Yo, la mala madre

Por Paulina Simon

El otro día estaba en la dentista, en una de las posiciones más vulnerables que hay, con la boca abierta, y sin poder hablar. Ella me contaba de un niño al que trataba, que a los 6 años estaba perdiendo todos los nervios, debido a las caries. Tenían que hacerle un tratamiento largo y doloroso y el niño lloraba mucho. Finalmente agregó: “No entiendo por qué la mamá no le habrá cuidado”. La mala madre.

Niños descontrolados en un restaurante, gente los mira y piensa: “¿Por qué no hace algo la mamá?”. La mala madre. Niños sentados en una mesa con un ipad cada uno: “Pobres niños en está época ya nadie se ocupa de ellos”. Las malas madres. Grupo de madres hablando de otras madres que no cuidan a sus hijos como ellas: malas madres. Mamá que lleva a evento escolar hot dogs y caramelos vs. Mamá que lleva frutas y granola: la una a la otra, mala madre. Mamá que va al evento escolar, pero que está viendo Facebook en su teléfono. Mala madre. Mamá que lleva a los hijos al parque, pero se sienta lejos y fuma. Mala madre. Madre que recibe de sus parientes cercanos o de su misma madre, las constantes: ¿Cómo es posible que el guagua esté despierto a esta hora, o dormido a esta hora, o comiendo eso, o sin comer eso, o vestido con eso o sin aquello?

Soy madre desde hace 6 años, o quizá debería decir soy mala madre desde hace 6 años. Por que aparentemente no hay forma de hacerlo bien. Tengo dos hijos varones, uno de 6 y otro 3. Ambos criaturas maravillosas, guapas, vitales y simpáticas, o eso es lo que siempre me dicen. Ambos seres amados, demandantes hasta niveles de tiranía, llorones, insomnes, tercos e incansables.

Fui madre a los 30 años. Tenía muchas ganas de serlo. Fue una decisión consciente y voluntaria, en ambos casos. Sin embargo, el modo en que ser madre ha cambiado mi vida, mi matrimonio, mi capacidad intelectual y mi sentido del humor es algo que aún sigo descifrando, y evalúo cada día, varias veces al día.

Yo pensaba que si todo el mundo tiene hijos, y es aparentemente la cosa normal de hacer, iba a ser un poco más sencillo. Pero no. Lo primero para mi, fue el acoso general, esa etiqueta de mala madre que está en todos lados en forma negativa o camuflado de mensaje positivo: eres mejor madre si pares naturalmente, si das de lactar, si practicas el colecho, si crías con apego, si estimulas con música, si educas Montessori. Quizá nadie lo dice así, pero así es como se entiende, cuando todo lo que quieres es hacer las cosas “bien” tener hijos felices, cambiar el mundo, lograr que no sean como tú, acabar con la crianza autoritaria como la conocías.

Cuando nació mi primer hijo, a los 15 días me sentía aplastada, entre la falta de sueño, factor verdaderamente enloquecedor (todo lo que alguna vez te digan sobre lo mal que vas a dormir y  como eso te volverá, eventualmente, loca; es cierto), el dolor, las dudas y el exceso de visitas acosadoras que ya querían saber en qué colegio iba a estudiar ese, casi microbio, me tenían desorientada. Fui a un control con el médico que me dijo como consuelo: “Las mujeres en el campo paren y al día siguiente se van a cosechar, son solo ustedes, las de la ciudad, las intelectuales, las que se hacen problema por todo y se deprimen”.  Repetir hoy, en mi mente ese “consuelo”, me pone furiosa y la persona que soy ahora hubiera reaccionado, pero el amasijo de hormonas, pezones completamente destruidos, una cicatriz de 10 cm en la vagina que no me permitía ni sentarme bien, solo agachó la cabeza y empezó a culparse por ser débil, por ser, desde ya, mala madre.

Con los años, aunque el acoso general realmente no se acaba nunca,  aprendí a recibirlo con sarcasmo y la cabeza en alto. Luego viene lo verdaderamente importante, este dolor existencial profundo que golpea cada una de mis emociones a diario, la responsabilidad de criar seres humanos en este mundo, la tarea titánica de darles felicidad, bienestar, amor, de romper con ellos los círculos viciosos de violencia en la crianza, de querer modificar su herencia, de reescribir la historia que yo tengo con mis propios padres y abuelos.

Y finalmente, entre el acoso mundano, y el acoso espiritual, … la vida diaria. Trabajar y tener dos hijos y tratar de mantener un estándar mínimo de salud física, aseo y cordura, es la meta de todas las semanas. Yo no se como ser una buena madre. Porque dicen que los hijos de las buenas madres que no gritan, ni dicen malas palabras, que no revisan el celular, que juegan con ellos, que son atentas y dedicadas… dicen que esos niños se autorregulan y cooperan, que su libertad influye en su buen comportamiento. Yo no sé nada de eso. Mis hijos gritan, lloran, ríen en una misma escena. Mis hijos riegan todo, ensucian todo, se orinan en todo lado, a veces no se bañan y pierdo la cuenta de cuando se bañaron la última vez. Mis hijos duermen en rounds de dos horas (cada dos horas se cambian de cama). Mis hijos hacen pequeños espectáculos en público, siempre.  Mis hijos me dicen todo el tiempo: tú eres mala.  Yo me juzgo a diario. Me arrepiento. Lloro. Estudio sobre hijos. Hago terapia. Constelo. Inicio un proceso de meditación todos los lunes. Lo dejo de hacer los martes. Yo trato de seguir siendo humana. De no consumirme del todo en mi cinismo. Trato de escribir. Trato de filmar. Trato de dar clases. Trato de ir al baño con la puerta cerrada con llave.  Yo pienso de mi misma, que no debo ser tan mala, que si fuera realmente mala (y valiente) ya me hubiera ido.

¿Entonces que tiene de bueno ser madre? No estoy segura. Pero hay una cosa. Una sola, en la que creo que yo he cambiado para bien, en la que creo que la maternidad me ha enseñado algo. Cuando manejo y alguien me pita, me rebasa, me insulta; yo pienso: “Pobre, debe ser padre”. Cuando una cajera, una mesera, una recepcionista me atiende pésimo. Yo pienso: “Pobre, debe ser madre”. Seguro,  igual que yo, anoche no durmió porque uno de sus hijos vomitó toda la noche, porque se empachó con caramelos que le dieron los abuelos. Cuando veo niños malcriados, pienso en los míos con cariño. Empatía y sentido del humor. eso me traído la maternidad en abundancia y lo valoro a diario.

Lo otro, lo romántico, el amor de madre, ese que nos han vendido, ese, no se qué es. Pero el amor que experimento por ellos es un instinto animal, algo que ahora no me siento capaz de explicar. Todas las noches, después de días agotadores, harta de todo, me meto con ellos en la cama. Nos abrazamos, leemos, empiezan a sudar, empiezan a quedarse dormidos, uno metido en mi axila, otro acostado sobre mi brazo. Carne con carne. Son míos. Salieron de mi. Los deseo profundamente. Son cachorros. Animales como yo. Nos fundimos en ese abrazo que dura poco y es todo. Ya mañana seremos otra vez niños malcriados y mala madre. Tenemos una vida por delante.