La memoria del cuerpo

Por Micaela Ron


Deja que las palabras desaparezcan por un momento, cierra los ojos y recuerda. Permítete sentir la pesadilla una vez más, para poder contarla, para que no quede en la impunidad…
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Me puedo ver esa noche: 13 de mayo del 2017. Era mi despedida después de haber vivido dos meses en Buenos Aires, una fiesta en la casa de mis amigos. Nunca pensé que, en una noche tan linda, en un lugar tan seguro, rodeada de gente querida, pudiera ocurrir lo que ocurrió. 
La noche empezó entre vinos y risas y yo, sin tener que dar explicaciones, bebí de más. Estábamos entre amigos ¿qué era lo peor que podía pasar? Es aquí en donde llegas a esta carta Joaquín. Contigo nos habíamos besado durante mi estadía en Argentina, nunca había pasado algo más porque siempre te dejé claro que NO quería tener relaciones sexuales contigo. Quería que mi primera relación sexual fuera especial y a pesar de tu insistencia, yo siempre me negué. Aquella noche, estando ebria hasta el punto en que casi no podía mantenerme en pie, y tú mil veces más sobrio que yo, fuimos a tu habitación. Y después todo es oscuridad, a excepción del recuerdo que tengo de, en medio del mareo y la confusión del alcohol, intentar quitar tu cuerpo de encima mío, y empujarte con la poca fuerza que tenía. 
Al día siguiente me levanté en la cama de mi amiga. Me sentía extraña, y preocupada porque tenía recuerdos borrosos de la noche anterior. Ella me contó que después de que fuimos a tu habitación saliste y le dijiste que vaya a verme porque estaba muy ebria y “agresiva” (te empujé para que no me toques). Ella fue de inmediato y me encontró en la cama, INCONSCIENTE. Estaba vestida, así que pensó que nada había pasado. Igualmente cuando te preguntó si habíamos tenido sexo, le dijiste que obviamente no harías algo así conmigo en ese estado. Que “nobles” tus palabras Joaquín, y más “nobles” aun tus acciones, cuando al día siguiente al preguntarte si habías tenido relaciones sexuales conmigo me mentiste diciendo que NADA había pasado, que apenas me puse mal fuiste a buscar a mi amiga. 
Te creí. Te creí porque eras mi amigo, era inconcebible pensar que en la noche de mi despedida, con todos nuestros amigos en la casa, te hubieras aprovechado de mi estado de ebriedad para abusar de mi. Inconcebible que después de hacerlo me hayas vestido, para aparentar que nada pasó, hayas salido muy tranquilo de tu habitación y le hayas dicho a mi amiga “ayúdale está muy ebria”, que al día siguiente cuando te pedí que me dijeras si tuvimos relaciones sexuales, me hayas jurado que no pasó nada. Y sin embargo, pasó. ¿Por qué me ocultarías, a mí y a todos nuestros amigos en común, lo que ocurrió esa noche? La respuesta es simple, lo que pasó esa noche fue que viste a la chica que “no te había aflojado” por dos meses, ebria hasta la inconsciencia, sola, y totalmente vulnerable en tu habitación y sin un mínimo respeto por mí integridad y mi cuerpo, abusaste de mí. Y durante un año lo pudiste ocultar.
Yo regresé a Ecuador con una sensación muy fea en mi interior. Sentía mucho miedo, inseguridad, y una ansiedad extraña al estar compartiendo con hombres. Ahí estaba, muy dentro la memoria de mi cuerpo. Mi cuerpo que cuando afirmabas que no te habías aprovechado de mí, se moría de ganas de gritar que sí lo hiciste, de llorar y maldecir por cómo fue invadido y violentado por tí. 
En octubre del 2017, ya en Ecuador, me enteré de lo que en verdad sucedió esa noche, por un amigo tuyo que mencionó un mensaje en el que tú le contabas que tuvimos sexo, pero que yo “me quedé dormida” en el proceso. Decidí confrontarte y preguntarte las cosas nuevamente. En febrero de este año, cuando te volví a ver en Buenos Aires, lo hice y tu respuesta me dejó fría: “en verdad sí cogimos, pero fue solo un ratito, no tiene importancia”. Lloré y te pregunté por qué me habías mentido, una vez más tu respuesta me dejó fría: “no fue un buen polvo, no me pareció relevante contarte”. 
Después vinieron innumerables y repudiables intentos de justificar tus acciones, y salvar tu imagen, diciendo cosas como “Sé que Micaela no quería al 100% tener sexo conmigo, pero son cosas que pasan”, “Micaela tiene que asumir su responsabilidad, ella me provocaba” o “Mejor no hacer un revuelo de este pequeño malentendido, sería una lástima que la gente se entere”. Entre muchas cosas más, de las cuales tengo registros ya que están en mensajes que tú enviaste a mis familiares y amigas.
No puedo creer cómo me mentiste por un año, y cómo, más allá de la mentira, fuiste capaz de aprovecharte de mi estado de vulnerabilidad esa noche y violarme. El dolor es profundo.
Esto ha sido algo que, de un fuerte golpe, me abrió los ojos a la forma en la que por tanto tiempo este tipo de hechos han sido normalizados y justificados de mil maneras por esta sociedad machista. Me he encontrado en innumerables ocasiones hablando con amigas y conocidas sobre cómo ellas también fueron abusadas, cuando tenían 5, 12, 16, 20 años; y sobre cómo les duele haberse quedado calladas por el miedo a ser juzgadas porque: “habían tomado de más”, “se portaron coquetas” o incluso porque la persona que había abusado de ellas era un conocido. 
Al escribir esta carta no siento sólo mi voz, siento la voz de muchas mujeres que han pasado por esto, abuelas, madres e hijas. Siento que el “No callamos más” sale de lo más profundo de nuestros corazones, que estas cosas no volverán a quedar en la impunidad, que si tocan a una nos tocan a todas. Y más importante que nada, siento que estamos juntas y desde el amor y el respeto entre hombres y mujeres, estas heridas podrán sanar y estas violencias no volverán a repetirse.