El Viaje

Por Silvia Buendía

¿Dónde y cuándo empieza una ese viaje que la transforma en feminista? En mi caso, yo fui feminista desde chiquita. No existe una época de mi vida en la que no hubiera estado segura de que las mujeres teníamos exactamente los mismos derechos que los hombres. Será porque mi papá era un machista discreto y nunca pudo doblegar al huracán que era mi madre. A mí me crió una mujer de carácter fuerte, súper inteligente, de lengua rápida y temible.

Mi memoria de elefanta me recuerda desde antes de entrar al kínder; habré tenido 3 años y ya era una niña valiente, gritona y extrovertida. La antítesis de mi hermano mayor que era tímido. Mi papá intentaba por todos los medios que él fuera tan lanzado como yo y fracasaba aparatosamente.

Cuando todavía yo no sabía leer ya me encantaban los libros porque mi mamá se la pasaba leyendo y cada día nos contaba historias maravillosas. Ella me habló de Aurora Dupin quien tuvo que cambiar su nombre a George Sand para publicar sus libros. Que se vestía como hombre para alternar con poetas y músicos. Que invitaba a sus amigos artistas a su casa de Nohant y se enamoraba de los más débiles. Yo era –y sigo siendo- fanática de la mitología greco-romana y de la literatura. Mi sueño era vivir en un pueblo de amazonas, de mujeres guerreras y autosuficientes. Y tener todos los libros del mundo para leerlos.

A los 14 años en clase de debate me tocó estar en el equipo que debía defender el derecho de la mujer a elegir un aborto. Me leí todo sobre el tema, en especial el caso francés, Simone Veil, su discurso ante la Asamblea Nacional. Como mi familia no era religiosa y en mi casa no se manejaban conceptos como el pecado, el sacrificio o la culpa; cuando hablé con mi mamá sobre este tema me dijo que nadie, ni el Estado, ni la sociedad, ni ningún dios podía decirle a una mujer qué hacer en esas circunstancias. Algo de lo que yo ya estaba convencida.

Al día siguiente me lucí en el debate. Al final de la clase mi profesora me felicitó y me comentó que hasta parecía que yo de verdad era partidaria de esta postura. Le dije que sí, que lo era. Ella se descompuso. Dijo que yo la había decepcionado, pero yo seguí en mis trece argumentado en ese sentido. Ese día decidí que siempre debatiría desde el mejor conocimiento informado y que si estaba convencida de mis ideas, jamás daría mi brazo a torcer por presión.

Muchos años y muchas lecturas han pasado luego de este episodio. En esta sociedad desde la que escribo, ser feminista todavía es complicado. No falta el idiota que usa la palabra feminazi para ofenderte por el grave atrevimiento de buscar la igualdad entre hombres y mujeres.

He transitado por un complejo proceso de aprendizaje que me ha hecho evolucionar. Hoy estoy consciente de que el feminismo es un concepto en construcción, que va mutando, que no es rígido. Ni siquiera es el feminismo, son los feminismos. También tengo claro que no existe la mujer, sino muchas mujeres. Mujeres diferentes entre sí, con necesidades y circunstancias diversas. Sé que hombres y mujeres somos distintos, pero que debemos tener acceso al ejercicio de los mismos derechos. Estoy convencida de que saber cocinar no es un conocimiento preinstalado en la vagina, como dice Chimamanda Adichie. Que el lenguaje es depositario de nuestros prejuicios, creencias y presunciones; y que por lo tanto debemos construir un lenguaje menos sexista. Y sostengo que en la vida deberíamos buscar siempre el placer en todo.

Visibilizar otras realidades que desafían al sistema es un deporte de alto riesgo en este país. Sin embargo, considero una urgencia moral ser fiel a mis principios y seguir adelante con mis luchas.