Verse afuera, verse adentro (la importancia de la representación)

Por Carla Vera

 

Por Carla Vera

 Tener gente que habla, viste como tú, tiene tu tono de piel o un cuerpo con el que te puedes identificar en series, películas o revistas es más importante de lo que pensaba.

 Hace poco leí una historia acerca de una chica nacida en Estados Unidos que llevó a su padre mexicano, con acento mexicano, a ver la super exitosa Rogue One. Cuando él notó que uno de los protagonistas, interpretado por Diego Luna, no escondía su marcado acento se emocionó mucho. Ella contó la anécdota en redes sociales e inmediatamente se hizo viral. Recibió respuestas de los medios e incluso del propio Diego, que tuiteó emocionado al leerla.

 Esa emotiva y pequeña historia me hizo notar y repensar en la importancia de la representación. Yo sentí algo parecido cuando vi la serie GIRLS por primera vez. Me super enganché con los líos y dilemas de la protagonista, Hannah Horvath (Lena Dunham) y sentí que, por fin, una chica real contaba historias reales más allá de los estereotipos de belleza que estaba acostumbrada a ver… pero primero, un poco de contexto.

 Cuando tenía unos 9 o 10 años, todos los niños de mi colegio y yo estábamos obsesionados con Cebollitas, una serie argentina infantil en la que las chicas eran guapísimas y los chicos, unos bombones. Todos menos los gordos. Los gordos eran objetos de burla, bulleo y joda; el insulto cool era “gorda pedorra” o “gordo lechón”. Pronto, los niños del colegio empezaron a fastidiar a los que no éramos tan huesuditos como ellos con esas bellas palabras (ay, la niñez).

 Cuando tenía 12 años, todas mis amigas nos juntábamos en una casa elegida para mirar otra serie argentina llamada Rebelde Way. Bailábamos esas cancioncitas cursis y queríamos comprar toda la ropa de 47 Street (puperas, pantalones acampanadísimos, saquitos de colores pastel y plataformas kilométricas). Todas queríamos parecernos a Mia Colucci, una man guapísima, con cintura de avispa y unas tetas que me hacían dudar de la capacidad de crecer de las mías. Nadie quería parecerse a la gordita de la serie, de la que ni siquiera me acuerdo el nombre.

 Y así fui llegando a la adolescencia. Toda serie o grupo de moda me recordaban lo mismo: yo no era flaquísima, como ellos y ellas. Empecé a sentirme insegura y buscar mi felicidad en el lugar equivocado: afuera de mí, en un número en la balanza. Desde pequeña me sentí como la oveja caderona de la familia: diferente por no tener las piernas y los brazos flacos como los de mis hermanos y por crecer de una manera extraña y desproporcionada en mi pubertad. Mi peso fue algo con lo que no me reconcilié hasta mis veintes y no tener alguien que acolite a sacudir mis erróneas ideas en series, revistas o películas me incomodaba un montón.

Como recuento, toda serie o película que vi tenía personajes con cuerpos irreales. O un personaje que antes de ser feliz, encontrar el amor de su vida, el departamento soñado y éxito en su carrera fue gordo. Como Mónica, en Friends, cuyo “oscuro” pasado tenía que ver con sus kilos de más. O como Schmidt, de New Girl, que no tuvo éxito con las chicas y autoestima sana hasta que perdió muchísimo peso. Y eso por nombrar unos cuantos. Solo piénsenlo. Los personajes con sobrepeso generalmente son los de baja autoestima, o los que se escudan en el humor para ser aceptables socialmente, o los bulleados, o los que más problemas tienen. ¿Por qué?

 A los 23, después de un viaje a los Estados Unidos en el que me dediqué -entre otras cosas- a comer, una tía me sugirió que visite a un nutricionista. “No estás gorda pero puedes estar mejor. Tienes una cara bonita, te verías mejor si bajaras un poquito de peso” me dijo. Cansada de tantos comentarios parecidos o acerca de mi peso accedí y fui a donde un doctor que me mandó a dejar de comer casi todo, y como consecuencia, empecé a perder mucho peso. Al llegar a un número que él consideraba “ideal”,  y que me hacía ver “guapísima”, me di cuenta que esa tristeza e inseguridad que había arrastrado durante tantos años NADA tenía que ver con un número en la balanza, y tenía TODO que ver con cómo me sentía yo por dentro.

 Me di cuenta que había caído en la trampa de los medios, de la sociedad, de lo que yo mismo pensaba que era “lo normal”, “lo ideal”.

Me di cuenta que había tomado demasiado en cuenta los comentarios de los demás. Me di cuenta que si yo no me amaba y aceptaba tal cual era, no era importante si tenía o no el cuerpo perfecto; mi mirada iba a seguir siendo prejuiciosa y obsesionada si la búsqueda la hacía hacia afuera y no hacia adentro.

 Es aquí donde entra la serie GIRLS.

 Al crecer, no tuve muchas ídolos que tuvieran un cuerpo como el mío: pocas tetas y harta cadera. Me encerré en los errados estándares de belleza y me enredé en un sistema que te dice que te fajes, que adelgaces, que te quedes sin pelos y que cambies radicalmente para ser feliz.

La llegada de una serie en la que la protagonista tenía caderas voluptuosas, cintura pequeña y tetas rarísimas fue muy reconfortante para mí. Verme en Hannah me ayudó a reconciliarme con mis propias inseguridades, abrazarlas y hasta reírme de esas cositas que me hacen humana, real y hermosamente imperfecta.

 Hannah, interpretada por Lena Dunham, me ayudó a hablar abiertamente de mi ansiedad, de la dificultad que a veces tengo para acabar un texto, o de cómo ahora, por fin, hice las paces con mi cuerpo y me veo frente al espejo sin juicio y con muchísimo amor. Ahora voy a la playa y no me escondo, ¡soy libre! Y me vale mierda si alguien se ríe de mi bikini o me dice “pero es que no te veo gorda” pensando que es el mejor halago que me podrían hacer.

 Hannah puede ser un poco inmadura y dramática (como yo), come cuando está nerviosa, quiere escribir cosas que les mueva las tripas a los demás, a veces es un poco egocéntrica, exagerada, se viste como quiere y está cómoda en su propia piel. Vive su propia verdad y me ha enseñado que no todo siempre sale como uno quiere, así que hay que soltar el control.

 Lena Dunham es mi animal espiritual. Y es una capa porque creó una serie que refleja tan bien la realidad y me ayuda a ver mis miedos, taras y complejos con un toque cómico. Nada mejor que verse en un espejo decorado con mucha escarcha e identificarse con el caos interno desde el humor.

 Esta serie con altas dosis autobiográficas, que Dunham escribió, dirigió y protagonizó, ha puesto sobre la mesa temas como el feminismo, la homosexualidad, la salud mental, el acoso sexual no tan explícito, y hasta escondido bajo la carpeta del malentendido consentimiento (mírense el capítulo American Bitch, ahí me entenderán), el sexo, el peso, cómo son las relaciones reales: amistosas, sexuales y amorosas… Ha sido una inspiración para hablar de mis propios caminos hacia la aceptación y el que-me-importismo: en el peso y en la ansiedad. Me ha llevado a representar –también- a alguna otra chica que se esté sintiendo como yo. Ahora escribo, hablo, hago videitos acerca de cómo me empecé a amar a mí misma y de cómo he sanado la ansiedad que me paralizaba hasta hace poquito. Y me he encontrado con personas que me han dicho “oye, a mí me pasó lo mismo” u “oye, me inspiras”. Y eso se siente increíble.

Quién diría que una serie podría tener tanto impacto en una persona, me hecho más fuerte, sarcástica y sin vergüenza, he salido de mi jaula llamada “me importa mucho lo que piensen de mi cuerpo” fuertemente inspirada por Lena Dunham. Verle a la man rockear las escenas en las que sale desnuda sin esconderse ni incomodarse. Verle a la man ponerse crop tops y shorts y hacer lo que le dé la gana. Verle explorarse y enamorarse y sanarse en la serie. Verle y escucharle en redes sociales, mandando al carajo a los medios que se fijan siempre en si ha bajado o ha subido de peso. Verle romper estigmas acerca de las “enfermedades” mentales. Verle ser una mujer segura y desafiante a la que no le importa su celulitis o sus estrías es empoderador. Verle subir selfies sin maquillaje hablando de su endometriosis es emotivo. La man ha hecho de la honestidad brutal su sello.

 Quizás muchos llegamos a los veintes cargados de chips que nos pusimos en la adolescencia y en la niñez y empezamos a desaprender poco a poco: del peso, de la belleza, del machismo, de todo. Por eso pienso que es importante que existan series como GIRLS con personajes que se acercan a la realidad, con problemas con los que todos nos podemos identificar; películas con un cast and crew súper inclusivo, diversidad de cuerpos, de tonos de piel, de acentos, de voces, porque todos son hermosos.

Mi novia feminista: el legado de Rory Gilmore

Por Valentina Varas

“Las mujeres tienen dos opciones: son feministas o son masoquistas.”

