¿Qué significa declararse feminista?

Por Nessa Terán

Desde hace años me persigue esa pregunta, y todavía no consigo responderla. Creo que para cada mujer es distinto y esta edición de Zoila lo demuestra. Empecé a recorrer el camino del feminismo hace un par de años, al principio con cautela, como quien descubre un territorio nuevo pero aún no sabe si es habitable, seguro. Recuerdo que el primer texto feminista que leí fue Todos deberíamos ser feministas, de Chimanmanda Ngozi Adichie. Ese libro fue mi gateway drug. Luego leí todo lo que pude al respecto, con sed y avidez; como si estuviera recuperando todo el tiempo perdido, enfrascándome en textos de bell hooks y Simone de Beauvoir, leyendo a Wolf, a Butler, a Friedan. 

Crecí escuchando a las Spice Girls y su pop vestido de ‘girl power‘. Durante mi adolescencia, leía la revista Cosmopolitan todos los meses y mi idea de empoderamiento era saber cómo gustarle a los chicos y convetirme en la más popular entre mis amigas. La palabra feminismo sonaba arcaica, casi risible, algo viejo pero sobre todo innecesario. Crecí rodeada de hermanas mujeres, y jamás hubo una diferencia marcada en cómo fuimos criadas. Crecí pensando que el mundo era mío, y que nada podía detenerme, a pesar de que en retrospectiva ya habían varios indicios de que, por ser mujer, el mundo iba a exigir más de mi y recriminar más profundamente mis errores. En esa época, mi idea de una feminista era una mujer enojada, amargada, aburrida, quejumbrosa y soltera. 

Me tomó más de veinte años y dos mudanzas de país re-descubrir y re-aprender qué significa el feminismo y por qué es un tema urgente hasta ahora. Sobre todo en un país como Ecuador, donde la situación actual de violencia contra la mujer exige a gritos que tengamos un debate profundo y claro sobre cómo tratamos a las mujeres, cómo negamos sus derechos y cómo controlamos sus cuerpos. 

Me tomó aún más tiempo darme cuenta que el feminismo no sirve únicamente para mejorar la condición de vida de las mujeres, si no también la de los hombres. La masculinidad, tal como está concebida hoy, es un mandato despiadado. El feminismo implica dinamitar también esas estructuras, generar equidad en todo sentido, para todas las personas. Es una lucha que se hermana con todas las otras luchas por los derechos de grupos marginalizados y oprimidos. Y debe ser interseccional y global, de lo contrario no sirve para nada.

A veces soy una pésima feminista. Me gusta el hip hop con sus letras misóginas y disfruto de ver reality shows como The Bachelorette. Amo a Barney Stinson de How I Met your Mother. Me agota explicar a la gente qué es y para qué es el feminismo. Tres veces por semana decido que quiero rendirme y dejar de hablar del tema para siempre. Sigo aprendiendo a diario, me sigo equivocando; a veces me meto en batallas que no vale la pena pelear. Tengo que recalibrar a diario, recordar que estamos tratando de cambiar estructuras poderosas, y esto va a requerir muchos años, mucha paciencia. Pero luego pienso en mis hermanas más pequeñas, Luciana y Isabel, y el mundo que quiero que habiten. Y vuelve ese ímpetu con todas las fuerzas.  Y es que el feminismo es un viaje de ida, de esto no se vuelve.