La humanidad es un virus [y yo decidí ser madre de gatos]

Por Marcela Ribadeneira

Tengo dudas acerca de todo, miles. Vivo sorteando la incertidumbre sobre qué quiero hacer de mi vida (a esta edad, los 34, sería más bien “qué quiero seguir haciendo”). Vivo cuestionándome cada decisión, cada elección, cada convicción. Solo tengo una certeza. Y es férrea.

Tener hijos —sin antes reflexionarlo muy bien— siempre me ha parecido un acto de conformidad absoluta con las normas sociales y culturales. ¿No debería preguntarme un par de cosas antes de transmitir mis genes, de perpetuar en otro ser los males y los defectos que yo misma no puedo manejar? ¿No vale la pena considerar qué cosas materiales podría darle, especialmente en un país donde una consulta médica privada puede llegar a costar USD 90? ¿No se me tuerce un poco el estómago cuando veo la especie cruel, egoísta y exterminadora que somos, cuando veo la hijueputísima desigualdad en la que vivimos? ¿Quiero traer a un nuevo ser a este planeta cuando hay tantos nuevos seres que explotan en pedazos en Siria, que mueren en Yemen consumidos por su propio organismo porque no tienen qué comer, que se ahogan tratando de llegar a las costas europeas del Mediterráneo para huir de la guerra o que trabajan en las calles de Quito —desde antes de tener la edad para ir al jardín de infantes— vendiendo flores y chicles durante las noches frías y frente a la incomodidad de los pasantes?

Por otro lado, ¿creo que soy capaz de educar a un buen ser humano? ¿Creo que existe algo parecido a un buen ser humano, alguien que pueda realmente aliviar el sufrimiento que está en todos lados, incluido el lugar de privilegio del que puedo provenir y que habito? ¿Creo que vale la pena poner mi ramita de ADN para perpetuarnos como especie? Sí, en el mundo pasan también cosas buenas que hacen que valga la pena vivir y podría ser egoísta negárselas a alguien más (aunque ese alguien solo exista como idea, como posibilidad). Pero no puedo sacar esto de mi mente y de mi corazón: un niño es un humano chiquito. Y, aunque haya la posibilidad de que ese humano chiquito se convierta en un humano fantástico —como uno de esos que admiro porque su empatía trasciende hacia otras razas, religiones, ideologías y especies, y no se queda en el sesgo que dictan las construcciones culturales—, no quiero tener parte en la perpetuación del virus que somos. Me atrae más la idea de lo que puede llegar a ser un mundo sin humanos, aunque yo no esté aquí para verlo. Y esa es la causa a la que ulteriormente quisiera contribuir, si es que creería que existimos por una causa o propósito.

Además de los argumentos racionales y existenciales que puedo dar alrededor de mi decisión, también está la ausencia del instinto de convertirme en madre. Nada dentro de mí me llama a tener un hijo (ni siquiera el hecho de que —como sorprendentemente me lo ha señalado más de una madre— no habrá nadie que me cuide cuando sea vieja y me enferme). No siento la necesidad ni las ganas ni la urgencia de tener uno. Me gusta salir a comer sin tener que dejar mi plato a medias porque debo calmar un llanto. Me gusta poder hacer viajes largos. Me gusta salir las noches hasta la hora que quiera. Me gusta poder tomarme días enteros para no hacer otra cosa más que escribir o hacer reportería. Me gusta mi cuerpo como está. Me gusta el silencio. Me gusta no tener idea de qué programas infantiles de Tv están de moda. Me gusta no saber quién es Pocoyo. Me gustan todas esas frivolidades y no me averguenzo de ello. Me gusta como es mi vida sin niños. Eso, aunque para muchas personas sea difícil de entender, no significa que los odie. No significa que yo sea una “amargada”. No significa que, si tengo que interactuar con uno, la pase mal o deba fingir que me divierto. Significa simplemente que un niño no está entre las cosas por las que mi interior clama. Significa que no estoy dispuesta a apostar la vida de un nuevo ser solo para ver si mi “instinto materno” se puede activar.

Además, hay otras formas en las se puede manifestar el llamado a cuidar a alguien que no sea uno mismo; a protegerlo, a darle la mejor vida posible. Que no tenga ni quiera tener hijos no equivale a que no me sienta madre (no saben cuánto les molesta a algunas madres oírme decir esto). En mi casa viven cuatro gatos: Stellan, Patti, Lili y Clarita. La penúltima tiene asma y la última, parálisis de patitas traseras e incontinencia (usa pañal). La vida que Eduardo y yo hemos elegido se organiza alrededor de las necesidades de nuestros gatos y de su bienestar (no, yo no le lavé el cerebro, él eligió, tanto como yo, vivir childfree). A diario cambiamos pañales a una, damos corticoides por inhalación a otra y nos ocupamos de que todos coman, jueguen y estén limpios. De que no les falten juguetes ni lugares abrigados para dormir ni chequeos veterinarios. No ha faltado la gente que nos reprocha por “humanizar” a nuestros gatos y por darles “tantos cuidados”. No ha faltado la gente que nos reprocha por gastar dinero en animales. No ha faltado la gente que piensa que el cuidado que les damos es una aberración. Nunca falta la gente a la que le parece imposible que lo que sentimos por nuestros gatos se parezca a lo que ellos sienten por sus hijos. Pero nosotros sabemos, porque lo vivimos cada día, que un hogar se puede establecer trascendiendo muchos límites, incluidos los que hay entre especies. No es fácil ni perfecto, pero nos las arreglamos.