―Gloria Steinem

Al igual que Roxane Gay*, me considero una mala feminista: me falta estudiar, leer, participar más activamente en los debates que nos hacen avanzar y del ejercicio cotidiano de nuestros derechos. Sin embargo, hay un ámbito en el que manifiesto, practico y defiendo el feminismo: en la pareja. Y creo que, en parte, se lo debo a Rory Gilmore.

La idea de esta nota es (empezar a) derribar el mito de que ser feminista implica necesariamente ser una “solterona” (término dolorosamente machista demasiado instalado –como no puedo erradicar o eliminar el término, por lo menos voy a intentar separarlo del feminismo). Solterona y feminazi parecen ir irrevocablemente de la mano en el imaginario de los masculinos que todavía no entendieron que el feminismo no es una amenaza hacia ellos sino una defensa ante los abusos que su género ha sostenido e impulsado durante décadas; es un freno más que un contra-abuso o venganza.

¿Cómo? Recurriendo a mi episodio favorito de una de las series que más me gustaron en la vida, desde mi adolescencia. Con el especial que Netflix lanzó en 2016, Gilmore Girls volvió a la superficie de mi memoria y recordé (no tanto por el especial sino por el obligado rewatch que hice antes del estreno) por qué me gustaba tanto. Me reencontré con Lorelai, Rory y un grupo de personajes tridimensionales y adorables, pero para nada ingenuos.

Feminismo es, junto con un millón de otras pequeñas “rebeliones cotidianas” (en palabras de Gloria Steinem), no tolerar ni prolongar una relación que no nos satisface. Incluso cuando no haya violencia física; un vínculo de pareja es abusivo si una de las partes impone su voluntad sobre la otra.  

Logan Huntzberger es el tercer (y último) novio importante de Rory Gilmore en Gilmore Girls. Aparece en la quinta temporada, en la redacción del periódico de la universidad, Yale Daily News, donde Rory empezó su carrera periodística.

Empiezan a salir sin compromiso; Rory lo ve a Logan tomando café con otra chica; Robert, un amigo de Logan la invita a Rory al cumpleaños de otro amigo de Logan; Rory accede. En el cumpleaños, que ocurre en el episodio Pulp Friction (S0517), Logan está ebrio y le dice a Rory que Robert es un tarado y se la lleva a Rory a un costado, quiere irse con ella. Rory le dice que no pueden porque cada uno está en una cita. Logan se enoja y Rory vuelve a la fiesta a buscar a Robert. Después de verla con su amigo, al día siguiente, Logan la llama a Rory dos veces y arman varios planes con días de antelación.

 

Rory y Logan en Pulp Friction

Aparentemente, el efecto celos duró poco porque, unos días después, en el episodio To Live and Let Diorama (S05E18), Rory le admite a Paris –después de que la acusara de estar negando la ‘crisis’ entre ella y Logan luego de dos semanas de intensidad– que Logan se está alejando y que ella se está “volviendo loca”, pero que no va a quedarse sentada y deprimida sin hacer nada. Poco después, se emborracha con Paris y Lane en una tarde en Stars Hollow, y las tres se lamentan por sus problemas amorosos hasta que concluyen que a los hombres les urge poblar la especie y por eso les gusta “propagarse”. Lane decide que su situación es insostenible; Paris llama a su chico a escondidas; Rory llama a Logan y da con el contestador, que dice que salió a un boliche con los amigos. El episodio termina con ella llorando en el piso del baño (asumimos que luego de haber vomitado por el ponche de Miss Patty) y preguntándose a sí misma y a su madre: “¿Por qué no le gusto? ¿Por qué no me llama? ¿Qué hice?”

En el episodio siguiente, But I’m a Gilmore! (S05E19), Rory va al apartamento de Logan, que la recibe sorprendido, y ella empieza a hablar sin ni siquiera sentarse: “No puedo seguir con esto, Logan.” Él está descolocado y no sabe de qué habla Rory. “Con esto de ser medio novios**, no me gusta. No soy así y no quiero ser así.” Logan le pregunta de dónde sale eso y Rory le dice: “De mí, la deslumbrante criatura que tienes delante.” Logan aclara que ya hablaron de eso y que él no la obligó a hacerlo. Rory lo reconoce y no lo acusa de nada. Él le dice que creía que todo iba bien; ella responde que no supo nada de él en una semana y, cuando Logan intenta explicarlo, Rory lo frena: “¿Sabes qué? No importa. No eres mi novio; no me debes explicaciones. Pero ya no quiero ser una del montón.” La charla es interrumpida por uno de los roommates de Logan que le avisa que llamó una chica preguntando por él. Logan se incomoda, Rory lleva la charla a su fin: “Atiende a Cassandra, ya terminamos aquí. Dije todo lo que tenía que decir. Soy del tipo novia***, Logan. Tengo novios, no acompañantes. Pensé que podría ser diferente, pero no puedo.”

 

¿Qué tiene que ver esto con feminismo? Que en ese planteo, en esa manifestación tan clara y firme de sus límites, expectativas y necesidades en una relación, Rory se presenta como una feminista, al menos según mi definición favorita del término (que se la copié a Roxane Gay):

“Mi definición favorita de ‘feminista’ es una que dio Su, una mujer australiana que, cuando Kathy Bail la entrevistó en 1996 para su antología DIY Feminism, dijo que ‘simplemente son mujeres que no quieren ser tratadas como mierda’.”

Roxane Gay, Bad Feminist: Essays

 En ese momento, los principios de Rory y su rechazo terminante a cualquier trato que esté por debajo de lo que ella espera de Logan están por encima de sus ganas de estar con él. El foco no está puesto en la relación que Rory espera tener, sino en cómo frena una dinámica que la aleja de eso. Esta escena retrata a una mujer que sabe lo que quiere y cómo pedirlo. Esto también es feminismo; el problema es que muchas veces el alcance del movimiento se reduce a marchas, protestas y carteles, cuando en realidad se trata de una forma de vivir –una que no atenta, para nada, contra el hombre, sino que busca que los vínculos (de cualquier índole) entre mujeres y hombres sean justos. Y sí, justos significa iguales.

 

*“Acepto la etiqueta de mala feminista porque soy humana. Soy desordenada. No estoy intentando ser un ejemplo. No soy intentando ser perfecta. No estoy intentando decir que tengo todas las respuestas. No estoy diciendo que tengo razón. Solo estoy intentando – intentando apoyar las causas en las que creo, intentando hacer algo bueno en este mundo, intentando hacer un poco de ruido con mi escritura mientras estoy siendo yo misma también.” Roxane Gay, Bad Feminist (2014).

**En inglés dice “this casual dating thing”.

***En inglés dice “I’m a girlfriend girl.”

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Wonder Woman: La fuerza de lo vulnerable

Por Daniela Anchundia

Cuando a mi hermano le regalaban un muñeco de Batman o Superman, a veces, venía gratis, pegada a la caja de esos muñecos, una Mujer Maravilla. Esta figura de acción cruzaba los brazos para juntar sus brazaletes cuando le apretaba las piernas y a él no le interesaba en absoluto, así que me la regalaba.

Mi hermano construía complejas bases de operaciones para sus héroes y villanos, y yo era feliz cuando me permitía entrar a su habitación para ser una espectadora de sus historias de aventura.

Él tenía montones de superhéroes, yo sólo tenía a la Mujer Maravilla; así que cuando él no estaba en casa yo aprovechaba y sacaba todos sus muñecos para hacer mi propias historias: algunas veces la Mujer Maravilla tenía que salvar a todos de los terribles planes del Pingüino, y otras muchas veces me dedicaba a organizar su boda con Superman (perdóname Lois). 

Mi segundo encuentro con el personaje fue gracias a la bellísima Lynda Carter. Como era muy pequeña, mis recuerdos de la serie no van más allá de la intro musical; grabada con mucha más intensidad en mi memoria está la visión de mi misma frente al espejo, girando como un trompo cuando jugaba a transformarme en ella para pelear por la justicia y la paz.

Vivió en mi corazón desde entonces y a lo largo de mi vida. La  reencontré en los cómics y en la cultura popular, enraizada en las mentes de quienes crecimos con ella. Me rodeé de su símbolo en camisetas, stickers, chaquetas y nuevas figuras de acción (esta vez compradas a propósito), estuvo siempre ahí, como un símbolo de fuerza y un pedacito eterno de mi infancia.

Por eso, cuando el 2 de junio de 2017, luego de muchos años de espera, Wonder Woman finalmente tuvo su merecida película, tomé con emoción la oportunidad de ser una niña de nuevo: en la butaca del cine mis piernas se acortaron y la ropa fue demasiado grande para mi cuerpo, me empequeñecí a voluntad frente a la luz brillante de la pantalla.

