Verse afuera, verse adentro (la importancia de la representación)

Por Carla Vera

 

Por Carla Vera

 Tener gente que habla, viste como tú, tiene tu tono de piel o un cuerpo con el que te puedes identificar en series, películas o revistas es más importante de lo que pensaba.

 Hace poco leí una historia acerca de una chica nacida en Estados Unidos que llevó a su padre mexicano, con acento mexicano, a ver la super exitosa Rogue One. Cuando él notó que uno de los protagonistas, interpretado por Diego Luna, no escondía su marcado acento se emocionó mucho. Ella contó la anécdota en redes sociales e inmediatamente se hizo viral. Recibió respuestas de los medios e incluso del propio Diego, que tuiteó emocionado al leerla.

 Esa emotiva y pequeña historia me hizo notar y repensar en la importancia de la representación. Yo sentí algo parecido cuando vi la serie GIRLS por primera vez. Me super enganché con los líos y dilemas de la protagonista, Hannah Horvath (Lena Dunham) y sentí que, por fin, una chica real contaba historias reales más allá de los estereotipos de belleza que estaba acostumbrada a ver… pero primero, un poco de contexto.

 Cuando tenía unos 9 o 10 años, todos los niños de mi colegio y yo estábamos obsesionados con Cebollitas, una serie argentina infantil en la que las chicas eran guapísimas y los chicos, unos bombones. Todos menos los gordos. Los gordos eran objetos de burla, bulleo y joda; el insulto cool era “gorda pedorra” o “gordo lechón”. Pronto, los niños del colegio empezaron a fastidiar a los que no éramos tan huesuditos como ellos con esas bellas palabras (ay, la niñez).

 Cuando tenía 12 años, todas mis amigas nos juntábamos en una casa elegida para mirar otra serie argentina llamada Rebelde Way. Bailábamos esas cancioncitas cursis y queríamos comprar toda la ropa de 47 Street (puperas, pantalones acampanadísimos, saquitos de colores pastel y plataformas kilométricas). Todas queríamos parecernos a Mia Colucci, una man guapísima, con cintura de avispa y unas tetas que me hacían dudar de la capacidad de crecer de las mías. Nadie quería parecerse a la gordita de la serie, de la que ni siquiera me acuerdo el nombre.

 Y así fui llegando a la adolescencia. Toda serie o grupo de moda me recordaban lo mismo: yo no era flaquísima, como ellos y ellas. Empecé a sentirme insegura y buscar mi felicidad en el lugar equivocado: afuera de mí, en un número en la balanza. Desde pequeña me sentí como la oveja caderona de la familia: diferente por no tener las piernas y los brazos flacos como los de mis hermanos y por crecer de una manera extraña y desproporcionada en mi pubertad. Mi peso fue algo con lo que no me reconcilié hasta mis veintes y no tener alguien que acolite a sacudir mis erróneas ideas en series, revistas o películas me incomodaba un montón.

Como recuento, toda serie o película que vi tenía personajes con cuerpos irreales. O un personaje que antes de ser feliz, encontrar el amor de su vida, el departamento soñado y éxito en su carrera fue gordo. Como Mónica, en Friends, cuyo “oscuro” pasado tenía que ver con sus kilos de más. O como Schmidt, de New Girl, que no tuvo éxito con las chicas y autoestima sana hasta que perdió muchísimo peso. Y eso por nombrar unos cuantos. Solo piénsenlo. Los personajes con sobrepeso generalmente son los de baja autoestima, o los que se escudan en el humor para ser aceptables socialmente, o los bulleados, o los que más problemas tienen. ¿Por qué?

 A los 23, después de un viaje a los Estados Unidos en el que me dediqué -entre otras cosas- a comer, una tía me sugirió que visite a un nutricionista. “No estás gorda pero puedes estar mejor. Tienes una cara bonita, te verías mejor si bajaras un poquito de peso” me dijo. Cansada de tantos comentarios parecidos o acerca de mi peso accedí y fui a donde un doctor que me mandó a dejar de comer casi todo, y como consecuencia, empecé a perder mucho peso. Al llegar a un número que él consideraba “ideal”,  y que me hacía ver “guapísima”, me di cuenta que esa tristeza e inseguridad que había arrastrado durante tantos años NADA tenía que ver con un número en la balanza, y tenía TODO que ver con cómo me sentía yo por dentro.

 Me di cuenta que había caído en la trampa de los medios, de la sociedad, de lo que yo mismo pensaba que era “lo normal”, “lo ideal”.

