Confieso que cocino

Por Pilar Woloszyn


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Confieso que mi amor por la cocina ha estado siempre. Comencé a cocinar, según el registro de mis primeros recuerdos, en una playa.  Esta se unía a través de enormes, frondosos y olorosos pinos con el mar, azul y frío. Entre estos dos hermosos paisajes, mi familia y yo pasábamos algunas vacaciones. Allí cocinaba con lo que encontraba en el gran jardín, siempre con los frondosos pinos de fondo, con ese olor que me entraba en los pulmones como el “mentholatum” de invierno.  Hacía mis mejunjes con cactus, geranios y otras especies costeras e invitaba a mi familia a la mesa improvisada entre bancas de piedra en el jardín comunal. La naturaleza es una fuerte inspiración cuando no te dejan tomar la comida de la cocina. Entonces a cada paso, bajando de la casa a la playa, registraba  con la mirada los jardines y cuanto matorral se me cruzara, a la vez que los iba asociando con vegetales y frutas. Y al final de la tarde, con todo el sol encima de la piel, desandaba el camino arrancando todo lo necesario, para lanzarlo a las ollitas.

Ese es un recuerdo recurrente que viene con perfume incluido, el de los frondosos pinos. 
Otro recuerdo, un poco más lejano, en otra playa. Yo bajo la gran mesa de la cocina de mi abuela paterna y ella estirando la masa de su pastel estrella.

Ahora nos alejamos de la playa y avanzamos por un serpenteante camino de tierra que sube y sube por las montañas, bordeando un acantilado y abajo un río, que se pierde a veces en el follaje. Los olores son parte importante de mis recuerdos y el olor de ese trayecto, lo tengo tan presente: una mezcla de tierra con galleta María, junto a un ligero mareo. 
Ahora estoy en la casa de la montaña. Feliz, inmensamente feliz, porque en esta cocina puedo cocinar de verdad. 

Esos recuerdos resumen un poco mi amor por la cocina. Un montón de situaciones me llevarán por ese camino. Y por ahí siempre estaré preguntando, entrando a las cocinas, anotando y grabando todo en mi memoria. Por una época trabajé cocinando desde mi cocina para muchas personas y también yendo a algunas casas a preparar platos para reuniones, primeras comuniones, matrimonios, etc. Sólo puedo decir que de aquello aprendí un montón. Fue como una escuela sin más profesores que mi curiosidad y atrevimiento, ya que a veces podía describir un plato que jamás había hecho, cuando alguien llamaba a pedirme un menú. Afortunadamente salí bien librada siempre.

En febrero de 2011 llegamos a vivir a Cumbayá (un pequeño suburbio a las afueras de Quito, Ecuador). Mis hijos habían crecido. Y un día de 2012 empiezo a darle forma a algo que desde mi infancia había querido hacer: contar lo lindo que era pasar las vacaciones donde los abuelos, lo maravilloso que cocinaba mi abuela, lo hábil que era en la pesca, en la caza, en el bordado, en su huerto, y lo soñado que era ese mundo en el que todos querían entrar para sentarse a su mesa. Siempre me repetía:  "Algún día contaré que tengo a la abuelita de los cuentos". 

Bromeando les digo a mis tres hijos: voy a tener un cuarto hijo. Y en agosto de 2012 nace vía Blogspot, con el nombre "Confieso que Cocino". No podía estar mas chocha.  A los pocos meses me otorgan un espacio en la revista Sambo del diario El Universo y el blog se va afianzando. A través de internet conozco a mujeres de diferentes países con otros blogs gastronómicos y me invitan a formar parte de un grupo de Facebook de blogueras latinas. Luego a otro grupo de blogueras chilenas. Con algunas nos hemos encontrado en Quito, en Seattle, en Nueva York, en Santiago de Chile y acá las espero, en Guayaquil.

El resto de la historia transcurre entre mis libros, escritorio, platos, cubiertos, fondos, la cocina y donde entre el mejor rayo de luz para tomar las fotos. Haciendo  recetas para mi blog o para las empresas con las que trabajo. Este cuarto hijo ha venido con su pan debajo del brazo y me ayuda, al igual que los otros, a ser mejor cada día.