Amigas y rivales

Por Ana Cristina Ramos

En inglés hay un término llamado “frenemies”, y es usado para definir ese tipo de relación amor-odio entre las y los adolescentes en el colegio. Cuando dos chicas no son del mismo círculo de amistades, se ríen juntas en clase de educación física, pero es probable que hablen mal la una de la otra el mismo día. Así es mi relación con la endometriosis que me habita. Es una enfermedad incurable, crónica y silenciosa (hasta cuando le da por gritar como quinceañera en concierto de Mercurio en plena década de los noventa). 

A mis 16, mi doctora descubrió, como quien descubre una nueva isla -una isla volcánica, hostil y sin playa- que tenía quistes en los ovarios. Cada mes estos quistes me hacían ir a la enfermería del colegio y pedir una dosis de análgesicos con la capacidad —como yo lo pedía—de dormir una vaca.
Empecé a tomar anticonceptivos a los 18 y aunque los dolores siguieron, no eran constantes sino  hasta 8 años más tarde , cuando me diagnosticaron endometriosis oficialmente. Lo que sí se hizo una constante fue hablar de mi ciclo como si fuera una maldición, decir que Dios es hombre y que muchas gracias por los dolores gratis.

Cuando era chica, ser feliz y exitosa implicaba, según mi limitada experiencia, alejarme del modelo de mujeres que veía en mi propia familia. Mujeres que cocinan delicioso (intimidantemente delicioso), lavan ropa, planchan y cuidan a sus familias. Yo no quería cuidar a nadie, el problema es que también olvidé cuidarme a mí misma. Y nadie puede hacerse cargo de eso por nosotros.

Corría el año 2014  y yo vivía y estudiaba en Buenos Aires, a miles de kilómetros de mi familia. Mi vida de estudiante se complicó considerablemente cuando, después de varios viajes a la sala de emergencias fui a parar donde  la doctora que me dijo: “No puedo estar 100% segura desde afuera, pero por lo que veo, tus quistes son endométricos.” Los gestos de mi cara y mi pelo rubio le hicieron entender que necesitaba una explicación mucho más detallada para digerir lo que me estaba diciendo. 

La endometriosis, nueva huésped de mi cuerpo, a quien jamás invité a pasar y que se quedaría de por vida, me regalaba un  quiste de 8 x 5 x 6 centímetros  sobre mi ovario derecho. Era como una pelota de tenis protagonizando una peli de Tarantino, enojada y sangrienta. Había que operar y a mí nunca antes  me habían acercado un cuchillo al cuerpo, más que para robarme el celular. Del primer ataque de dolor a la operación fueron tres meses de dolor intenso, y cuando digo intenso entiendan que no podía orinar sin insultar a Dios. No podía prepararme un desayuno, no podía arreglar la casa, me dolía tanto comer que mi ingesta diaria era una fruta y tres litros de agua. 

Me explico, la endometriosis es una condición médica en la cual el tejido que normalmente está dentro del útero se posa fuera de él sobre órganos pélvicos, formando quistes que crecen lentamente y causan muchísimo dolor abdominal. Otros síntomas colaterales incluyen inflamación abdominal, colon irritable y cistitis. Yo los tuve todos.

Mi pareja de ese momento -a quien deberían canonizar junto a Juan Pablo II-, me abrazaba cuando lo despertaba gritando y me compraba comida cuando me iba a quedar sola -no cocinaba ni una papa, pobre-. Su familia fue parte de un sistema de apoyo que me salvó de la depresión y la soledad causados por estar enferma y lejos de mi propia familia. 

Mi mamá llegó a la ciudad Capital Federal una semana antes de mi cirugía. Me encontró tan flaca que sospechó que consumía drogas duras. No solo me repletó de comida por los 18 días siguientes, también me reorganizó la casa a su gusto. Remodelación gratis, le llaman. Nadie me iba a cuidar mejor ni lo hará nunca. Su magia sanadora hizo que exactamente cinco días después de la operación estemos sentadas tomando vino con nuestro almuerzo.

Con la promesa de la esterilidad eterna; cuatro nuevas cicatrices en mi abdomen; y mi familia excesivamente pendiente, volví a Quito sin terminar mi carrera, que quedó en pausa indefinidamente por la falta de liquidez y la enfermedad. 

Seis meses después de mi primera operación caí colapsada en el parque La Carolina con un dolor abdominal extremo. Y nueve meses después de este incidente volví a la sala de operaciones, estaban abriéndome de nuevo para sacar un nuevo quiste de 11 x 7 x 9 centímetros. 
Entre una operación y la otra apliqué varios métodos de tratamiento: negación, analgésicos, anticonceptivos, dieta orgánica y (casi) vegetariana, exceso de alcohol y fiesta. Las ceremonias de San Pedro me ayudaron a perdonarme por dejar avanzar tanto la enfermedad e ignorar mi luna a punta de analgésicos.

Después de la segunda operación decidí ponerle más atención a mi cuerpo. Un poco a regañadientes, asumiendo que la señorita endo se podía dormir por largos períodos, pero que siempre se iba despertar con genio de busero escolar a romperme los nervios. 
El yoga ayuda a evitar la inflamación, el aceite de cannabis alivia los dolores y mejora la circulación, a veces también ayuda el gin tonic. Ese es mi favorito.

Todavía no aprendo a cuidarme ni conocerme como creo que debería. Toma mucho tiempo y esfuerzo investigar dietas, ejercicios y tratamientos alternativos a los anticonceptivos.  muchas veces prefiero fingir que no tengo nada y salir al frío en tacos. Me gusta ser irresponsable y a veces mi cuerpo reacciona bien ante mis ganas de ser normal en el trabajo, en las fiestas, en el sexo. 

Sigo conversando con gente que me recomienda homeópatas, médicos de fertilidad, ceremonias de ayahuasca y hongos alucinógenos. Sigo buscando alternativas a las hormonas y tomando tecitos que me hagan sentir mejor. Hasta la fecha, el mejor analgésico ha sido el aceite cannábico y la ingesta de alimentos preparados con cannabis.El aceite cannábico funciona por ingesta y por aplicación cutánea. Yo combino ambas aplicaciones y durante mi período fumo con moderación para relajar los músculos. 
Poco a poco, me despego de prejuicios para encontrar algo que me sirva. Si la endometriosis va a ser inquilina y frenemy para siempre, mejor la invito a tomar una manzanilla desinflamante, nos fumamos uno y conversamos sobre la revolución femenina en marcha.