Desarma y sangra

Por Carla Vera

Si hay una cosa fundamental que he aprendido estos dos últimos años que he luchado contra una ansiedad intermitente es que no hay nada de malo en romperse. Romper el silencio. Romper a llorar donde y cuando me dé la gana. Romper mi máscara. Romper mis viejas ideas de qué es “ser fuerte”. Romperme para armarme de nuevo.

Todo empezó en la ciudad más pacífica y apropiada para tener un ataque de ansiedad en todo el universo: Nueva York. Era verano de 2014. En Grand Central todo el mundo se derretía del calor, pero el tren en el que iba a viajar parecía un congelador. Pocos minutos después de que comenzara a andar, sentí un mareo, seguido de palpitaciones aceleradas, respiraciòn agitada y pensamientos terribles. Quien ha tenido un ataque de pánico sabe que es una sensación extremadamente angustiante. Y el que no, pues no se pierde de nada.

No entendía qué me estaba pasando físicamente. No tenía teléfono, no podía comunicarme con nadie fuera de este tren. Me esperaba al menos una hora más de viaje en el congelador y las ganas de huir me invadían en cada parada. Miraba, uno a uno, a cada ejecutivo de corbata que viajaba conmigo, en una búsqueda inútil por algún signo de empatía, una sonrisa. Desesperada, e incapaz de pedir ayuda, me encerré en el baño. “Si esto fuera un ataque al corazón ya estaría muerta. Voy a estar bien“, me repetía a mí misma, frente al espejo. Exhalé. Inhalé. Muchas veces. Mejoré. Regresé a mi asiento y me quedé dormida sobre la bolsa de ropa sucia que llevaba conmigo.

Al llegar a casa y googlear los síntomas (la solución menos recomendable para cualquier situación) me encontré con una descripción detalle a detalle lo que me había sucedido. Traté de no darle mucha importancia y me quedé dormida. Los días siguientes, me envolvió el temor de subirme al tren, de que vuelva a paralizarme la angustia. Prefería caminar o ir en bicicleta y evitaba a toda costa los lugares con muchísima gente (en Nueva York, una hazaña compleja). Viví esa angustia en silencio, estaba en negación.


Dos meses después llegué a Quito y decidí visitar a mi homeópata que me confirmó lo que ya sabía: ataque de pánico, ansiedad. En ese momento se abrió un nuevo mundo para mí. Uno que hasta entonces no había visitado: el mundo interno.

Vivir con ansiedad puede ser una mierda, pero también es una gran oportunidad para conocerse. Para renunciar a eso de querer agradar al resto y hacer las cosas por uno. Cuando empecé a ir a terapia entendí que aún hay que erradicar el estigma de que las enfermedades mentales o emocionales son signos de debilidad. Buscar ayuda profesional no nos vuelve locos o incapaces, es un gesto de amor propio. Y encontrar espacios, gente y cosas que nos hagan bien es súper necesario.

Pronto me convertí en una suerte de gurú de los ataques de pánico y aprendí tips para atenuarlos. Ell más importante: no huyas, vívelo. Se aplica a toda situación incómoda de la vida. Hay que enfrentarla aunque nos dé muchísimo miedo. Hay que tenerse paciencia. Hay que amarse. Hay que perder el miedo –también- a acercarse a la gente, a los amigos, decir “oye, sabes que esto me está pasando, no te tomes personal si cancelo planes o cosas, porque me estoy sanando”.


Perder el miedo a la vulnerabilidad es una de las demostraciones de amor propio más importantes que he hecho. Me acuerdo que cuando todo empezó me encerré en mi propio estigma hacia lo que me estaba pasando. Siempre fui la chistosa, fuerte y consejera de mis amigos. Siempre fui la que estaba ahí para ellos, así que cuando entré a esa cueva que tanto temía para encontrar el tesoro, como dijo Joseph Campbell, no hubo muchos que se acercaron a preguntar: “oye, ¿y tú cómo estás?”. Viví mucho tiempo mi dolor en soledad. Y sí, la soledad es necesaria pero nunca está mal acercarse a la gente. Es preciso sacudirse la idea de que cuando nos quebramos nadie nos va a amar. Nuestras cicatrices son hermosas y nos hacen más humanos. Lo que sea que estemos viviendo no nos hace menos merecedores de amor, o de atención porque, (spoiler alert), nadie –nunca- es 100% fuerte t o d o el tiempo.

Cuando decidí hablar públicamente de lo que me estaba pasando se despertó la magia. Más y más personas me escribieron para contarme que ellas también estaban pasando o pasaron por algo similar. Las inspiré a buscarse a sí mismas y a ayudarse. Fui, de alguna u otra manera, la persona que yo necesité cuando todo comenzó. Cuando una persona muestra sus “debilidades”, estas se convierten en fortalezas. Hablar de nuestras experiencias pueden cambiar una manera de pensar y encender una luz. Es una manera de acompañarse en el camino -hermoso, a veces turbulento- que es la vida.