros sueños, buscar trabajo o aspirar a un poco de libertad. 

Partiendo de nuestra escasa representación en “la cima” del campo profesional, las desigualdades se esparcen sobre todas las ramas de este oficio: menor cobertura de medios, menor acceso a inversionistas, salarios más bajos, las nominaciones y premios no nos llueven como a nuestros colegas varones y a esto hay que sumarle la posibilidad de algún abuso en el lugar de trabajo.  Un ejemplo puede ser que un compañero nos toque de más y diga que es bromita o que diga categóricamente que “no está acostumbrado a trabajar con mujeres” y que mejor lo cambien de área o la muevan a ella, como me sucedió a mi en mi primer trabajo. Tener la audacia de querer sobresalir o desenvolvernos en un mundo de varones tiene su precio.

Creo que el mundo no nos debe nada más que igualdad de oportunidades y es esa la lucha.  
Yo puedo contar mi experiencia reconociendo mis privilegios: he recibido educación, tengo acceso a información y estudios, no tengo hijos y se que mi familia no me desamparará en el caso de que pierda mi trabajo. Pero existen muchas sin mi suerte, que no podrán renunciar tan fácilmente a su lugar de trabajo si se encuentra algún día en situación de abuso; lo cual es cierto, le pasa a cualquier trabajador pobre, pero el ser mujer añade un componente extra de desventaja: independientemente de clase, raza y estatus creo que la mayoría de mujeres podemos estar de acuerdo que, si nos ponen a elegir, es preferible cruzar la calle por ese lado de la vereda que está libre de hombres. 

Quiero decir que nuestro día a día es más complejo y nos desenvolvemos en función de salvaguardar nuestra seguridad en la medida de nuestra posibilidades. Hay quienes tienen poco que elegir y por ende mayor probabilidad de un mal desenlace. Tener que cuidar las palabras, los movimientos o las miradas para no “confundir o provocar”, es algo que hacemos a diario. Las cocinas profesionales no son una excepción. Pensarán que es exageración ligar nuestro desempeño profesional con temas de abuso, pero es algo a lo que siempre estamos expuestas, y que hoy por fin estamos dispuestas a no callar. Desde Hollywood para abajo, todos caerán.  

Conformarnos con las sobras de los galardones es común en nuestro entorno. Este año, la reconocida chef francesa Dominique Crenn publicó en un post de Instagram su descontento con San Pellegrino, el sponsor oficial de la guía 50 mejores restaurantes del mundo, por haber incluido a unas cuantas mujeres versus más de 100 hombres para ser jueces y elegir el premio a mejor chef 2017, criticando de penosas sus “habilidades de liderazgo”. El año pasado, Crenn fue nombrada “mejor chef femenina“, lo cual puede parecer un gran premio y honor, hasta que te das cuenta de que su restaurante no aparece en el ránking principal (los 50 mejores). Entonces sabe a premio consuelo por decir lo menos o a “premio 51”; creo que el sólo hecho de que exista una categoría exclusiva femenina ya es ridículo en sí. Cocinar no son los juegos olímpicos, la creatividad no se mide con fuerza física.

Preguntarnos qué podemos hacer por nosotros mismos para convertirnos en seres más sensibles a las desgracias e injusticias del mundo es un gran paso. Mirar hacia adentro y entregarnos a la “reprogramación” de todo el bagaje de prejuicios machistas, racistas y homofóbicos s que nos han sido heredados, también. 

Quienes tienen el poder deben preparar el suelo para que este tipo de desigualdades no florezcan y logremos arrancar la mugre de raíz; no debería ser difícil para un jefe despedir a un acosador o parar a raya los chistes machistas y actitudes que subordinen a las mujeres de un establecimiento. Así vamos cambiando la industria poco a poco, un pescado recocido y salsa cortada a la vez.