Yo no odio a Skylar White: En defensa de las WAGs de la Tv

Por Marcela Ribadeneira

Amas al protagonista porque es víctima del sistema, porque es producto de la sociedad y de las circunstancias. Porque –a pesar de que la realidad lo tiene cercado–, se rehúsa a retroceder. Al contrario, cada vez se lanza más profundo y con menos consideración hacia quienes resulten heridos o afectados por sus acciones. Si no lo amas, al menos, deseas que todo le salga bien. Puede que haga cosas que encuentras repulsivas o con las que no estás de acuerdo, desde ver cómo se ahoga en su propio vómito la novia de su socio y amigo y no hacer nada para impedirlo, hasta pagar dos millones de dólares para que un mafioso irlandés se cargue a balazos a su papá o preparar un atentado suicida en el que él, junto al presidente del país y otros altos mandos, vuelen en pedazos. Amas a Walter White (Breaking Bad), a Ray Donovan (Ray Donovan), a Nicholas Brody (Homeland, hasta la tercera temporada, el resto es mierda) porque están bien escritos. Porque los guiones de esas series provocan que, como espectador, uno sienta empatía por estos antihéroes en colisión contra el mundo.

En El guión, Robert McKee describe cómo la presión es esencial para que los guionistas caractericen a un personaje. “El verdadero carácter se desvela a través de las opciones que elige cada ser humano bajo presión: cuanto mayor sea la presión, más profunda será la revelación y más adecuada resultará la elección que hagamos de la naturaleza esencial del personaje”. Este recurso es muy bien empleado en las series que mencioné (también en otras como The Sopranos). La construcción de esta dinámica es el motor de las historias. Goliat dejó de ser un gigante y se convirtió en el mundo, mientras David ya no es un virtuoso sino el epítome de la imperfección humana.

Los dramas y thrillers de Tv son la nueva épica. El asunto es que, en su mayoría y como pasa en las epopeyas, en estas series el desarrollo del carácter se reserva para los personajes masculinos. Sus parejas son marginales, son obstáculos. Skylar White, Abby Donovan y Jessica Brody son las moscas en la sopa de la trama. Pese a que sus motivaciones son coherentes, su dolor y sus problemas nunca llegan a importarle al espectador. La presión que se cierne sobre los protagonistas masculinos es palpable y se vuelve nuestra. La que ellas experimentan nunca es indagada. Y, si se la sugiere, se lo hace de un modo muy poco empático.

No quiero condenar esas series. En mayor o menor medida, todas me han atrapado. Pero sí me pregunto por qué en algo bien escrito, con caracterizaciones muy trabajadas (especialmente en el caso de Ray Donovan, que es una galería de personajes magistralmente construidos), la pareja del protagonista se reduce a un estorbo. ¿No es una elección narrativa muy fácil eso de convertirla en chivo expiatorio? ¿En el objeto donde se vierte el odio que, al tener tanta empatía hacia el protagonista, jamás podremos verter en él? ¿En personajes que no tienen el carisma o la profundidad que el resto? Yo creo que sí. Por eso celebro la existencia de series como Orphan Black, Forbrydelsen/The killing (la versión original danesa, no el horrendo remake gringo) y Prime Suspect (la serie británica de los 90 con Helen Mirren). Celebro a sus protagonistas: mujeres fuertes (no histéricas), mujeres que están cagadas de la cabeza como todos nosotros (no locas de mierda), mujeres con las que los guionistas nos permiten conectarnos y desear que triunfen (así sus metas sean reprochables), mujeres que son más que accesorios de la trama, mujeres que libran batallas épicas (contra sí mismas), mujeres que miran al mundo como personas completas, autónomas, y no como “parejas de”.

Y si celebro que existan estos personajes, no es para que se llene una cuota de género en la Tv; aunque está claro que las mujeres y las minorías todavía son subrepresentadas en las series televisivas. Es porque la buena ficción es capaz de dar lecturas sofisticadas acerca de nuestras realidades. Pero una ficción que extirpa la complejidad de los personajes femeninos de esas realidades —y los sustituye con estereotipos cómodos—, es una ficción miope.