El círculo de las buenas madres

Por Julia Rendón

El círculo de las buenas madres

Estoy sentada en un círculo con mis nuevas amigas. Todas llevan faldas largas y floreadas y grandes cadenas de piedras. Algunas tienen trenzas. Yo estoy puesta jeans y una camiseta. Ellas hablan sobre sus partos naturales en agua o en una silla especial, agarrándose de cuerdas para pujar. Su canción favorita de la yogini Snatam Kaur a un volumen bajo para no molestar a los recién nacidos. Ellas mismas recibieron a sus bebés. Dicen que sus milk-shakes de placenta fueron deliciosos.

Yo también tenía una canción de Snatam Kaur en mi playlist de parto. Además, tenía a The Doors y Los Piojos. Las cosas salieron distintas a lo que planeé, tuve una cesárea de emergencia. Fue perfecta para mí, pero probablemente no para este grupo de mujeres, así que me quedo completamente callada.

Hablando de milk-shakes, para mí no fue tan fácil como para estas otras mamás darle de lactar a mi hija en las primeras horas de su vida, pero lo logré y nunca le di una mamadera. Lactó hasta que, al año y medio, ella misma decidió que no quería más. Para este círculo, el no dar la teta hasta pasados los dos años quiere decir que eres una mamá incompetente. Así que, nuevamente me quedo callada.

En otro escenario, estoy invitada a tomar el té por un círculo diferente de amigas. Siento estar en Londres a pesar de que me encuentro en Quito. Las mesas parecen de cuento de hadas con vajillas de flores y tazas y platos vintage.

Estas mamás usan jeans con zapato de taco de punta. Carteras Gucci y Louis Vuitton descansan impecablemente sobre las sillas. Las mujeres toman champagne. Cuando me ofrecen una copa, me niego explicándoles que estoy dando de lactar, y esa es la última oración que logro decir durante toda la tarde.

Ellas están en shock, les parece demasiado tiempo. Me dan consejos sobre cómo destetar. Me recomiendan que la deje llorando hasta que se canse, o que le dé avena para que se llene la panza y no me pida más. Yo no tengo ganas de que mi hija deje la teta todavía. No tengo ganas de dejarla llorando. No tengo ganas de darle avena ni de hacer nada de lo que alguien más me dice. Así que, otra vez, me quedo callada.

Con otro círculo de madres, nos encontramos en una librería. Después de dos años y medio de quedarme con mi hija en casa, estoy pensando en buscar una guardería para poder tener algunas horas para volver a trabajar. Ojos de reproche dejan de mirar los libros para verme a mí cuando les cuento mi idea. Luego, un debate sobre el home-schooling estalla. Sin hacer más preguntas, todas estas mamás piensan que pretender mandar a mi hija a una guardería me hace un ser despiadado. Así que, otra vez me callo.

Volviendo a casa, me pongo furiosa con las mamás: las hippies, las peluconas, las intelectuales, las que hacen home-schooling. Absolutamente todas. Todas las que, en ese momento me doy cuenta, también estoy juzgando.

Las mamás nos comparamos, nos juzgamos unas a las otras, nos sentimos inseguras. No sabemos si somos “suficientemente buenas” madres. Y en ese maternar, nos olvidamos que no hay una sola forma correcta, entonces, queremos con todas nuestras fuerzas que nuestra forma sea la de todas. Nos olvidamos, cuando estamos junto a otras, que un círculo de madres debería ser un grupo de mujeres que se juntan para darse soporte en este camino emocionante e intenso de la crianza.

La autora María Llopis habla sobre la maternidad subversiva como aquella que cuestiona el embarazo, el parto y la crianza en nuestra sociedad patriarcal. Yo voy a ir con algo más sencillo. Que lo subversivo puede ser el darse cuenta que, a pesar de la sociedad, de las opiniones, de la propia exigencia exacerbada que nos solemos poner a nosotras mismas, sí somos buenas madres. Aceptar que lo hacemos lo suficientemente bien es el paso para crear vínculos de apoyo y puentes de encuentro y empatía con las mamás que no piensan y no maternan igual que nosotras. Y este es un paso grande para todas las mujeres.

En mi experiencia, una de las cosas subversivas que he hecho en el camino de la maternidad ha sido asegurarme a mí misma que la forma en que yo parí y crío a mi hija es mía, y que lo estoy haciendo bastante bien. Nunca podré evadir del todo el juicio y la crítica. Puedo quedarme callada, pero mido las palabras que escucho y soy yo quien decido si tienen mérito o no. Y más aún, cuando veo esas miradas de reproche de otras mamás, estoy segura que no le debo una explicación a nadie.