Alguien

Por Daniela Alcívar Bellolio

Buenos Aires, viernes 14 de abril de 2017

Pocas veces me siento tan poderosa como cuando he ideado un nuevo proyecto. Idear es un verbo impreciso: nunca ideo nada. Mientras duermo, o mientras me dejo ir plácidamente, olvidada de todo, por donde quiera ir el pensamiento distraído, algunas veces me asalta una idea: un plan, un propósito. Es ese el momento más feliz, porque todo es nuevo, todo es posibilidad. Generalmente cumplo estos propósitos, los que acaecen por la gracia de su propia caducidad, ajenos a los deberes que me he impuesto y a las necesidades de la vida adulta.

Así vine a vivir a Buenos Aires hace doce años, escribí mis dos libros, empecé mi investigación doctoral (que poco a poco, amargamente, se fue pasando al bando de las obligaciones) y es así también como ahora escribo dos libros nuevos y emprendo la vuelta, llena de misterio, a Quito. El origen de todos estos movimientos ha sido misterioso y simple: ha sido diáfano, porque no guarda secretos, no esconde profundas razones, pero aun así no lo entiendo, ignoro completamente a qué respondió, de dónde vino, de qué extraño paisaje desconocido se extrajo para emerger, de pronto, en la superficie de mis intenciones.

Así también, como un capricho universal, singular para mí pero con la belleza de lo que puede pasar en cualquier momento y en cualquier lugar, llegó mi bebé a mi barriga. Llevo cerca de cinco meses embarazada. No sé nada, no entiendo lo que siento. Hoy, sola en mi casa, cantaba desafinada y a los gritos una canción de Spinetta. Y de pronto sentí por primera vez una patada desde dentro. Alguien patea desde mi adentro, se manifiesta, no sé si identificado con mi alegría momentánea o ajeno a todo, y me hace saber que mi cuerpo está hendido por alguien más que no soy yo pero, sí, soy yo. Mi cuerpo está atravesado por otro. Mi cuerpo siempre ha sido otro.

Alguien patea desde dentro de mi vientre.

Una sexualidad muchas veces cohibida (muchas veces, también, acuciada) por la culpa me atacó cuando era adolescente (y también antes, en la niñez). Un deseo que no entendía pero al que me abría placenteramente, violentamente, frenéticamente tantas veces como podía, escondida debajo de mis sábanas, sola, y luego acompañada. Mi cuerpo en pugna con todo lo que me habían dicho del amor, con un enorme peso moral de años de adoctrinamiento religioso sobre lo que el cuerpo es (una cárcel, un impedimento para la virtud) y sobre lo que el sexo debería ser (un paso obligado, algo medio sucio, medio malo, casi un sacrificio, para eventualmente procrear). Mi cuerpo que, solo, se arrancaba a esas ideas muertas y buscaba a tientas los modos de complacerse y de abrir nuevos canales para la sed. Los modos de alcanzar su máximo grado de autodiferenciación. De encontrarse ajeno a mí, desviado de mí: eso fue para mí el sexo cuando me di cuenta de que me era imprescindible, porque explorándolo, experimentando los afectos indecibles que emergen ante el roce de un cuerpo amado (el sexo, de un modo distinto al que me inculcaron, ha sido para mí siempre, o al menos en sus mejores versiones, una forma extrema del amor) fue que empecé a entender que mi vida (cualquier vida) pasa por lugares incomprensibles y por experiencias inauditas, que nunca podré narrar satisfactoriamente. Por eso quienes han sido mis amantes ocupan un lugar irrevocable en el modesto mapa de mis afectos.

 

No sé por qué escribo de sexo el primer día que siento que alguien patea desde dentro de mi vientre. Quizá porque vuelvo a sentirme extraída del flujo de lo cotidiano por un hecho común, quizá incluso vulgar: el embarazo. Durante estos meses de ver cambiar mi cuerpo y de sentir el caos de lo nuevo reconfigurar todas las estructuras de mi vida, nada me ha sido tan extraño como la retórica de la maternidad romántica: el amor de la vida, la felicidad absoluta desde el primer positivo, el destino y la causalidad. He procurado no sentirme inepta ante esas manifestaciones absolutas (siempre tiendo a sentirme en falta) para beneficiar una experiencia auténtica de lo que me acontece, menos universal que todo ese amor sin fisuras: la extrañeza de un cuerpo que se mueve dentro del mío, la ambigüedad de todo lo que mi cuerpo puede. Gracias a lo nuevo puedo vivir. La maternidad que aún no entiendo, que aún no vivo más que desde el indicio y la sospecha, desde el miedo, la alegría fugaz y la impaciencia, es otro recomienzo y no una continuidad. No es otra etapa más de la vida, es mi vida agenciándose otra potencia, que no me nace calificar aún de buena, que no me nacerá nunca calificar de sagrada, de única, porque vivo esto de modo estrictamente material: viendo crecer mi abdomen y mis senos, viendo oscurecerse mis pezones y mis brazos incomodarse porque ya no saben por dónde llegar a mis zapatos cuando los cordones se desatan. Vivo esto desde mi cuerpo, que siempre es otro cuerpo, que siempre deshace lo subjetivo, así como el sexo, así como el sueño, así como el recuerdo, porque mi hijo o mi hija se está abriendo también paso con su cuerpo mínimo, se está tomando mi sangre y mis entrañas para hacerse un hogar. Ese hogar un día lo expulsará, y entonces yo sabré lo que es, de verdad, convertirse en otro.