Siempre me han gustado los superhéroes. Amaba al Superman de Christopher Reeve y estuve ahí al pie del cañón junto a todos los Batmanes (hasta el de George Clooney y sus tetillas), también la nueva ola de películas de héroes de Marvel me ha traído muchas alegrías, pero…

NADA se compara con lo que se siente cuando ves a tu personaje favorito en el cine, cuando se le ha hecho justicia; es otra cosa esta emoción que me hizo entender realmente cómo se sintieron los chicos cuando vieron a sus héroes en el cine por primera vez.

 El origen de las Amazonas

 George Pérez en “Dioses y Mortales” de 1987, nos ubica en el contexto ideal para entender el origen de Wonder Woman en el que nos sitúa el film:

 Los dioses del Olimpo, crearon a las guerreras Amazonas como mediadoras entre los dioses y los humanos, para que los protejan y resguarden su fe en ellos. Ares, Dios de la Guerra se opone, pues a los humanos sólo se los puede guiar a través de la ira y la guerra.

Artemisa, y otras diosas, buscan el renacimiento de las almas de mujeres fuertes, víctimas de violencia masculina para crear a Las Amazonas. Pues consideran que sólo la mujer tiene la capacidad de resistir a las tentaciones de Ares y su corazón protector es lo que la humanidad necesita. A Hipólita, su líder, se le da la oportunidad de que renazca también el alma de su hija no nacida, pues los dioses tenían un destino especial para ella.

Los triunfos de Wonder Woman, la película

Wonder Woman no es una versión femenina de Superman, esta común idea equivocada siempre dificultó una representación justa del personaje; la mitología y detalles como que el villano sea un dios, complicaban aún más la narrativa audiovisual. Sin embargo, al parecer sólo se necesitaba la visión y el talento de alguien que realmente conociera  y amara al personaje (te hablo a ti Patty Jenkins).

 A un universo cinemático de superhéroes cargado de testosterona llega una mujer a cambiar el ritmo. Superman no se maravilla por el sabor de un helado, Batman no se va enternecer al ver un bebé y ninguno de los dos se permite a sí mismo una casual sonrisa de vez en cuando, estos símbolos de “debilidad” son en cambio muy naturales en Wonder Woman. Su femeneidad no se ve opacada por su fuerza, la empatía y la compasión la llevan a lanzarse frente a las balas para hacer lo correcto y cumplir con su “deber sagrado”.

 Esto y otras delicias como el equipo de outcasts, un Steve Trevor que apoya y nunca se intimida, unas Amazonas personificadas tanto por renombradas actrices como por atletas olímpicas, jinetes expertas, campeonas de crossfit y policías (que son el mayor deleite de las primeras escenas) y por supuesto la maravillosa Gal Gadot con su dedicación total para encarnar a un ícono tan grande de la cultura popular; construyen una Wonder Woman impecable.

 Salí del cine, sintiéndome todavía una niña, con ganas de pelear contra los villanos y girar y girar para convertirme en una súper mujer, y aunque todavía no lo logro, lo voy a seguir intentando.

No reirás

Por Ana Cristina Franco

 

En su libro De la reverencia a la violación (1974),  Molly Haskell hace un recuento de los “tipos” de personajes femeninos que se han repetido a lo largo de la historia del cine. Haskell asegura que todos los roles interpretados por mujeres se han reducido a una suerte de estereotipos entre los cuales están, por ejemplo,  “la damisela en peligro”, “la mujer fatal”, “la mujer de acción”, “la madre abnegada” etc. Según ella, todos los personajes femeninos encajan en alguno de estos modelos. Pero  en la lista de Haskell no hay un modelo de personaje femenino cómico. Al menos no uno que se ría de si misma.  Y no es que ella se equivoque. En el cine las mujeres han sido hadas, brujas, putas, mujeres de acción, luchadoras, pero pocas veces se ha visto una mujer cómica, o bueno, nunca como para hacer tendencia. Y los pocos personajes femeninos cómicos han sido creados, en su inmensa mayoría, por hombres. Quizá es mucho pedir…. sabemos que en el cine y la televisión escasean los personajes femeninos creados por mujeres, empezando porque hay menos directoras mujeres, y las que hay, han sido opacadas por la historia oficial. Aunque desde los inicios del cine hay varias cineastas que recién están saliendo a la luz como es el caso de Alice Guy o Louis Weber, según Laura Mulvey, después de la crisis sonora del cine,  Dorothy Arzner e Ida Lupino fueron prácticamente las únicas mujeres que dirigieron películas de manera regular en Hollywood hasta los años 70, década a partir de la cual surgieron varios movimientos feministas que dieron como resultado más espacios para la mujer en el cine. De todas formas, y hablando en términos generales, la ausencia de mujeres atrás de las cámaras ha sido igual, en proporción inversa, a la sobre explotación de personajes femeninos estereotipados dentro de la pantalla.

 La imagen de la mujer en  el terreno de la ficción  ha sido por lo general mitificada. Hasta antes de los años setenta, casi todos los personajes femeninos- o por lo menos los pertenecientes a la gran industria- han sido construidos a partir de estereotipos de belleza y moral, dando como resultado una  mujer “sublime” o “perfecta” . Un ejemplo de ello es la construcción del personaje interpretado por la Dietrich en las películas de Josef Von Sternberg. O Mary Pickford, que se convirtió en una especie de ícono de la mujer sumisa. Según Mulvey, esta mitificación tiene como función  evitar la construcción de personajes femeninos reales, pues estos serían un peligro para el inconsciente masculino, el cual vive una constante angustia de castración.    

 Curiosamente, al personaje cómico siempre le falta o le sobra algo, tiene un desperfecto que puede ser físico o psicológico. Esta mácula es lo que lo vuelve más cercano al espectador, porque a pesar de que se trata de una hipérbole (un personaje no es una persona) la mácula lo vuelve humano. Según Henri Bergson la risa es una cualidad esencialmente humana, las demás especies no poseen sentido del humor. Para que un personaje sea cómico es necesario que sea humano, es decir, imperfecto, al contrario del personaje trágico, cuyo mayor exponente es el héroe. Hollywood lo sabía, y por eso se encargaba de subvalorar los papeles cómicos, los cuales eran considerados “de menor rango”. Esta es la razón que llevó a la actriz Gloria Swanson a abandonar una potencial carrera de actriz cómica por  considerar que no sería suficientemente respetada. Tal vez la comedia de mujeres sea el género más temido por el imaginario masculino, el hecho de asumir una primera persona desde el humor anula el fetiche y/o ideal o fantasía masculina.

 Según Umberto Eco, en la Edad Media existieron varias representaciones de la mujer como símbolo de la decadencia no solo física sino también moral en oposición al canon de belleza social marcado por la juventud como símbolo de belleza y pureza. En el Renacimiento, la fealdad femenina pasó a ser objeto de diversión y burla. Estas miradas sobre la mujer  han sido influencia para la construcción de un imaginario colectivo que luego se vería reflejado en la construcción de los personajes del teatro y el cine. Por un lado la imposición de belleza-bondad-juventud, contrapuesto al concepto de fealdad-maldad o inmoralidad-vejez. Del primer grupo nacen las heroínas:  “damisela en peligro”, “princesa”, “ama de casa sumisa”, y del segundo grupo nacen las villanas, no dignas del deseo masculino. La belleza siempre ha estado relacionada a lo sublime, y   en términos nitzcheanos se podría decir que  se acerca  a Apolo y a la Tragedia, mientras que la “fealdad”, por su parte, se relaciona a la comicidad. Entonces se podría  decir que “la mujer cómica” no puede ser – la mayoría de veces- una mujer que entre en los cánones de belleza y/o moral.

 Hasta la década de 1980 ha habido varias mujeres comediantes así como personajes femeninos cómicos, lastimosamente, la mayoría de ellos- haciendo contadas excepciones, como el caso de los creados por Nora Ephron- han sido creados por hombres. Gloria Swanson no estaba conforme con ser una actriz cómica y buscaba personajes más “serios”,  por ello se convirtió en “mujer fatal” en las películas de Cecil B. DeMille. Marion Mack, nombre que solo se conoce por haber actuado como la novia de Buster Keaton, después de participar en sus películas cómicas decidió empezar una carrera propia de guionista. Escribió un guión autobiográfico llamado Mary of the movies, la cual también protagonizó. Lastimosamente sus guiones no fueron bien conservados y hoy nadie la conoce. A Paulette Goddard, otra actriz del cine mudo con gran madera para la comedia, solo se la conoce por su esposo, Charles Chaplin. Aunque fue una de las primeras grandes comediantes y de hecho, logró construir un personaje que atravesó varios films,  Lucy Ball no logró crear un discurso propio ni apoderarse de una mirada. A pesar de haber creado un personaje femenino cómico que tenía suficientes elementos para ser más profundo, María Velasco no logró convertirse en autora de La India María, pues este no deja de ser un personaje tratado desde una mirada masculina y patriarcal.

