Comer Historias

Por Daniela Rossi


 The Merchant's Wife - Boris Kustodiev

The Merchant's Wife - Boris Kustodiev

Soy mucho más apegada al queso que al dulce de leche, siempre dispuesta a las harinas, volcada a las ensaladas frescas por sobre las verduras cocidas, más cercana a los pescados y las carnes rojas que al pollo, amante del maní y la pimienta negra, encantada de alzar una copa de vino o un vaso de cerveza para brindar. Aprovecho el tiempo entre las góndolas de un supermercado, la charla con la verdulera, la difícil elección frente a los frascos de la herboristería. Disfruto de cocinar y comer. Compartir la mesa es siempre especial. Es una rutina alimentaria pero también es encuentro, tradición, diversión, ocio. 

En el momento en el que el tenedor pincha un bocado y lo lleva hacia mi boca, además de alimento me está acercando una historia. Pienso en eso muchas de las veces que me siento a la mesa. Si me pasara todo el tiempo sería algo apabullante, creo, pero así se siente bien, en un equilibrio entre comer y pensar eso que como.

Cuando era chica, en el club, competíamos por quién arrancaba mayor cantidad de moras del árbol. Después de contarlas y declarar un ganador, las comíamos. Yo venía entrenada con otra fruta: cada año, cuando llegaba la temporada, la nonna Lela me entregaba un baldecito para que yo recogiera las zarzamoras, un manjar cosechado con mis propias manos en su jardín. Tomo mate desde muy chiquita: una foto me muestra sentada en una reposera, en la playa, bebiéndolo al sol. Rondando alrededor de la parrilla me llevaba los primeros trocitos de carne asada y mientras ayudaba a la nonna Rina a hacer los ñoquis siempre probaba alguno todavía crudo. Muchos platos para mí están atados a un recuerdo. Pero también me pasa al revés. Disfruto de encontrar los de los demás. Y comérmelos.

La profesión me ha llevado a que la mesa sea muchas veces mi escritorio, y un restaurante, la oficina. Escribo sobre comida. Busco historias en los platos que hacen otros. Están ahí. Y las cuento. Porque así como los comensales llegamos a un almuerzo con nuestro propio imaginario, quien cocina pone todo su bagaje en el plato que sirve. Las recetas que le preparaba su madre, los sabores que conoció en la adolescencia, el dulce que comía en la plaza, las hortalizas recién sacadas de la huerta casera, el plato inolvidable que probó en un viaje, la comida única que compartió con amigos. Los sabores tienen asociados una historia del pasado o de apenas unos días, unas horas. 

Los chapulines que me ofrecieron en Tulúm están ahí porque en México los insectos -escarabajos, hormigas, abejas- ya aparecían en las cocinas del pueblo prehispánico. Las pataniscas de bacalhau que comí en una fonda de Copacabana cruzaron el Atlántico desde Portugal. El cebiche atravesó más de dos mil años desde el quechua siwichi, pescado fresco, hasta este carrito callejero de Lima. Las empanadas que comemos en casa, con el repulgue redondeado y el relleno jugoso, tienen un origen árabe, una juventud española y una adultez americana. Con ingredientes y cocciones propias, nosotros las pensamos argentinas.

No busco forzar un relato, encontrarle al plato algo que no transmite. Se trata de mostrar lo que las cosas cuentan sin pose. Lo hacen porque lo llevan dentro.