Female is the new black (pero no debería serlo)

Por Alejandra Coral Mantilla (@alejandracorman)

Orange is the new black es una de las series más destacadas de Netflix. La serie utilizó la fórmula mágica del éxito: mujeres. Si a esas mujeres les añadimos una dosis de lesbianismo, racismo, empoderamiento, religión, aborto, violación, relaciones amorosas, abuso de poder, variadas clases sociales; y todo junto en una cárcel, ¡BOOM! No hay forma de que salga mal. Sin embargo, aunque soy una fiel seguidora de la serie, es innegable que —la mayor parte del tiempo— es un producto acaramelado; pese a estar basada en la historia real de Piper Kerman, la mujer que escribió una autobiografía con el mismo nombre (Orange is the new black: My Year In A Women’s Prison, 2010) y quien es interpretada por Taylor Schilling en la serie. En determinado punto, el show te hace sentir que esa cárcel es como una versión alterna del clásico high school americano.

Uno de los desperdicios de la serie es la relación amorosa heterosexual que tenía la protagonista al ser encarcelada. Ese tema, esa ruptura, pasa casi sin pena ni gloria. El personaje masculino, Larry Bloom —interpretado por Jason Biggs— que da vida al novio de la protagonista Piper Chapman es un mero adorno. De hecho, todos los personajes secundarios masculinos que aparecen en la serie están dibujados de manera torpe: los guardias son tontos, el consejero es un perdedor, el hermano de la protagonista es un fracasado. (¿Quizás con la intención de resaltar o contrastar a las mujeres, protagonistas, como las fuertes de la historia?) Ninguno tiene una función profunda, todos se quedan en la superficie y sirven, básicamente, para estorbar, molestar o incomodar a las mujeres. Lo irónico —¿y divertido?— del asunto es que esta receta ha sido utilizada por años, pero al revés.

Las mujeres, generalmente han sido (y son aún) en el cine y la televisión, personajes secundarios no sólo como una categoría actoral; sino en sus funciones. La pregunta entonces es: ¿queremos dar la vuelta a la tortilla o que no exista tortilla para voltear? Como espectadora, y como guionista, me encontré un tanto molesta viendo a estos personajes masculinos actuar de forma tibia. Pienso: es normal que existan personajes así, como en la vida. Sí, los hay. ¿Pero todos los hombres deben ser así en esta serie? ¿Todos? Lastimosamente, este problema de construcción de personajes no sólo afecta a los hombres. Las mujeres (casi todas) son representadas de manera simple, repetitiva y estereotipada. Es una serie gringa, así que escapar de los estereotipos parecería ser un reto. Pero agradezco que no sea una serie más al estilo Sex & The City o Desperate Housewives, donde el centro de su vida, problemas y alegrías es el hombre y el hogar. En OITNB, las mujeres (casi) no hablan de hombres como ‘tema’. Sus problemas son otros. Generalmente son ellas mismas, sus anhelos, su sexualidad, su moral. La diversidad (de clase social, de raza, de cultura) de los personajes hace que pensemos en lo que significa ser mujer; y no hay una sola forma de serlo, sino tantas como las circunstancias lo permitan. Y precisamente esa diversidad, esa belleza humana de las protagonistas, hacen que OITNB sea una serie imprescindible. Aunque no es revolucionaria, sí es rupturista en muchos aspectos. El concepto de girl power se siente en cada capítulo: han hecho huelgas juntas, han hecho fiestas, han hecho negocios. Allí están solas; y pese a las diferencias, cuando tienen que unirse para protestar por alguna injusticia o maltrato en la cárcel, lo hacen. Pero la serie también nos recuerda que ser mujer es difícil aún en un mundo en donde —prácticamente— no existen hombres.

Female is the new black, sí. Pero no debería serlo. ¿Por qué? Porque ya es momento de que lo femenino —y lo feminista— deje de ser una tendencia, una lucha, un esfuerzo. Que la existencia de una serie como OITNB deje de ser una novedad y se vuelva algo regular, recurrente, habitual, ‘normal’. Entonces ahí, y sólo ahí, podremos ser mujeres sin tener que llevar una etiqueta.