En la actualidad ha surgido, al fin, una pequeña tendencia de mujeres con postura feminista que se auto-representa desde el humor. Es el caso de la estadounidense Lena Dunham (1985), la inglesa Phoebe Waller-Bridge (1985) , la también estadounidense con descendencia alemana Greta Gerwig (1983), la estadounidense Amy Schumer (1983),  la argentina Malena Pichot (1982), entre otras. Coincide que estas mujeres tienen más o menos la misma edad. Todas se auto-representan, es decir, su cuerpo y su propia biografía son los materiales para crear un personaje cómico. Coincide, también, que ninguna de ellas entra en los cánones de belleza ni moral. Todas aman sus cuerpos reales y hacen de él su principal herramienta de trabajo. Es desde el cuerpo que empiezan a cambiar el mundo. Después de años de dominación masculina en las pantallas, parece que la comedia, vetada durante años para las mujeres y personajes femeninos de manera estratégica por el sistema patriarcal, al fin ha sido apoderada por las voces de nuevas mujeres. Decía Claire Johnston en los años setenta: “La “verdad” de nuestra opresión no puede ser “capturada” en el celuloide con la “inocencia” de la cámara: ha de ser construida/manufacturada. Hay que crear nuevos significados destruyendo el armazón del cine burgués masculino dentro del texto de la película”. Parece que al fin lo estamos logrando.

Female is the new black (pero no debería serlo)

Por Alejandra Coral Mantilla (@alejandracorman)

 

Orange is the new black es una de las series más destacadas de Netflix. La serie utilizó la fórmula mágica del éxito: mujeres. Si a esas mujeres les añadimos una dosis de lesbianismo, racismo, empoderamiento, religión, aborto, violación, relaciones amorosas, abuso de poder, variadas clases sociales; y todo junto en una cárcel, ¡BOOM! No hay forma de que salga mal. Sin embargo, aunque soy una fiel seguidora de la serie, es innegable que —la mayor parte del tiempo— es un producto acaramelado; pese a estar basada en la historia real de Piper Kerman, la mujer que escribió una autobiografía con el mismo nombre (Orange is the new black: My Year In A Women’s Prison, 2010) y quien es interpretada por Taylor Schilling en la serie. En determinado punto, el show te hace sentir que esa cárcel es como una versión alterna del clásico high school americano.

Uno de los desperdicios de la serie es la relación amorosa heterosexual que tenía la protagonista al ser encarcelada. Ese tema, esa ruptura, pasa casi sin pena ni gloria. El personaje masculino, Larry Bloom —interpretado por Jason Biggs— que da vida al novio de la protagonista Piper Chapman es un mero adorno. De hecho, todos los personajes secundarios masculinos que aparecen en la serie están dibujados de manera torpe: los guardias son tontos, el consejero es un perdedor, el hermano de la protagonista es un fracasado. (¿Quizás con la intención de resaltar o contrastar a las mujeres, protagonistas, como las fuertes de la historia?) Ninguno tiene una función profunda, todos se quedan en la superficie y sirven, básicamente, para estorbar, molestar o incomodar a las mujeres. Lo irónico —¿y divertido?— del asunto es que esta receta ha sido utilizada por años, pero al revés.

Las mujeres, generalmente han sido (y son aún) en el cine y la televisión, personajes secundarios no sólo como una categoría actoral; sino en sus funciones. La pregunta entonces es: ¿queremos dar la vuelta a la tortilla o que no exista tortilla para voltear? Como espectadora, y como guionista, me encontré un tanto molesta viendo a estos personajes masculinos actuar de forma tibia. Pienso: es normal que existan personajes así, como en la vida. Sí, los hay. ¿Pero todos los hombres deben ser así en esta serie? ¿Todos? Lastimosamente, este problema de construcción de personajes no sólo afecta a los hombres. Las mujeres (casi todas) son representadas de manera simple, repetitiva y estereotipada. Es una serie gringa, así que escapar de los estereotipos parecería ser un reto. Pero agradezco que no sea una serie más al estilo Sex & The City o Desperate Housewives, donde el centro de su vida, problemas y alegrías es el hombre y el hogar. En OITNB, las mujeres (casi) no hablan de hombres como ‘tema’. Sus problemas son otros. Generalmente son ellas mismas, sus anhelos, su sexualidad, su moral. La diversidad (de clase social, de raza, de cultura) de los personajes hace que pensemos en lo que significa ser mujer; y no hay una sola forma de serlo, sino tantas como las circunstancias lo permitan. Y precisamente esa diversidad, esa belleza humana de las protagonistas, hacen que OITNB sea una serie imprescindible. Aunque no es revolucionaria, sí es rupturista en muchos aspectos. El concepto de girl power se siente en cada capítulo: han hecho huelgas juntas, han hecho fiestas, han hecho negocios. Allí están solas; y pese a las diferencias, cuando tienen que unirse para protestar por alguna injusticia o maltrato en la cárcel, lo hacen. Pero la serie también nos recuerda que ser mujer es difícil aún en un mundo en donde —prácticamente— no existen hombres.

Female is the new black, sí. Pero no debería serlo. ¿Por qué? Porque ya es momento de que lo femenino —y lo feminista— deje de ser una tendencia, una lucha, un esfuerzo. Que la existencia de una serie como OITNB deje de ser una novedad y se vuelva algo regular, recurrente, habitual, ‘normal’. Entonces ahí, y sólo ahí, podremos ser mujeres sin tener que llevar una etiqueta.

Día de la mujer en Colta

Por María Fernanda Andrade

Nube,

bulto que leva cargado de océanos.

Parida de dos meses, se le cayó su tesoro,

mientras su fecundador, un vaho caliente,

dice que está ofendido por una suerte de condena.

Este pobre bostezo,

cunde en el acento grave de sus gotas de acero

que cortan las vetas no condensadas, o sea, infértiles.

Pero ella, aunque sea sola, se cree madre,

el bulto moreno, una nube que carga océanos.

Por María Fernanda Andrade

El círculo de las buenas madres

Por Julia Rendón

El círculo de las buenas madres

Estoy sentada en un círculo con mis nuevas amigas. Todas llevan faldas largas y floreadas y grandes cadenas de piedras. Algunas tienen trenzas. Yo estoy puesta jeans y una camiseta. Ellas hablan sobre sus partos naturales en agua o en una silla especial, agarrándose de cuerdas para pujar. Su canción favorita de la yogini Snatam Kaur a un volumen bajo para no molestar a los recién nacidos. Ellas mismas recibieron a sus bebés. Dicen que sus milk-shakes de placenta fueron deliciosos.

Yo también tenía una canción de Snatam Kaur en mi playlist de parto. Además, tenía a The Doors y Los Piojos. Las cosas salieron distintas a lo que planeé, tuve una cesárea de emergencia. Fue perfecta para mí, pero probablemente no para este grupo de mujeres, así que me quedo completamente callada.

Hablando de milk-shakes, para mí no fue tan fácil como para estas otras mamás darle de lactar a mi hija en las primeras horas de su vida, pero lo logré y nunca le di una mamadera. Lactó hasta que, al año y medio, ella misma decidió que no quería más. Para este círculo, el no dar la teta hasta pasados los dos años quiere decir que eres una mamá incompetente. Así que, nuevamente me quedo callada.

En otro escenario, estoy invitada a tomar el té por un círculo diferente de amigas. Siento estar en Londres a pesar de que me encuentro en Quito. Las mesas parecen de cuento de hadas con vajillas de flores y tazas y platos vintage.

Estas mamás usan jeans con zapato de taco de punta. Carteras Gucci y Louis Vuitton descansan impecablemente sobre las sillas. Las mujeres toman champagne. Cuando me ofrecen una copa, me niego explicándoles que estoy dando de lactar, y esa es la última oración que logro decir durante toda la tarde.

Ellas están en shock, les parece demasiado tiempo. Me dan consejos sobre cómo destetar. Me recomiendan que la deje llorando hasta que se canse, o que le dé avena para que se llene la panza y no me pida más. Yo no tengo ganas de que mi hija deje la teta todavía. No tengo ganas de dejarla llorando. No tengo ganas de darle avena ni de hacer nada de lo que alguien más me dice. Así que, otra vez, me quedo callada.

Con otro círculo de madres, nos encontramos en una librería. Después de dos años y medio de quedarme con mi hija en casa, estoy pensando en buscar una guardería para poder tener algunas horas para volver a trabajar. Ojos de reproche dejan de mirar los libros para verme a mí cuando les cuento mi idea. Luego, un debate sobre el home-schooling estalla. Sin hacer más preguntas, todas estas mamás piensan que pretender mandar a mi hija a una guardería me hace un ser despiadado. Así que, otra vez me callo.

Volviendo a casa, me pongo furiosa con las mamás: las hippies, las peluconas, las intelectuales, las que hacen home-schooling. Absolutamente todas. Todas las que, en ese momento me doy cuenta, también estoy juzgando.

