The queer is not the queer (O el día que quise ser drag queen y no pude)

Por Rocío Carpio

Lentejuelas llenas de vestido, maquillaje como hipérbole de una feminidad pulida. Vestidos hiperrealistas, ceñidos, que no pretenden tornear un cuerpo femenino ni feminizado. Esos cuerpos rectos, sin cintura, sin pechos, ni caderas, pero moldeados a la fuerza por corsés y medias nylon, son cuerpos que delatan lo que son: un travestimiento que no busca mimetizarse con el ritual de lo femenino, pues tiene su propio ritual estético. No. Esto es otra cosa, aquí hay una clara intención de intuir el cuerpo masculinizado detrás del performance de lo femenino. Las hiper-mujeres que construyen las Drag Queen son mujeres todopoderosas y basan su poder en la precisa dualidad de los roles masculino/femenino superpuestos entre sí. Es el poder serlo todo en el plano de la representación, allí en donde los límites de la realidad se funden con la puesta en escena de los cuerpos que terminan convirtiéndose en un tercer sexo, desde la representación de aquella dualidad que deriva en una mística propia. Y supongo que, dentro de esos parámetros, el requisito para ser uno de ellos es la ambivalencia.

Hace diez años quise ser Drag Queen. Quería travestirme de la mujer hiperbolizada, y romper la propia dualidad de la construcción de mi feminidad.  Así que en una marcha del orgullo Gay me acerqué al número uno de las Drag  y le pregunté que si podía ser uno de ellos.

-Quiero ser una Drag Queen.

-No puedes serlo querida. Tú solo puedes ser un Drag King.

-¿Pero por qué no?

-Porque eres mujer.

-Pero yo no quiero ser un Drag King.

Lo último fue silencio y un gesto de “no se puede hacer nada”, levantando sus brazos y encogiéndose de hombros. Yo no quería ser Drag king, no me interesaba la hiperrealidad masculina sino la femenina. Lo que quería era hiperbolizar desde el histrionismo del travestimiento a la feminidad establecida, no a la masculinidad. Pero no me fue permitido. Porque en el mundo LGBTI la binaridad de los roles sigue siendo ley. Son identidades de género y sexuales que están casi en su totalidad enmarcadas en la dualidad masculino/femenino. No obstante, hay muchísimas posibilidades -tantas como individuos hay en el mundo- que se ubican entre las incontables grietas de esos roles impuestos. Se trata de la sexualidad de los intersticios. Allí en donde los arquetipos básicos de feminidad y masculinidad son deconstruidos desde la noción de que esa binaridad (que permea la dinámica de roles heteronormados a las prácticas de los grupos LGBTI) es una construcción social. Y dentro de ello, un performance imitativo, como diría la teórica feminista Judith Butler.  

“El travestismo no es una imitación de un género auténtico, sino que es la misma estructura imitativa que asume cualquier género. No hay género `masculino’ propio del varón, ni uno `femenino’ que pertenece a las mujeres; el género es consecuencia de un sistema coercitivo que se apropia de los valores culturales de los sexos.”.1

Intuitivamente entendiendo que ser mujer era ya una especie de travestismo, durante años  no me identifiqué con esa construcción social de la feminidad, así que me replegué hacia el mundo masculino a ver si ahí encontraba esa identificación que buscaba. No la encontré, obviamente. En esos años no supe explicar qué mismo era yo, pues los roles identitarios binarios impuestos no me satisfacían: no era ni una mujer tradicionalmente femenina, ni una marimacha. Me gustaban los hombres, sí, pero no la masculinidad tradicional sino otras identidades intersticiales, sutiles e indefinibles. Empiezo por esa época a entender que hay más formas de ser y construirse. Esa era la clave: el construirse. Descubro también que aquellas formas alternas o sexualidades periféricas no son anormales, quizás sí particulares, transgresoras y naturalmente disidentes. Simplemente son.

Me nace, entonces, una fascinación por las trasgresiones del cuerpo/identidad.  Y hallo al travestismo como la fuerza mayor de la puesta en escena de la ambivalencia de los roles. E incluso como un cuestionamiento a la camisa de fuerzas de esa binaridad: se podía ser ambas cosas a la vez, y al mismo tiempo transgredir los roles al ser la puesta en escena de ellos mismos y convertirlos en una tercera identidad indefinible. El performance del performance. Con los años intento heteronormarme quizás por una voluntad de facilitarme la vida: era complejo vivir en la gelatinosa esfera de la indefinición identitaria, o quizás, en la ruptura del molde y la interiorización de las prácticas individuales contra-culturales, nacidas instintivamente en mí.

Años más tarde llego a la Teoría Queer, de la que ya he hablado en todo este artículo y que puede resumirse en la idea de que la orientación y la identidad sexual o de género son una construcción social y por ello no existen roles sexuales primarios o biológicamente determinados, sino formas versátiles de desempeñar uno o varios roles. La teoría Queer rechaza las clasificaciones universalizantes tales como “homosexualidad”, “heterosexualidad”, “lo masculino”, “lo femenino”, pues hay una gama enorme e intermedia entre una categoría y otra, siendo que ninguna es más natural que otra.   

En un inicio lo queer fue una apropiación por parte de la comunidad gay de esta palabra originalmente ofensiva que significa “anormal” o “torcido”, la cual es la contraposición de la otra cara de la moneda: lo straight (recto). Entonces, se genera otra dualidad: lo recto y lo torcido. Lo normal y lo anómalo. La teoría queer plantea justamente lo contrario: todas las identidades son anómalas.

Antes de que la Academia absorbiera la palabra, esta sufrió una segunda transformación que agrupaba todas las formas de sexualidad alterna, hasta transformarse en un concepto que básicamente incluye las identidades y preferencias sexuales fuera de la heteronorma y la sexualidad binaria. Me explico: lo GLBTI está relacionado con una identidad masculina o femenina. Lo queer no. Lo queer no tiene que ver con que una persona no se sienta atraída por alguien del sexo opuesto o sienta que su identidad sexual es opuesta a la de su sexo biológico. Tiene que ver con la ruptura de esas identidades binarias.

Entre los límites de lo que es ser hombre o mujer, incluyendo la sexualidad, hay una gama de posibilidades intermedias, intersticiales, que no han sido tomadas en cuenta. Por lo tanto, como hombres o mujeres construidos culturalmente como tal, ya que no hay más alternativas nos tenemos que replegar hacia lo uno o lo otro. Incluso siendo GLBTI. Pero, por ejemplo, no todos los homosexuales tienen identidades femeninas y varios, sin embargo, tampoco se identifican con el arquetipo masculino tradicional. Entonces, hay un espacio límbico indescriptible. Y ese es precisamente el problema de las camisas de fuerza de las identidades sexuales y de género impuestas por la cultura: si no te identificas con ellas, pues no hay nada más.

No obstante, toda esta sexualidad de los intersticios no necesita ser definida porque se trata finalmente de soberanía individual. Soberanía de los cuerpos. Yo sería una mujer en el sentido entitario, pero no lo soy en el sentido identitario, aquel que es construido culturalmente: el arquetipo de la feminidad con sus estereotipos impuestos socialmente. Lo queer, finalmente, sería la posibilidad de la indefinición. Lo queer no es lo queer.

1. Carlos Fonseca Hernández, María Luisa Quintero Soto, La Teoría Queer: la de-construcción de las sexualidades periféricas, Sociológica (Méx.) vol.24 no.69 México ene./abr. 2009