Me di cuenta que había tomado demasiado en cuenta los comentarios de los demás. Me di cuenta que si yo no me amaba y aceptaba tal cual era, no era importante si tenía o no el cuerpo perfecto; mi mirada iba a seguir siendo prejuiciosa y obsesionada si la búsqueda la hacía hacia afuera y no hacia adentro.

 Es aquí donde entra la serie GIRLS.

 Al crecer, no tuve muchas ídolos que tuvieran un cuerpo como el mío: pocas tetas y harta cadera. Me encerré en los errados estándares de belleza y me enredé en un sistema que te dice que te fajes, que adelgaces, que te quedes sin pelos y que cambies radicalmente para ser feliz.

La llegada de una serie en la que la protagonista tenía caderas voluptuosas, cintura pequeña y tetas rarísimas fue muy reconfortante para mí. Verme en Hannah me ayudó a reconciliarme con mis propias inseguridades, abrazarlas y hasta reírme de esas cositas que me hacen humana, real y hermosamente imperfecta.

 Hannah, interpretada por Lena Dunham, me ayudó a hablar abiertamente de mi ansiedad, de la dificultad que a veces tengo para acabar un texto, o de cómo ahora, por fin, hice las paces con mi cuerpo y me veo frente al espejo sin juicio y con muchísimo amor. Ahora voy a la playa y no me escondo, ¡soy libre! Y me vale mierda si alguien se ríe de mi bikini o me dice “pero es que no te veo gorda” pensando que es el mejor halago que me podrían hacer.

 Hannah puede ser un poco inmadura y dramática (como yo), come cuando está nerviosa, quiere escribir cosas que les mueva las tripas a los demás, a veces es un poco egocéntrica, exagerada, se viste como quiere y está cómoda en su propia piel. Vive su propia verdad y me ha enseñado que no todo siempre sale como uno quiere, así que hay que soltar el control.

 Lena Dunham es mi animal espiritual. Y es una capa porque creó una serie que refleja tan bien la realidad y me ayuda a ver mis miedos, taras y complejos con un toque cómico. Nada mejor que verse en un espejo decorado con mucha escarcha e identificarse con el caos interno desde el humor.

 Esta serie con altas dosis autobiográficas, que Dunham escribió, dirigió y protagonizó, ha puesto sobre la mesa temas como el feminismo, la homosexualidad, la salud mental, el acoso sexual no tan explícito, y hasta escondido bajo la carpeta del malentendido consentimiento (mírense el capítulo American Bitch, ahí me entenderán), el sexo, el peso, cómo son las relaciones reales: amistosas, sexuales y amorosas… Ha sido una inspiración para hablar de mis propios caminos hacia la aceptación y el que-me-importismo: en el peso y en la ansiedad. Me ha llevado a representar –también- a alguna otra chica que se esté sintiendo como yo. Ahora escribo, hablo, hago videitos acerca de cómo me empecé a amar a mí misma y de cómo he sanado la ansiedad que me paralizaba hasta hace poquito. Y me he encontrado con personas que me han dicho “oye, a mí me pasó lo mismo” u “oye, me inspiras”. Y eso se siente increíble.

Quién diría que una serie podría tener tanto impacto en una persona, me hecho más fuerte, sarcástica y sin vergüenza, he salido de mi jaula llamada “me importa mucho lo que piensen de mi cuerpo” fuertemente inspirada por Lena Dunham. Verle a la man rockear las escenas en las que sale desnuda sin esconderse ni incomodarse. Verle a la man ponerse crop tops y shorts y hacer lo que le dé la gana. Verle explorarse y enamorarse y sanarse en la serie. Verle y escucharle en redes sociales, mandando al carajo a los medios que se fijan siempre en si ha bajado o ha subido de peso. Verle romper estigmas acerca de las “enfermedades” mentales. Verle ser una mujer segura y desafiante a la que no le importa su celulitis o sus estrías es empoderador. Verle subir selfies sin maquillaje hablando de su endometriosis es emotivo. La man ha hecho de la honestidad brutal su sello.

 Quizás muchos llegamos a los veintes cargados de chips que nos pusimos en la adolescencia y en la niñez y empezamos a desaprender poco a poco: del peso, de la belleza, del machismo, de todo. Por eso pienso que es importante que existan series como GIRLS con personajes que se acercan a la realidad, con problemas con los que todos nos podemos identificar; películas con un cast and crew súper inclusivo, diversidad de cuerpos, de tonos de piel, de acentos, de voces, porque todos son hermosos.