Las mamás nos comparamos, nos juzgamos unas a las otras, nos sentimos inseguras. No sabemos si somos “suficientemente buenas” madres. Y en ese maternar, nos olvidamos que no hay una sola forma correcta, entonces, queremos con todas nuestras fuerzas que nuestra forma sea la de todas. Nos olvidamos, cuando estamos junto a otras, que un círculo de madres debería ser un grupo de mujeres que se juntan para darse soporte en este camino emocionante e intenso de la crianza.

La autora María Llopis habla sobre la maternidad subversiva como aquella que cuestiona el embarazo, el parto y la crianza en nuestra sociedad patriarcal. Yo voy a ir con algo más sencillo. Que lo subversivo puede ser el darse cuenta que, a pesar de la sociedad, de las opiniones, de la propia exigencia exacerbada que nos solemos poner a nosotras mismas, sí somos buenas madres. Aceptar que lo hacemos lo suficientemente bien es el paso para crear vínculos de apoyo y puentes de encuentro y empatía con las mamás que no piensan y no maternan igual que nosotras. Y este es un paso grande para todas las mujeres.

En mi experiencia, una de las cosas subversivas que he hecho en el camino de la maternidad ha sido asegurarme a mí misma que la forma en que yo parí y crío a mi hija es mía, y que lo estoy haciendo bastante bien. Nunca podré evadir del todo el juicio y la crítica. Puedo quedarme callada, pero mido las palabras que escucho y soy yo quien decido si tienen mérito o no. Y más aún, cuando veo esas miradas de reproche de otras mamás, estoy segura que no le debo una explicación a nadie.


 

Alguien

Por Daniela Alcívar Bellolio

Buenos Aires, viernes 14 de abril de 2017

Pocas veces me siento tan poderosa como cuando he ideado un nuevo proyecto. Idear es un verbo impreciso: nunca ideo nada. Mientras duermo, o mientras me dejo ir plácidamente, olvidada de todo, por donde quiera ir el pensamiento distraído, algunas veces me asalta una idea: un plan, un propósito. Es ese el momento más feliz, porque todo es nuevo, todo es posibilidad. Generalmente cumplo estos propósitos, los que acaecen por la gracia de su propia caducidad, ajenos a los deberes que me he impuesto y a las necesidades de la vida adulta.

Así vine a vivir a Buenos Aires hace doce años, escribí mis dos libros, empecé mi investigación doctoral (que poco a poco, amargamente, se fue pasando al bando de las obligaciones) y es así también como ahora escribo dos libros nuevos y emprendo la vuelta, llena de misterio, a Quito. El origen de todos estos movimientos ha sido misterioso y simple: ha sido diáfano, porque no guarda secretos, no esconde profundas razones, pero aun así no lo entiendo, ignoro completamente a qué respondió, de dónde vino, de qué extraño paisaje desconocido se extrajo para emerger, de pronto, en la superficie de mis intenciones.

Así también, como un capricho universal, singular para mí pero con la belleza de lo que puede pasar en cualquier momento y en cualquier lugar, llegó mi bebé a mi barriga. Llevo cerca de cinco meses embarazada. No sé nada, no entiendo lo que siento. Hoy, sola en mi casa, cantaba desafinada y a los gritos una canción de Spinetta. Y de pronto sentí por primera vez una patada desde dentro. Alguien patea desde mi adentro, se manifiesta, no sé si identificado con mi alegría momentánea o ajeno a todo, y me hace saber que mi cuerpo está hendido por alguien más que no soy yo pero, sí, soy yo. Mi cuerpo está atravesado por otro. Mi cuerpo siempre ha sido otro.

Alguien patea desde dentro de mi vientre.

Una sexualidad muchas veces cohibida (muchas veces, también, acuciada) por la culpa me atacó cuando era adolescente (y también antes, en la niñez). Un deseo que no entendía pero al que me abría placenteramente, violentamente, frenéticamente tantas veces como podía, escondida debajo de mis sábanas, sola, y luego acompañada. Mi cuerpo en pugna con todo lo que me habían dicho del amor, con un enorme peso moral de años de adoctrinamiento religioso sobre lo que el cuerpo es (una cárcel, un impedimento para la virtud) y sobre lo que el sexo debería ser (un paso obligado, algo medio sucio, medio malo, casi un sacrificio, para eventualmente procrear). Mi cuerpo que, solo, se arrancaba a esas ideas muertas y buscaba a tientas los modos de complacerse y de abrir nuevos canales para la sed. Los modos de alcanzar su máximo grado de autodiferenciación. De encontrarse ajeno a mí, desviado de mí: eso fue para mí el sexo cuando me di cuenta de que me era imprescindible, porque explorándolo, experimentando los afectos indecibles que emergen ante el roce de un cuerpo amado (el sexo, de un modo distinto al que me inculcaron, ha sido para mí siempre, o al menos en sus mejores versiones, una forma extrema del amor) fue que empecé a entender que mi vida (cualquier vida) pasa por lugares incomprensibles y por experiencias inauditas, que nunca podré narrar satisfactoriamente. Por eso quienes han sido mis amantes ocupan un lugar irrevocable en el modesto mapa de mis afectos.

 

No sé por qué escribo de sexo el primer día que siento que alguien patea desde dentro de mi vientre. Quizá porque vuelvo a sentirme extraída del flujo de lo cotidiano por un hecho común, quizá incluso vulgar: el embarazo. Durante estos meses de ver cambiar mi cuerpo y de sentir el caos de lo nuevo reconfigurar todas las estructuras de mi vida, nada me ha sido tan extraño como la retórica de la maternidad romántica: el amor de la vida, la felicidad absoluta desde el primer positivo, el destino y la causalidad. He procurado no sentirme inepta ante esas manifestaciones absolutas (siempre tiendo a sentirme en falta) para beneficiar una experiencia auténtica de lo que me acontece, menos universal que todo ese amor sin fisuras: la extrañeza de un cuerpo que se mueve dentro del mío, la ambigüedad de todo lo que mi cuerpo puede. Gracias a lo nuevo puedo vivir. La maternidad que aún no entiendo, que aún no vivo más que desde el indicio y la sospecha, desde el miedo, la alegría fugaz y la impaciencia, es otro recomienzo y no una continuidad. No es otra etapa más de la vida, es mi vida agenciándose otra potencia, que no me nace calificar aún de buena, que no me nacerá nunca calificar de sagrada, de única, porque vivo esto de modo estrictamente material: viendo crecer mi abdomen y mis senos, viendo oscurecerse mis pezones y mis brazos incomodarse porque ya no saben por dónde llegar a mis zapatos cuando los cordones se desatan. Vivo esto desde mi cuerpo, que siempre es otro cuerpo, que siempre deshace lo subjetivo, así como el sexo, así como el sueño, así como el recuerdo, porque mi hijo o mi hija se está abriendo también paso con su cuerpo mínimo, se está tomando mi sangre y mis entrañas para hacerse un hogar. Ese hogar un día lo expulsará, y entonces yo sabré lo que es, de verdad, convertirse en otro.

Yo, la mala madre

Por Paulina Simon

El otro día estaba en la dentista, en una de las posiciones más vulnerables que hay, con la boca abierta, y sin poder hablar. Ella me contaba de un niño al que trataba, que a los 6 años estaba perdiendo todos los nervios, debido a las caries. Tenían que hacerle un tratamiento largo y doloroso y el niño lloraba mucho. Finalmente agregó: “No entiendo por qué la mamá no le habrá cuidado”. La mala madre.

Niños descontrolados en un restaurante, gente los mira y piensa: “¿Por qué no hace algo la mamá?”. La mala madre. Niños sentados en una mesa con un ipad cada uno: “Pobres niños en está época ya nadie se ocupa de ellos”. Las malas madres. Grupo de madres hablando de otras madres que no cuidan a sus hijos como ellas: malas madres. Mamá que lleva a evento escolar hot dogs y caramelos vs. Mamá que lleva frutas y granola: la una a la otra, mala madre. Mamá que va al evento escolar, pero que está viendo Facebook en su teléfono. Mala madre. Mamá que lleva a los hijos al parque, pero se sienta lejos y fuma. Mala madre. Madre que recibe de sus parientes cercanos o de su misma madre, las constantes: ¿Cómo es posible que el guagua esté despierto a esta hora, o dormido a esta hora, o comiendo eso, o sin comer eso, o vestido con eso o sin aquello?

Soy madre desde hace 6 años, o quizá debería decir soy mala madre desde hace 6 años. Por que aparentemente no hay forma de hacerlo bien. Tengo dos hijos varones, uno de 6 y otro 3. Ambos criaturas maravillosas, guapas, vitales y simpáticas, o eso es lo que siempre me dicen. Ambos seres amados, demandantes hasta niveles de tiranía, llorones, insomnes, tercos e incansables.

Fui madre a los 30 años. Tenía muchas ganas de serlo. Fue una decisión consciente y voluntaria, en ambos casos. Sin embargo, el modo en que ser madre ha cambiado mi vida, mi matrimonio, mi capacidad intelectual y mi sentido del humor es algo que aún sigo descifrando, y evalúo cada día, varias veces al día.

