Diario de aprehensiones: Ciencia de objeto único

Por Daniela Alcívar


Domingo, 5 de febrero de 2017

Desde hace varios años me pregunto por la naturaleza de la influencia que las imágenes tienen en mi sistema de valores estéticos y éticos, en mi trabajo con la escritura y en la textura misma de los días que se acumulan con velocidades variables, entre la lentitud que simula un silencio tedioso de siesta y la vertiginosidad de las vísperas del año nuevo en que una se pregunta cómo fue que llegó aquí, cuándo pasó todo esto.

Pienso en esto porque no puedo desconocer el hecho de que he iniciado el proyecto de escribir un libro de ensayos sobre imágenes (Ciencia de objeto único es el nombre con el que lo imagino) en un momento en que ya, hace un buen rato, es tendencia (y casi deontología) el hecho de que la crítica literaria latinoamericana se aboque al trabajo con películas, cuadros, obras de teatro y otros productos (audio)visuales en nombre de un fin de los límites de la literatura. No puedo desconocer el hecho contextual –pero sí puedo imaginar fuentes menos culturales, más íntimas, que acompañen (que aviven, que ambigüen) las modas críticas que a todos nos tocan para intentar extraer al menos por un momento a mi proyecto (¿cómo trabajar si no es desde el deseo de singularidad?) de una corriente heterogénea, a veces cansona, a veces potente, y esperar que brille en él algo parecido al recuerdo.

Tengo la impresión de haber sido especialmente sensible, desde muy joven, a la potencia indecible de las imágenes, sobre todo las imágenes geográficas. Cuando dejé Guayaquil, mi ciudad natal, para vivir en Quito, tenía nueve años. Había dejado atrás –aunque yo no entendía, en rigor, nada de lo que me estaba pasando– un espacio caótico, inseguro, precario, y venía a encontrarme con un paisaje absolutamente inédito que me conmocionó. Mi papá (él es mi papá) nos había conocido a mí y a mi hermana poco tiempo antes y, empujado por quién sabe qué extraño amor, nos invitó a las dos y a mi madre a una casa en la cima de una pequeña loma, o menos, una modesta elevación en medio de un valle rodeado de montañas. Desde ahí podía verse una cordillera azul y un río que corría abajo, dividiendo dos grupos de casas.

Fue ese el momento –el cambio de ciudad– en que mis recuerdos empezaron a tomar un orden. La rabiosa mezcla de imágenes anteriores a ese punto de quiebre que fue la mudanza a Quito pululan, fulguran y serpentean en mi cabeza sin orden ni propósito: de ahí también el temor que les tengo, la fragmentariedad que se me impone cuando intento acercarme a esas imágenes lacerantes o amenazadoras.

El mayor de los impactos con el viaje a Quito, tal como lo recuerdo, fue, pues, el paisaje. Fue auténticamente un impacto visual. Sentí que pasé del amarillo al azul. De la planicie a la montaña. Del aire húmedo a la transparencia fría de la altura. Mi papá me regaló una bicicleta que usé hasta el cansancio para recorrer los alrededores del conjunto donde estaba mi casa: iba a mi nueva escuela por las tardes para observar sus piscinas azules y vacías de gente a esa hora del día, buscaba nuevos parajes, encontraba parques abandonados, caminos de piedra, espacios propicios para el extravío. Me sentía dueña como nunca antes de un paisaje desconocido. Me sentía, también, siempre al borde de ser devorada por él, tan grande era en relación con mi cuerpo en bicicleta. El carácter enigmático de ese paisaje, lo amenazador de la soledad que me envolvía en esas exploraciones vespertinas, pienso ahora, propició en mí un deseo de aprehender lo que es inasible: quería capturar un paisaje o, más precisamente, sus condiciones específicas en diferentes momentos: el color de la atmósfera, la temperatura del aire, la naturaleza indescifrable de la luz del sol pegando por última vez sobre las piedras antes de ocultarse.

Todo esto tan simple yo lo vivía anonadada, y más abismada aún por el hecho de que no tenía ninguna herramienta del pensamiento para articular ese deseo que me recorría el cuerpo con un singular erotismo melancólico. Para ese momento la única certeza consistía en que algo había quedado atrás, pero no sabía bien qué: sí la precariedad económica, la inconstante inseguridad, el miedo a ver a mi padre (biológico) borracho queriendo darme explicaciones lacrimosas a través de alguna ventana. Sí. Pero había algo más, que sigo sin poder definir, que quedó ahí, en Guayaquil, cuando me fui a Quito. O quizá sería mejor decir, por amor a lo por-venir, que algo había llegado: la melancolía infantil, poderosa por lo ingenua, fue la consecuencia de un acontecimiento tan modesto como definitivo, apenas la formación de una sensibilidad estética o el germen de un deseo paisajístico que ha marcado el simple devenir de una crítica literaria inclinada hacia el trabajo sobre los paisajes en la literatura.  

Pienso en Ciencia de objeto único y en el impulso (vanidoso e inevitable) de desligarme de la crítica literaria que devino, un poco noveleramente, crítica de arte. Pienso que debo poner a raya mi deseo de diferenciarme, porque ser extraordinario es un deseo que siempre me ha parecido un tanto patético, porque querer ser extraordinario es un deseo que solo puede llevar al estereotipo. Porque, bien mirado el conjunto de lo que he construido como mi vida, es forzoso que admita que la alegría de lo único, para mí, ha fulgurado siempre en lo ordinario, en el misterio de lo cotidiano, de lo anodino, de lo común: el amor cuando se ha manifestado en su intensa caducidad, con la forma de una historia mil veces repetida en el mundo pero siempre irrepetible, con la potencia inagotable del recomienzo, para inquietar el presente e iluminarlo con una luz extraña, de indescifrable textura, es quizá el acontecimiento más extraordinario de cualquier vida, y sin embargo, creo, solo es auténtico cuando ocurre en esa zona ajena a cualquier sujeto que no se deja aprehender por el lenguaje, en la extraña impersonalidad de lo íntimo, lejos de cualquier rimbombancia.

Entonces me reconcilio con mi proyecto de ensayos sobre imágenes, con las modestas confesiones que me imagino haciéndole a ese libro: simples y corrientes confesiones de amores, de temores, de recuerdos. ¿Se escribe, en realidad, para algo más que para esto?