Yo pensaba que si todo el mundo tiene hijos, y es aparentemente la cosa normal de hacer, iba a ser un poco más sencillo. Pero no. Lo primero para mi, fue el acoso general, esa etiqueta de mala madre que está en todos lados en forma negativa o camuflado de mensaje positivo: eres mejor madre si pares naturalmente, si das de lactar, si practicas el colecho, si crías con apego, si estimulas con música, si educas Montessori. Quizá nadie lo dice así, pero así es como se entiende, cuando todo lo que quieres es hacer las cosas “bien” tener hijos felices, cambiar el mundo, lograr que no sean como tú, acabar con la crianza autoritaria como la conocías.

Cuando nació mi primer hijo, a los 15 días me sentía aplastada, entre la falta de sueño, factor verdaderamente enloquecedor (todo lo que alguna vez te digan sobre lo mal que vas a dormir y  como eso te volverá, eventualmente, loca; es cierto), el dolor, las dudas y el exceso de visitas acosadoras que ya querían saber en qué colegio iba a estudiar ese, casi microbio, me tenían desorientada. Fui a un control con el médico que me dijo como consuelo: “Las mujeres en el campo paren y al día siguiente se van a cosechar, son solo ustedes, las de la ciudad, las intelectuales, las que se hacen problema por todo y se deprimen”.  Repetir hoy, en mi mente ese “consuelo”, me pone furiosa y la persona que soy ahora hubiera reaccionado, pero el amasijo de hormonas, pezones completamente destruidos, una cicatriz de 10 cm en la vagina que no me permitía ni sentarme bien, solo agachó la cabeza y empezó a culparse por ser débil, por ser, desde ya, mala madre.

Con los años, aunque el acoso general realmente no se acaba nunca,  aprendí a recibirlo con sarcasmo y la cabeza en alto. Luego viene lo verdaderamente importante, este dolor existencial profundo que golpea cada una de mis emociones a diario, la responsabilidad de criar seres humanos en este mundo, la tarea titánica de darles felicidad, bienestar, amor, de romper con ellos los círculos viciosos de violencia en la crianza, de querer modificar su herencia, de reescribir la historia que yo tengo con mis propios padres y abuelos.

Y finalmente, entre el acoso mundano, y el acoso espiritual, … la vida diaria. Trabajar y tener dos hijos y tratar de mantener un estándar mínimo de salud física, aseo y cordura, es la meta de todas las semanas. Yo no se como ser una buena madre. Porque dicen que los hijos de las buenas madres que no gritan, ni dicen malas palabras, que no revisan el celular, que juegan con ellos, que son atentas y dedicadas… dicen que esos niños se autorregulan y cooperan, que su libertad influye en su buen comportamiento. Yo no sé nada de eso. Mis hijos gritan, lloran, ríen en una misma escena. Mis hijos riegan todo, ensucian todo, se orinan en todo lado, a veces no se bañan y pierdo la cuenta de cuando se bañaron la última vez. Mis hijos duermen en rounds de dos horas (cada dos horas se cambian de cama). Mis hijos hacen pequeños espectáculos en público, siempre.  Mis hijos me dicen todo el tiempo: tú eres mala.  Yo me juzgo a diario. Me arrepiento. Lloro. Estudio sobre hijos. Hago terapia. Constelo. Inicio un proceso de meditación todos los lunes. Lo dejo de hacer los martes. Yo trato de seguir siendo humana. De no consumirme del todo en mi cinismo. Trato de escribir. Trato de filmar. Trato de dar clases. Trato de ir al baño con la puerta cerrada con llave.  Yo pienso de mi misma, que no debo ser tan mala, que si fuera realmente mala (y valiente) ya me hubiera ido.

¿Entonces que tiene de bueno ser madre? No estoy segura. Pero hay una cosa. Una sola, en la que creo que yo he cambiado para bien, en la que creo que la maternidad me ha enseñado algo. Cuando manejo y alguien me pita, me rebasa, me insulta; yo pienso: “Pobre, debe ser padre”. Cuando una cajera, una mesera, una recepcionista me atiende pésimo. Yo pienso: “Pobre, debe ser madre”. Seguro,  igual que yo, anoche no durmió porque uno de sus hijos vomitó toda la noche, porque se empachó con caramelos que le dieron los abuelos. Cuando veo niños malcriados, pienso en los míos con cariño. Empatía y sentido del humor. eso me traído la maternidad en abundancia y lo valoro a diario.

Lo otro, lo romántico, el amor de madre, ese que nos han vendido, ese, no se qué es. Pero el amor que experimento por ellos es un instinto animal, algo que ahora no me siento capaz de explicar. Todas las noches, después de días agotadores, harta de todo, me meto con ellos en la cama. Nos abrazamos, leemos, empiezan a sudar, empiezan a quedarse dormidos, uno metido en mi axila, otro acostado sobre mi brazo. Carne con carne. Son míos. Salieron de mi. Los deseo profundamente. Son cachorros. Animales como yo. Nos fundimos en ese abrazo que dura poco y es todo. Ya mañana seremos otra vez niños malcriados y mala madre. Tenemos una vida por delante.

La humanidad es un virus [y yo decidí ser madre de gatos]

Por Marcela Ribadeneira

Tengo dudas acerca de todo, miles. Vivo sorteando la incertidumbre sobre qué quiero hacer de mi vida (a esta edad, los 34, sería más bien “qué quiero seguir haciendo”). Vivo cuestionándome cada decisión, cada elección, cada convicción. Solo tengo una certeza. Y es férrea.

Tener hijos —sin antes reflexionarlo muy bien— siempre me ha parecido un acto de conformidad absoluta con las normas sociales y culturales. ¿No debería preguntarme un par de cosas antes de transmitir mis genes, de perpetuar en otro ser los males y los defectos que yo misma no puedo manejar? ¿No vale la pena considerar qué cosas materiales podría darle, especialmente en un país donde una consulta médica privada puede llegar a costar USD 90? ¿No se me tuerce un poco el estómago cuando veo la especie cruel, egoísta y exterminadora que somos, cuando veo la hijueputísima desigualdad en la que vivimos? ¿Quiero traer a un nuevo ser a este planeta cuando hay tantos nuevos seres que explotan en pedazos en Siria, que mueren en Yemen consumidos por su propio organismo porque no tienen qué comer, que se ahogan tratando de llegar a las costas europeas del Mediterráneo para huir de la guerra o que trabajan en las calles de Quito —desde antes de tener la edad para ir al jardín de infantes— vendiendo flores y chicles durante las noches frías y frente a la incomodidad de los pasantes?

Por otro lado, ¿creo que soy capaz de educar a un buen ser humano? ¿Creo que existe algo parecido a un buen ser humano, alguien que pueda realmente aliviar el sufrimiento que está en todos lados, incluido el lugar de privilegio del que puedo provenir y que habito? ¿Creo que vale la pena poner mi ramita de ADN para perpetuarnos como especie? Sí, en el mundo pasan también cosas buenas que hacen que valga la pena vivir y podría ser egoísta negárselas a alguien más (aunque ese alguien solo exista como idea, como posibilidad). Pero no puedo sacar esto de mi mente y de mi corazón: un niño es un humano chiquito. Y, aunque haya la posibilidad de que ese humano chiquito se convierta en un humano fantástico —como uno de esos que admiro porque su empatía trasciende hacia otras razas, religiones, ideologías y especies, y no se queda en el sesgo que dictan las construcciones culturales—, no quiero tener parte en la perpetuación del virus que somos. Me atrae más la idea de lo que puede llegar a ser un mundo sin humanos, aunque yo no esté aquí para verlo. Y esa es la causa a la que ulteriormente quisiera contribuir, si es que creería que existimos por una causa o propósito.

Además de los argumentos racionales y existenciales que puedo dar alrededor de mi decisión, también está la ausencia del instinto de convertirme en madre. Nada dentro de mí me llama a tener un hijo (ni siquiera el hecho de que —como sorprendentemente me lo ha señalado más de una madre— no habrá nadie que me cuide cuando sea vieja y me enferme). No siento la necesidad ni las ganas ni la urgencia de tener uno. Me gusta salir a comer sin tener que dejar mi plato a medias porque debo calmar un llanto. Me gusta poder hacer viajes largos. Me gusta salir las noches hasta la hora que quiera. Me gusta poder tomarme días enteros para no hacer otra cosa más que escribir o hacer reportería. Me gusta mi cuerpo como está. Me gusta el silencio. Me gusta no tener idea de qué programas infantiles de Tv están de moda. Me gusta no saber quién es Pocoyo. Me gustan todas esas frivolidades y no me averguenzo de ello. Me gusta como es mi vida sin niños. Eso, aunque para muchas personas sea difícil de entender, no significa que los odie. No significa que yo sea una “amargada”. No significa que, si tengo que interactuar con uno, la pase mal o deba fingir que me divierto. Significa simplemente que un niño no está entre las cosas por las que mi interior clama. Significa que no estoy dispuesta a apostar la vida de un nuevo ser solo para ver si mi “instinto materno” se puede activar.

Además, hay otras formas en las se puede manifestar el llamado a cuidar a alguien que no sea uno mismo; a protegerlo, a darle la mejor vida posible. Que no tenga ni quiera tener hijos no equivale a que no me sienta madre (no saben cuánto les molesta a algunas madres oírme decir esto). En mi casa viven cuatro gatos: Stellan, Patti, Lili y Clarita. La penúltima tiene asma y la última, parálisis de patitas traseras e incontinencia (usa pañal). La vida que Eduardo y yo hemos elegido se organiza alrededor de las necesidades de nuestros gatos y de su bienestar (no, yo no le lavé el cerebro, él eligió, tanto como yo, vivir childfree). A diario cambiamos pañales a una, damos corticoides por inhalación a otra y nos ocupamos de que todos coman, jueguen y estén limpios. De que no les falten juguetes ni lugares abrigados para dormir ni chequeos veterinarios. No ha faltado la gente que nos reprocha por “humanizar” a nuestros gatos y por darles “tantos cuidados”. No ha faltado la gente que nos reprocha por gastar dinero en animales. No ha faltado la gente que piensa que el cuidado que les damos es una aberración. Nunca falta la gente a la que le parece imposible que lo que sentimos por nuestros gatos se parezca a lo que ellos sienten por sus hijos. Pero nosotros sabemos, porque lo vivimos cada día, que un hogar se puede establecer trascendiendo muchos límites, incluidos los que hay entre especies. No es fácil ni perfecto, pero nos las arreglamos.

Desarma y sangra

Por Carla Vera

Si hay una cosa fundamental que he aprendido estos dos últimos años que he luchado contra una ansiedad intermitente es que no hay nada de malo en romperse. Romper el silencio. Romper a llorar donde y cuando me dé la gana. Romper mi máscara. Romper mis viejas ideas de qué es “ser fuerte”. Romperme para armarme de nuevo.

Todo empezó en la ciudad más pacífica y apropiada para tener un ataque de ansiedad en todo el universo: Nueva York. Era verano de 2014. En Grand Central todo el mundo se derretía del calor, pero el tren en el que iba a viajar parecía un congelador. Pocos minutos después de que comenzara a andar, sentí un mareo, seguido de palpitaciones aceleradas, respiraciòn agitada y pensamientos terribles. Quien ha tenido un ataque de pánico sabe que es una sensación extremadamente angustiante. Y el que no, pues no se pierde de nada.

No entendía qué me estaba pasando físicamente. No tenía teléfono, no podía comunicarme con nadie fuera de este tren. Me esperaba al menos una hora más de viaje en el congelador y las ganas de huir me invadían en cada parada. Miraba, uno a uno, a cada ejecutivo de corbata que viajaba conmigo, en una búsqueda inútil por algún signo de empatía, una sonrisa. Desesperada, e incapaz de pedir ayuda, me encerré en el baño. “Si esto fuera un ataque al corazón ya estaría muerta. Voy a estar bien“, me repetía a mí misma, frente al espejo. Exhalé. Inhalé. Muchas veces. Mejoré. Regresé a mi asiento y me quedé dormida sobre la bolsa de ropa sucia que llevaba conmigo.

Al llegar a casa y googlear los síntomas (la solución menos recomendable para cualquier situación) me encontré con una descripción detalle a detalle lo que me había sucedido. Traté de no darle mucha importancia y me quedé dormida. Los días siguientes, me envolvió el temor de subirme al tren, de que vuelva a paralizarme la angustia. Prefería caminar o ir en bicicleta y evitaba a toda costa los lugares con muchísima gente (en Nueva York, una hazaña compleja). Viví esa angustia en silencio, estaba en negación.

Dos meses después llegué a Quito y decidí visitar a mi homeópata que me confirmó lo que ya sabía: ataque de pánico, ansiedad. En ese momento se abrió un nuevo mundo para mí. Uno que hasta entonces no había visitado: el mundo interno.

Vivir con ansiedad puede ser una mierda, pero también es una gran oportunidad para conocerse. Para renunciar a eso de querer agradar al resto y hacer las cosas por uno. Cuando empecé a ir a terapia entendí que aún hay que erradicar el estigma de que las enfermedades mentales o emocionales son signos de debilidad. Buscar ayuda profesional no nos vuelve locos o incapaces, es un gesto de amor propio. Y encontrar espacios, gente y cosas que nos hagan bien es súper necesario.

Pronto me convertí en una suerte de gurú de los ataques de pánico y aprendí tips para atenuarlos. Ell más importante: no huyas, vívelo. Se aplica a toda situación incómoda de la vida. Hay que enfrentarla aunque nos dé muchísimo miedo. Hay que tenerse paciencia. Hay que amarse. Hay que perder el miedo –también- a acercarse a la gente, a los amigos, decir “oye, sabes que esto me está pasando, no te tomes personal si cancelo planes o cosas, porque me estoy sanando”.

Perder el miedo a la vulnerabilidad es una de las demostraciones de amor propio más importantes que he hecho. Me acuerdo que cuando todo empezó me encerré en mi propio estigma hacia lo que me estaba pasando. Siempre fui la chistosa, fuerte y consejera de mis amigos. Siempre fui la que estaba ahí para ellos, así que cuando entré a esa cueva que tanto temía para encontrar el tesoro, como dijo Joseph Campbell, no hubo muchos que se acercaron a preguntar: “oye, ¿y tú cómo estás?”. Viví mucho tiempo mi dolor en soledad. Y sí, la soledad es necesaria pero nunca está mal acercarse a la gente. Es preciso sacudirse la idea de que cuando nos quebramos nadie nos va a amar. Nuestras cicatrices son hermosas y nos hacen más humanos. Lo que sea que estemos viviendo no nos hace menos merecedores de amor, o de atención porque, (spoiler alert), nadie –nunca- es 100% fuerte t o d o el tiempo.

Cuando decidí hablar públicamente de lo que me estaba pasando se despertó la magia. Más y más personas me escribieron para contarme que ellas también estaban pasando o pasaron por algo similar. Las inspiré a buscarse a sí mismas y a ayudarse. Fui, de alguna u otra manera, la persona que yo necesité cuando todo comenzó. Cuando una persona muestra sus “debilidades”, estas se convierten en fortalezas. Hablar de nuestras experiencias pueden cambiar una manera de pensar y encender una luz. Es una manera de acompañarse en el camino -hermoso, a veces turbulento- que es la vida.

The queer is not the queer (O el día que quise ser drag queen y no pude)

Por Rocío Carpio

Lentejuelas llenas de vestido, maquillaje como hipérbole de una feminidad pulida. Vestidos hiperrealistas, ceñidos, que no pretenden tornear un cuerpo femenino ni feminizado. Esos cuerpos rectos, sin cintura, sin pechos, ni caderas, pero moldeados a la fuerza por corsés y medias nylon, son cuerpos que delatan lo que son: un travestimiento que no busca mimetizarse con el ritual de lo femenino, pues tiene su propio ritual estético. No. Esto es otra cosa, aquí hay una clara intención de intuir el cuerpo masculinizado detrás del performance de lo femenino. Las hiper-mujeres que construyen las Drag Queen son mujeres todopoderosas y basan su poder en la precisa dualidad de los roles masculino/femenino superpuestos entre sí. Es el poder serlo todo en el plano de la representación, allí en donde los límites de la realidad se funden con la puesta en escena de los cuerpos que terminan convirtiéndose en un tercer sexo, desde la representación de aquella dualidad que deriva en una mística propia. Y supongo que, dentro de esos parámetros, el requisito para ser uno de ellos es la ambivalencia.

Hace diez años quise ser Drag Queen. Quería travestirme de la mujer hiperbolizada, y romper la propia dualidad de la construcción de mi feminidad.  Así que en una marcha del orgullo Gay me acerqué al número uno de las Drag  y le pregunté que si podía ser uno de ellos.

-Quiero ser una Drag Queen.

-No puedes serlo querida. Tú solo puedes ser un Drag King.

-¿Pero por qué no?

-Porque eres mujer.

-Pero yo no quiero ser un Drag King.

Lo último fue silencio y un gesto de “no se puede hacer nada”, levantando sus brazos y encogiéndose de hombros. Yo no quería ser Drag king, no me interesaba la hiperrealidad masculina sino la femenina. Lo que quería era hiperbolizar desde el histrionismo del travestimiento a la feminidad establecida, no a la masculinidad. Pero no me fue permitido. Porque en el mundo LGBTI la binaridad de los roles sigue siendo ley. Son identidades de género y sexuales que están casi en su totalidad enmarcadas en la dualidad masculino/femenino. No obstante, hay muchísimas posibilidades -tantas como individuos hay en el mundo- que se ubican entre las incontables grietas de esos roles impuestos. Se trata de la sexualidad de los intersticios. Allí en donde los arquetipos básicos de feminidad y masculinidad son deconstruidos desde la noción de que esa binaridad (que permea la dinámica de roles heteronormados a las prácticas de los grupos LGBTI) es una construcción social. Y dentro de ello, un performance imitativo, como diría la teórica feminista Judith Butler.  

“El travestismo no es una imitación de un género auténtico, sino que es la misma estructura imitativa que asume cualquier género. No hay género `masculino’ propio del varón, ni uno `femenino’ que pertenece a las mujeres; el género es consecuencia de un sistema coercitivo que se apropia de los valores culturales de los sexos.”.1

Intuitivamente entendiendo que ser mujer era ya una especie de travestismo, durante años  no me identifiqué con esa construcción social de la feminidad, así que me replegué hacia el mundo masculino a ver si ahí encontraba esa identificación que buscaba. No la encontré, obviamente. En esos años no supe explicar qué mismo era yo, pues los roles identitarios binarios impuestos no me satisfacían: no era ni una mujer tradicionalmente femenina, ni una marimacha. Me gustaban los hombres, sí, pero no la masculinidad tradicional sino otras identidades intersticiales, sutiles e indefinibles. Empiezo por esa época a entender que hay más formas de ser y construirse. Esa era la clave: el construirse. Descubro también que aquellas formas alternas o sexualidades periféricas no son anormales, quizás sí particulares, transgresoras y naturalmente disidentes. Simplemente son.

Me nace, entonces, una fascinación por las trasgresiones del cuerpo/identidad.  Y hallo al travestismo como la fuerza mayor de la puesta en escena de la ambivalencia de los roles. E incluso como un cuestionamiento a la camisa de fuerzas de esa binaridad: se podía ser ambas cosas a la vez, y al mismo tiempo transgredir los roles al ser la puesta en escena de ellos mismos y convertirlos en una tercera identidad indefinible. El performance del performance. Con los años intento heteronormarme quizás por una voluntad de facilitarme la vida: era complejo vivir en la gelatinosa esfera de la indefinición identitaria, o quizás, en la ruptura del molde y la interiorización de las prácticas individuales contra-culturales, nacidas instintivamente en mí.

Años más tarde llego a la Teoría Queer, de la que ya he hablado en todo este artículo y que puede resumirse en la idea de que la orientación y la identidad sexual o de género son una construcción social y por ello no existen roles sexuales primarios o biológicamente determinados, sino formas versátiles de desempeñar uno o varios roles. La teoría Queer rechaza las clasificaciones universalizantes tales como “homosexualidad”, “heterosexualidad”, “lo masculino”, “lo femenino”, pues hay una gama enorme e intermedia entre una categoría y otra, siendo que ninguna es más natural que otra.   

En un inicio lo queer fue una apropiación por parte de la comunidad gay de esta palabra originalmente ofensiva que significa “anormal” o “torcido”, la cual es la contraposición de la otra cara de la moneda: lo straight (recto). Entonces, se genera otra dualidad: lo recto y lo torcido. Lo normal y lo anómalo. La teoría queer plantea justamente lo contrario: todas las identidades son anómalas.

Antes de que la Academia absorbiera la palabra, esta sufrió una segunda transformación que agrupaba todas las formas de sexualidad alterna, hasta transformarse en un concepto que básicamente incluye las identidades y preferencias sexuales fuera de la heteronorma y la sexualidad binaria. Me explico: lo GLBTI está relacionado con una identidad masculina o femenina. Lo queer no. Lo queer no tiene que ver con que una persona no se sienta atraída por alguien del sexo opuesto o sienta que su identidad sexual es opuesta a la de su sexo biológico. Tiene que ver con la ruptura de esas identidades binarias.

Entre los límites de lo que es ser hombre o mujer, incluyendo la sexualidad, hay una gama de posibilidades intermedias, intersticiales, que no han sido tomadas en cuenta. Por lo tanto, como hombres o mujeres construidos culturalmente como tal, ya que no hay más alternativas nos tenemos que replegar hacia lo uno o lo otro. Incluso siendo GLBTI. Pero, por ejemplo, no todos los homosexuales tienen identidades femeninas y varios, sin embargo, tampoco se identifican con el arquetipo masculino tradicional. Entonces, hay un espacio límbico indescriptible. Y ese es precisamente el problema de las camisas de fuerza de las identidades sexuales y de género impuestas por la cultura: si no te identificas con ellas, pues no hay nada más.

No obstante, toda esta sexualidad de los intersticios no necesita ser definida porque se trata finalmente de soberanía individual. Soberanía de los cuerpos. Yo sería una mujer en el sentido entitario, pero no lo soy en el sentido identitario, aquel que es construido culturalmente: el arquetipo de la feminidad con sus estereotipos impuestos socialmente. Lo queer, finalmente, sería la posibilidad de la indefinición. Lo queer no es lo queer.

1. Carlos Fonseca Hernández, María Luisa Quintero Soto, La Teoría Queer: la de-construcción de las sexualidades periféricas, Sociológica (Méx.) vol.24 no.69 México ene./abr. 2009

Yo no odio a Skylar White: En defensa de las WAGs de la Tv

Por Marcela Ribadeneira

Amas al protagonista porque es víctima del sistema, porque es producto de la sociedad y de las circunstancias. Porque –a pesar de que la realidad lo tiene cercado–, se rehúsa a retroceder. Al contrario, cada vez se lanza más profundo y con menos consideración hacia quienes resulten heridos o afectados por sus acciones. Si no lo amas, al menos, deseas que todo le salga bien. Puede que haga cosas que encuentras repulsivas o con las que no estás de acuerdo, desde ver cómo se ahoga en su propio vómito la novia de su socio y amigo y no hacer nada para impedirlo, hasta pagar dos millones de dólares para que un mafioso irlandés se cargue a balazos a su papá o preparar un atentado suicida en el que él, junto al presidente del país y otros altos mandos, vuelen en pedazos. Amas a Walter White (Breaking Bad), a Ray Donovan (Ray Donovan), a Nicholas Brody (Homeland, hasta la tercera temporada, el resto es mierda) porque están bien escritos. Porque los guiones de esas series provocan que, como espectador, uno sienta empatía por estos antihéroes en colisión contra el mundo.

En El guión, Robert McKee describe cómo la presión es esencial para que los guionistas caractericen a un personaje. “El verdadero carácter se desvela a través de las opciones que elige cada ser humano bajo presión: cuanto mayor sea la presión, más profunda será la revelación y más adecuada resultará la elección que hagamos de la naturaleza esencial del personaje”. Este recurso es muy bien empleado en las series que mencioné (también en otras como The Sopranos). La construcción de esta dinámica es el motor de las historias. Goliat dejó de ser un gigante y se convirtió en el mundo, mientras David ya no es un virtuoso sino el epítome de la imperfección humana.

Los dramas y thrillers de Tv son la nueva épica. El asunto es que, en su mayoría y como pasa en las epopeyas, en estas series el desarrollo del carácter se reserva para los personajes masculinos. Sus parejas son marginales, son obstáculos. Skylar White, Abby Donovan y Jessica Brody son las moscas en la sopa de la trama. Pese a que sus motivaciones son coherentes, su dolor y sus problemas nunca llegan a importarle al espectador. La presión que se cierne sobre los protagonistas masculinos es palpable y se vuelve nuestra. La que ellas experimentan nunca es indagada. Y, si se la sugiere, se lo hace de un modo muy poco empático.

No quiero condenar esas series. En mayor o menor medida, todas me han atrapado. Pero sí me pregunto por qué en algo bien escrito, con caracterizaciones muy trabajadas (especialmente en el caso de Ray Donovan, que es una galería de personajes magistralmente construidos), la pareja del protagonista se reduce a un estorbo. ¿No es una elección narrativa muy fácil eso de convertirla en chivo expiatorio? ¿En el objeto donde se vierte el odio que, al tener tanta empatía hacia el protagonista, jamás podremos verter en él? ¿En personajes que no tienen el carisma o la profundidad que el resto? Yo creo que sí. Por eso celebro la existencia de series como Orphan Black, Forbrydelsen/The killing (la versión original danesa, no el horrendo remake gringo) y Prime Suspect (la serie británica de los 90 con Helen Mirren). Celebro a sus protagonistas: mujeres fuertes (no histéricas), mujeres que están cagadas de la cabeza como todos nosotros (no locas de mierda), mujeres con las que los guionistas nos permiten conectarnos y desear que triunfen (así sus metas sean reprochables), mujeres que son más que accesorios de la trama, mujeres que libran batallas épicas (contra sí mismas), mujeres que miran al mundo como personas completas, autónomas, y no como “parejas de”.

Y si celebro que existan estos personajes, no es para que se llene una cuota de género en la Tv; aunque está claro que las mujeres y las minorías todavía son subrepresentadas en las series televisivas. Es porque la buena ficción es capaz de dar lecturas sofisticadas acerca de nuestras realidades. Pero una ficción que extirpa la complejidad de los personajes femeninos de esas realidades —y los sustituye con estereotipos cómodos—, es una ficción miope.